sábado, junio 6, 2026
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La camiseta de Llorente

Por Juan Carlos López Castrillón

Una jueza falla una tutela ordenando, ridículamente, que Abelardo de la Espriella y sus seguidores no pueden usar la camiseta de la Selección Colombia en eventos políticos. Obviamente, las redes sociales y los medios estallan. Se abre el debate: ¿qué derecho fundamental se ha lesionado? ¿La igualdad? ¿La libre competencia textil? Se activan las bodegas y comienza una nueva batalla virtual.

Algunas voces razonables les explican a los petristas que el asunto tiene una solución bastante sencilla: que Iván Cepeda y la gente del Pacto Histórico se pongan también la camiseta y asunto resuelto. Todos uniformados, todos felices. Todos en la cama.

Pero no. Este país está tan dividido y tan caliente que cualquier chispa termina convertida en incendio. La polémica se alimenta sola, crece, se vuelve tendencia y ocupa horas de televisión, kilómetros de tinta y toneladas de indignación digital. Todo un florero de Llorente versión 2026.

Y cuando todavía no se ha apagado el ruido de ese episodio, arranca el siguiente. Ahora resulta que James Rodríguez se negó a tomarse una foto con Antonella Petro durante el evento de despedida de los futbolistas. Entran nuevamente en escena los panelistas, los opinadores profesionales, los medios y, por supuesto, las granjas virtuales. Más combustible para la hoguera.

A dos semanas de la segunda vuelta resulta increíble que estemos enfrascados en discusiones de semejante banalidad. No puede ser que estos sean los temas centrales de conversación en una campaña presidencial.

Claro, como no hay debates y los candidatos no han tenido que confrontar sus ideas sobre qué hacer con la inseguridad que tiene arrinconadas a tantas regiones; como tampoco han explicado cómo piensan enfrentar la profunda crisis de la salud, de dónde va a salir la plata para cumplir sus promesas, qué harán frente al apagón que se asoma en el horizonte o cómo piensan manejar la delicada situación fiscal del país, entonces la conversación termina reducida a asuntos verdaderamente intrascendentes: una camiseta y una selfie.

Ante la ausencia de confrontaciones civilizadas, la noticia termina siendo si James Rodríguez le hizo o no un desplante a Antonella Petro y si la camiseta de la Selección es patrimonio exclusivo de algún sector político o sigue siendo, como creíamos hasta hace poco, la camiseta de todos los colombianos.

Como dice un gran amigo: “Hágame el cabrón favor”.

Lo más grave es que el tema es tan ridículo que yo mismo me siento mal escribiendo sobre él. Pero he llegado a la conclusión de que hay que hacerlo: primero para desahogarme y segundo porque esto no puede seguir ocurriendo.

Necesitamos una norma que obligue a quienes aspiran a cargos ejecutivos de elección popular a sostener debates públicos. Debates de verdad. Debates que permitan conocer qué piensan sobre los problemas más importantes del país y las regiones. Porque, de lo contrario, seguiremos eligiendo a oscuras, guiados por escándalos pasajeros, selfies inexistentes y camisetas convertidas en asunto de Estado.

Y después nos preguntamos cómo fue que terminamos en donde estamos.

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