Por Paloma Muñoz – Docente universitaria
Popayán vuelve a ser escenario de una profunda polarización. En medio de las tensiones políticas que vive el país, han surgido llamados a afectar el comercio, sabotear actividades como el Congreso Gastronómico y responder a las diferencias ideológicas con acciones que terminan perjudicando a quienes viven de su trabajo. Es doloroso comprobar cómo algunos creen que la mejor manera de enfrentar una postura política es reproduciendo la misma intolerancia que critican.
No actuemos como aquellos a quienes cuestionamos. Si respondemos con el mismo odio, el mismo resentimiento o el mismo desprecio por quien piensa diferente, terminaremos convirtiéndonos en aquello que decimos combatir. Las posturas extremistas, vengan de donde vengan, nunca han construido una sociedad mejor. Nuestro camino debe ser otro: el del diálogo, la empatía, la justicia y la dignidad.
Vivimos tiempos extraños. Hemos llegado al punto en que la compasión parece necesitar una afiliación política y la solidaridad debe justificarse ideológicamente. Como si defender la dignidad humana fuera patrimonio de un partido o de una corriente de pensamiento. Por eso, los derechos humanos no son una ideología.
Defender que una mujer pueda vivir libre de violencia no es una ideología. Que un adulto mayor tenga acceso a sus medicamentos, que un niño pueda comer, que una persona con discapacidad reciba los tratamientos que necesita, que una familia tenga un techo digno, que una persona pueda trabajar adecuadamente no son consignas partidistas. Son derechos. Son los mínimos éticos que cualquier sociedad democrática debería garantizar.
Lo que sí pertenece al terreno de la política es la discusión sobre las herramientas para hacer efectivos esos derechos. Allí caben todas las diferencias. Unos defenderán un mayor papel del Estado; otros propondrán soluciones distintas. Ese debate es legítimo y necesario. La democracia vive precisamente de la diversidad de ideas.
El problema comienza cuando dejamos de debatir las soluciones y empezamos a negar los problemas. Cuando el sufrimiento ajeno deja de conmovernos. Cuando quien denuncia una injusticia es descalificado con una frase tan simple como peligrosa: “eso es ideología”. En ese momento dejamos de discutir ideas para empezar a deshumanizar personas.
Existe una diferencia fundamental entre un derecho y una preferencia política ideológica. Los derechos no dependen del gobierno de turno ni del candidato por el que votemos. No son favores que concede el poder. Son conquistas históricas que surgieron después de que la humanidad comprendiera el enorme costo de la indiferencia.
Por eso la Constitución y los derechos humanos no son opiniones. Son compromisos éticos que una sociedad asume para proteger la dignidad de todas las personas, incluso de aquellas con las que no estamos de acuerdo.
Hay un riesgo aún mayor. Cuando nos convencen de que defender derechos es una ideología, también dejamos de preocuparnos por los derechos de los demás. Y quien deja de reconocer la vulneración de los derechos ajenos termina sin advertir cuándo están siendo vulnerados los propios. Dejamos de preguntarnos si funciona la salud, si la educación llega a todos o si la justicia protege realmente a los ciudadanos. El razonamiento es reemplazado por una etiqueta; el pensamiento crítico, por la lealtad a un bando.
Ese es quizá el deterioro más profundo de una democracia. Una sociedad que deja de pensar en términos de derechos y empieza a pensar únicamente en términos de enemigos y aliados se vuelve mucho más fácil de manipular. Deja de exigir soluciones para concentrarse en defender identidades políticas partidistas.
Popayán merece algo mejor. No necesita más odio ni más llamados a destruir aquello que sostiene el trabajo y la cultura de la ciudad. Ninguna causa democrática se fortalece atacando el esfuerzo de comerciantes, emprendedores o ciudadanos que solo buscan salir adelante.
La verdadera fortaleza de una sociedad no está en derrotar al adversario, sino en reconocer su dignidad. La empatía no tiene color partidista. No vota. No milita. Es la capacidad de comprender que los derechos pertenecen a todos, incluso a quienes piensan distinto.
Quizá la pregunta más importante hoy no sea de qué lado estamos políticamente, sino si seguimos siendo capaces de conmovernos ante el dolor del otro. Porque mientras la empatía siga ocupando el lugar de la revancha, no habrá esperanza de construir una ciudad y un país donde las diferencias no destruyan nuestra humanidad.



