sábado, junio 6, 2026
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Firmes por la Patria

Juan Pablo Matta Casas

Hay momentos en la historia de una nación en los que votar deja de ser un trámite dominical, una fila resignada bajo el sol, una cédula marcada con desgano, para convertirse en una forma de defensa propia. Colombia ha llegado a uno de esos momentos. No se trata solamente de escoger a un presidente, ni de preferir un temperamento sobre otro. Se trata de decidir si este país, tan golpeado y tan noble, quiere seguir siendo una república democrática, con economía de mercado, propiedad privada, libertades públicas y autoridad legítima, o si va a entregarse al experimento de quienes creen que el Estado debe devorarlo todo en nombre de una redención que casi siempre termina en pobreza, miedo y obediencia.

Por eso, en segunda vuelta, la decisión debe ser clara: votar por Abelardo de la Espriella. Votar por Abelardo no es votar por un hombre perfecto, porque los hombres perfectos no existen en política y casi siempre los que se presentan como tales son los más peligrosos. Votar por Abelardo es votar por una posibilidad histórica: la de recuperar el orden público, defender la democracia, proteger la economía de mercado y devolverle al ciudadano común la tranquilidad elemental de vivir sin sentir que cada carretera es una ruleta, cada finca una condena, cada negocio una presa, cada uniforme una diana y cada ciudad un territorio entregado al desorden.

Colombia no necesita otro discurso que excuse a los violentos, ni otra pedagogía sentimental para explicarles a las víctimas que sus victimarios tenían razones históricas. Colombia necesita autoridad. Necesita que el Estado vuelva a ser Estado. Necesita que la Fuerza Pública no tenga que pedir perdón por cumplir la Constitución. Necesita que el empresario no sea tratado como sospechoso, que el campesino no sea abandonado ante los grupos armados, que el comerciante no pague vacunas, que el ciudadano no se encierre temprano porque la noche le pertenece al miedo.

Del otro lado está Iván Cepeda, heredero de una visión política que habla de democracia mientras desconfía de las instituciones cuando las instituciones no le favorecen; que habla de paz mientras el país se llena de intimidaciones; que habla de pueblo mientras mira con recelo a quienes producen, emprenden, invierten, trabajan y sostienen con impuestos la maquinaria pública. Su dificultad para reconocer con serenidad los resultados de la primera vuelta no es un detalle menor. En política, los gestos anticipan los métodos. Quien vacila ante el veredicto de las urnas cuando el resultado no le complace deja sembrada una sombra peligrosa sobre la legitimidad del sistema.

Y ahora vendrán, seguramente, los llamados a la movilización. Dirán que es la calle la que habla, que es el pueblo el que se expresa, que son las masas las que corrigen lo que las urnas no resolvieron como ellos querían. Pero Colombia ya conoce esa música. Empieza con arengas, sigue con bloqueos, continúa con incendios y termina con estaciones destruidas, negocios saqueados, buses quemados, monumentos vandalizados y familias enteras encerradas detrás de una ventana, preguntándose en qué momento la protesta dejó de ser derecho para convertirse en amenaza.

Frente a esto, la respuesta debe ser todavía más firme, más serena y más democrática: acudir masivamente a las urnas. Entre más desmanes hagan, más entusiasmo hay que ponerle a votar por el Tigre Abelardo. Cada piedra lanzada debe convertirse en un voto. Cada bloqueo, en una fila más larga. Cada amenaza, en una convicción más profunda. Cada intento de intimidación, en una declaración tranquila de carácter nacional.

Porque Colombia no puede vivir arrodillada ante quienes creen que la violencia es una forma superior de la política. La patria no se defiende con gritos, sino con decisión. No se salva odiando, sino votando. No se honra quemando lo público, sino protegiéndolo. No se reconstruye persiguiendo al que piensa distinto, sino derrotando en las urnas a quienes han hecho del desorden una doctrina.

Firmes por la Patria significa entender que este voto no pertenece solamente al presente. Pertenece a los hijos que merecen crecer sin miedo, a los soldados y policías que han defendido la libertad, a los empresarios que se niegan a cerrar, a los campesinos que resisten, a los jóvenes que no quieren heredar un país confiscado por la rabia. El 21 de junio no se vota con indiferencia. Se vota con memoria, con carácter y con amor por Colombia. Se vota por Abelardo de la Espriella.

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