Por Paloma Muñoz – Docente universitaria
Hay palabras que sobreviven porque logran nombrar aquello que las definiciones académicas no alcanzan a describir. En muchas regiones de Colombia existe una de ellas: “guanaco”. No designa una clase social, una región ni una condición económica. Es, más bien, un retrato moral. El guanaco es el ladino que convierte la astucia en virtud; el que miente sin pudor; el que engaña y luego presume de haber sido “más vivo”; el que rompe las reglas mientras exige que los demás las respeten; el oportunista que encuentra en la trampa una forma cotidiana de existencia.
Pero el “guanaco” no es un extraño. No vive en un país distinto. Es nuestro vecino, nuestro familiar, nuestro compañero de trabajo. Y, si somos honestos, en ocasiones también aparece en nosotros mismos.
Esa es una de las grandes paradojas de Colombia: un país capaz de producir extraordinarias manifestaciones de solidaridad y al mismo tiempo, de normalizar pequeñas y grandes formas de corrupción cotidiana. Somos un territorio donde conviven la hospitalidad y la desconfianza, la creatividad y la improvisación irresponsable, la alegría colectiva y una violencia que parece heredarse de generación en generación.
Reducir Colombia a sus defectos sería una injusticia. Pero ignorarlos sería aún peor. Nuestra identidad nunca ha sido simple. Es un tejido inmenso donde confluyen pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes, campesinos, mestizos, migrantes y múltiples tradiciones culturales que dialogan, chocan y se transforman constantemente. Hablamos diferentes acentos, habitamos geografías radicalmente distintas y construimos maneras diversas de comprender el mundo. Esa complejidad hace imposible definir lo colombiano desde una sola mirada.
Durante mucho tiempo se nos enseñó a pensarnos como una prolongación imperfecta de Europa. Sin embargo, nuestra verdadera riqueza nunca estuvo en parecernos a otros, sino en la capacidad de crear una identidad propia, nacida del encuentro —y también del conflicto— entre múltiples culturas, lenguas, memorias y espiritualidades.
La literatura colombiana ha comprendido esta condición mucho antes que muchos discursos políticos. Nuestros escritores(as) han mostrado que el bien y el mal rara vez aparecen separados por fronteras nítidas. Sus personajes son generosos y mezquinos, heroicos y cobardes, honestos y tramposos. En ellos reconocemos al país entero.
Porque la literatura, a diferencia de los discursos ideológicos, no simplifica la condición humana. Mientras la filosofía suele preguntar qué es la justicia, qué significa la libertad o cuál es el sentido de la existencia desde el terreno de las ideas, la literatura responde contando historias de personas concretas que aman, traicionan, luchan, fracasan y vuelven a levantarse. Allí comprendemos que la identidad no es un concepto abstracto, sino una experiencia vivida.
Quizá por eso la Colombia de hoy, atrapada en una creciente polarización política, necesita más relatos y menos consignas. Hemos llegado al punto en que cada ciudadano parece obligado a escoger un bando desde el cual juzga e insulta al otro. Los matices desaparecen. Las conversaciones se convierten en trincheras. El adversario deja de ser un compatriota para transformarse en enemigo.
En medio de esa confrontación, el “guanaco” sigue prosperando. No porque pertenezca a una ideología determinada, sino porque encuentra alimento en cualquier forma de fanatismo. Vive del engaño, del insulto, de la manipulación y de la incapacidad para reconocer la humanidad del otro.
Sin embargo, Colombia también está hecha de personas que resisten esa lógica. De quienes cumplen la palabra dada, aunque nadie los vigile; de quienes enseñan en escuelas rurales; de quienes crean arte en medio de la violencia; de quienes defienden los ríos, las montañas y la memoria; de quienes creen que la dignidad todavía puede ser una forma de hacer política y de vivir en comunidad.
Nuestra identidad no puede construirse únicamente desde la admiración por nuestras virtudes ni desde la vergüenza por nuestros defectos. Debe edificarse sobre la conciencia de ambas. Porque reconocer que existen “guanacos” entre nosotros no significa renunciar a Colombia. Significa comprender que toda nación es un proyecto inacabado y que la verdadera patria comienza cuando somos capaces de mirarnos con honestidad, sin idealizarnos ni despreciarnos.
Tal vez ese sea el mayor desafío de nuestro tiempo: dejar de preguntarnos únicamente quién tiene la razón y empezar a preguntarnos quiénes somos. Solo entonces entenderemos que la identidad colombiana no es una herencia inmóvil, sino una obra colectiva que se escribe todos los días. Una obra donde caben nuestras contradicciones, nuestras memorias, nuestros dolores y nuestras esperanzas.
Y quizá descubramos que el futuro del país no depende de negar la existencia del “guanaco”, sino de fortalecer, con educación, cultura y pensamiento crítico, aquello que siempre ha sido más grande que él: la capacidad de los colombianos para reinventarse, reconocerse en su diversidad y construir una nación donde la inteligencia no se confunda con la trampa, ni la astucia con la deshonestidad.




