JUAN PABLO MATTA CASAS
Hay frases que no deberían pronunciarse nunca en una democracia, ni siquiera en el fragor de una campaña, ni bajo el pretexto de la metáfora. Decir que el país “se va a incendiar” si la izquierda pierde no es una opinión política: es una amenaza. Es la pretensión de ponerle una pistola verbal a la frente del elector para decirle que vote como ellos quieren o se prepare para las consecuencias.
Colombia no puede aceptar ese chantaje. El resultado democrático debe ser respetado. La voluntad popular expresada en las urnas no se negocia en la calle, no se condiciona con advertencias incendiarias, no se somete al permiso de quienes se creen dueños exclusivos del pueblo. La democracia consiste, precisamente, en aceptar que los ciudadanos pueden escoger libremente, incluso contra los deseos de quienes se consideran intérpretes únicos de la historia.
Durante años nos repitieron que había que respetar el voto popular. Lo dijeron cuando Gustavo Petro llegó al poder. Nos exigieron reconocer el resultado, aceptar el mandato de las urnas y entender que la democracia funcionaba aunque a muchos no nos gustara el desenlace. Pues bien: esa regla no puede cambiar ahora. Las urnas no son legítimas solo cuando favorecen a la izquierda. El pueblo no es sabio únicamente cuando vota por ellos. La democracia no puede ser sagrada el día que los premia y sospechosa el día que los derrota.
Lo grave de estas frases sobre “incendiar el país” no está solo en su tono. Está en la mentalidad que revelan. Es la mentalidad de quienes creen que el poder les pertenece por superioridad moral, por derecho revolucionario o por una supuesta misión histórica que los autoriza a desconocer las reglas comunes. Cuando ellos ganan, hablan del pueblo; cuando pierden, hablan de fraude, fascismo o resistencia. Cuando ellos marchan, es protesta social; cuando otros reclaman, es conspiración. Cuando ellos gobiernan, es democracia; cuando otro sector gana, entonces anuncian el caos.
Colombia ya conoce ese lenguaje. Lo ha padecido en carne propia. Este país ha visto bloqueos, estaciones quemadas, buses destruidos, negocios saqueados, policías atacados, familias encerradas por miedo y trabajadores condenados a perder el sustento de un día porque alguien decidió convertir la protesta en mecanismo de presión. Por eso, cuando alguien habla de incendiar el país, no está usando una figura literaria inocente. Está tocando una herida abierta.
El ciudadano común no vive la política desde una tarima ni desde una entrevista. La vive en la tienda que debe cerrar, en la carretera bloqueada, en la cita médica perdida, en la cosecha que no puede salir, en el bus que no llega, en el hijo que no puede ir a estudiar, en el salario que se evapora cuando la ciudad se paraliza. Los dirigentes que juegan con el fuego rara vez se queman. Los que terminan pagando son siempre los mismos: los colombianos de a pie.
Por eso muchos votaremos por Abelardo de la Espriella. No solo por sus propuestas de autoridad, seguridad y defensa de la libertad, sino como una respuesta democrática a quienes creen que pueden intimidar al país. Votaremos por Abelardo porque Colombia necesita recuperar el respeto por la ley, el orden público y la autoridad legítima. Votaremos por Abelardo porque no queremos que la vida nacional siga sometida al temperamento de quienes amenazan con romper la baraja cuando las urnas no los favorecen.
Ese voto tiene un significado claro: no aceptamos el miedo como argumento. No aceptamos que la calle sustituya a las urnas. No aceptamos que la violencia, insinuada o explícita, se disfrace de conciencia social. No aceptamos que Colombia sea tratada como rehén de una dirigencia que confunde democracia con obediencia.
La verdadera prueba democrática no está en ganar, sino en saber perder. Quien solo respeta las elecciones cuando le convienen no es demócrata: es apenas un oportunista del sufragio. Quien amenaza con incendios si el resultado no le gusta no defiende al pueblo; desconfía de él. Quien pretende condicionar el voto con miedo confiesa que no cree en la libertad de los ciudadanos.
Colombia merece una jornada electoral en paz y un resultado respetado sin excusas. Merece que las mayorías decidan, que las instituciones funcionen y que nadie vuelva a creer que puede gobernar desde el chantaje. Vamos a responder al miedo con urnas, a la amenaza con ley, al desorden con autoridad y al incendio con democracia.




