HORACIO DORADO GÓMEZ – @HoracioDG
Por fin los colombianos llegan al punto al que querían llegar: el de decidir, en las urnas, el rumbo de la democracia. Colombia es un paraíso, con dos mares y una riqueza natural excepcional, es considerada una potencia hídrica mundial, al albergar aproximadamente el 4.1 % de los recursos de agua dulce del planeta. Paradójicamente, en el mismo país millones de personas aún carecen de acceso a este recurso vital. Ocupa el primer lugar en especies de aves y orquídeas, y es una de las naciones más biodiversas del mundo. A ello se suma su inmensa riqueza minera, con más de 300 tipos de minerales identificados, además de su condición de productor y exportador de café, caña de azúcar, aguacate y muchos otros bienes que fortalecen su economía.
Así también, a lo largo de más de dos siglos de vida republicana, la nación ha enfrentado desafíos significativos. En la búsqueda de una mayor equidad social, el desarrollo de infraestructura y el permanente esfuerzo por consolidar la paz han marcado buena parte de su historia. Ese es, precisamente, el país que hoy está llamado a tomar una decisión trascendental.
Lo que ocurre en la actualidad llega después de que decenas de precandidatos, muchos de ellos con escasa conexión con las clases populares, aspiraba a conquistar el poder prometiendo reducir la pobreza monetaria, combatir el hambre, disminuir el desempleo y ampliar los programas sociales en uno de los países más desiguales del mundo, todo ello en medio de una compleja situación fiscal. Lo mismo de siempre, pronunciado por quienes han detentado el poder durante largo tiempo, entre la eternidad y el olvido.
Hoy Colombia parece debatirse entre dos grandes corrientes ideológicas: la izquierda y la derecha. Los partidos tradicionales —el Liberal y el Conservador— ya no dominan el escenario electoral como lo hicieron durante buena parte de la historia republicana y han perdido su condición de fuerzas hegemónicas frente a nuevos movimientos y liderazgos. Aunque, como suele decirse, no hay muertos políticos, sino mal enterrados.
De un lado está Iván Cepeda, filósofo, defensor de los derechos humanos y figura política identificada con las causas de las víctimas del conflicto, los pueblos indígenas y los campesinos. Hijo de un líder de izquierda asesinado, por lo que vivió en el exilio desde temprana edad y formándose ideológicamente en países como Checoslovaquia, Bulgaria y Cuba. Ha manifestado su intención de dar continuidad a varias de las políticas impulsadas por el actual gobierno.
Del otro lado aparece Abelardo de la Espriella, abogado, empresario y figura pública reconocida por sus posturas de derecha y su estilo confrontacional. Su propuesta de país, gira alrededor de la seguridad, la libertad económica y la defensa de los valores tradicionales. Se presenta bajo la imagen de “El Tigre”, adopta el saludo militar como símbolo y promete mano dura contra la delincuencia organizada. Asimismo, ha reiterado públicamente que no acepta el respaldo de los partidos políticos tradicionales, incluido el Partido Liberal.
La verdad es que Colombia arrastra un conflicto armado entre hermanos, de varias décadas y enfrenta crisis que para muchos ciudadanos se ha convertido en el pan de cada día. La inseguridad, la incertidumbre económica y la persistencia de estructuras criminales continúan afectando extensas regiones del país, especialmente en zonas donde la presencia de grupos armados ilegales y organizaciones del narcotráfico sigue imponiendo la violencia sobre la institucionalidad.
En este contexto, los colombianos deberán decidir cuál consideran el mejor camino para la nación. Más allá de simpatías, ideologías o emociones, el voto exige reflexión y responsabilidad. El voto en blanco, aunque constituye una expresión legítima de inconformidad, no define por sí mismo el rumbo del país.
Civilidad: Señor elector, Colombia está en sus manos.




