Juan Pablo Matta Casas
Hay una paradoja profundamente caucana. Vivimos en uno de los territorios más diversos de Colombia y, sin embargo, cada vez nos cuesta más reconocernos como parte de una misma comunidad. Hemos aprendido a definirnos por aquello que nos separa antes que por aquello que nos une. El debate público dejó de girar alrededor del futuro del departamento para convertirse en una competencia permanente entre identidades, agravios y reivindicaciones. Y cuando una sociedad sustituye la idea de nación por un catálogo de diferencias, empieza a perder el sentido mismo de la convivencia.
La diversidad no es el problema. Nunca lo ha sido. El Cauca sería incomprensible sin sus pueblos indígenas, sin las comunidades afrodescendientes, sin los campesinos que han moldeado el paisaje durante siglos y sin las ciudades que sirvieron de punto de encuentro entre todos ellos. La dificultad comienza cuando la diferencia deja de ser una riqueza cultural para convertirse en el principal criterio de organización política.
Durante años se nos ha repetido que la verdadera justicia consiste en hablar únicamente desde la identidad de cada grupo. Poco a poco, la condición de ciudadano ha cedido espacio frente a la pertenencia étnica, territorial o comunitaria. El resultado es un departamento donde abundan los relatos particulares, pero escasea una narrativa capaz de convocar a todos. Pareciera que el Cauca fuera una suma de pequeñas patrias obligadas a compartir un mapa, pero incapaces de compartir un destino.
Ese es uno de los mayores triunfos de cierta izquierda contemporánea. Comprendió que una sociedad fragmentada resulta mucho más fácil de movilizar que una sociedad cohesionada. Allí donde desaparece la idea de nación, aparecen innumerables causas parciales que compiten entre sí por reconocimiento, recursos y poder. La política deja entonces de construir un proyecto común para convertirse en la administración permanente del conflicto.
Pero la historia del Cauca desmiente esa visión.
Nada de lo que hoy admiramos como patrimonio caucano nació en el aislamiento. Nuestra gastronomía, nuestras fiestas, nuestro lenguaje, nuestra religiosidad y hasta nuestra manera de entender la hospitalidad son el resultado de siglos de encuentros. El Cauca no fue construido por culturas encerradas sobre sí mismas, sino por hombres y mujeres que terminaron mezclando costumbres, creencias y formas de vivir. Ese proceso tiene un nombre que algunos parecen haber olvidado: mestizaje.
Durante demasiado tiempo se intentó presentar el mestizaje como una vergüenza histórica o como una estrategia de dominación. Es una lectura profundamente incompleta. El mestizaje no borró las diferencias; permitió que esas diferencias dejaran de ser una condena. Hizo posible que Colombia no terminara convertida en una confederación de pueblos enfrentados, sino en una nación capaz de integrar múltiples herencias bajo un mismo horizonte político.
Reivindicar el mestizaje no significa desconocer la riqueza de las culturas que lo hicieron posible. Significa reconocer que el encuentro vale más que el aislamiento y que la historia compartida pesa más que cualquier intento de dividirnos en compartimentos estancos. Un indígena no deja de ser indígena por sentirse colombiano. Un afrodescendiente no renuncia a su memoria por defender la República. Un campesino no pierde su identidad porque crea en un proyecto nacional. La nación no reemplaza las raíces; las protege.
El Cauca necesita recuperar esa convicción. No para uniformar a nadie, sino para recordar que toda sociedad requiere una historia común. Ninguna democracia puede sostenerse únicamente sobre identidades particulares. Necesita símbolos compartidos, instituciones respetadas y un relato capaz de inspirar lealtades superiores a las diferencias cotidianas.
Quizá haya llegado el momento de dejar de preguntarnos qué nos separa y empezar a preguntarnos como podemos construir juntos. Porque las comunidades que solo hablan de sus heridas terminan olvidando sus esperanzas. Y los pueblos que renuncian a una narrativa colectiva descubren demasiado tarde que otros escribirán esa historia por ellos.
El Cauca no necesita menos diversidad. Necesita una causa superior que la ordene. Necesita comprender que el mestizaje no es una renuncia a la identidad, sino la prueba de que las civilizaciones más fuertes nacen cuando las diferencias aprenden a convivir bajo una misma bandera. Solo así podremos dejar de ser un territorio habitado por múltiples relatos para volver a ser una sociedad consciente de que, antes que cualquier otra cosa, compartimos una visión de futuro.
El Cauca no puede ser solo un inventario de diferencias
Juan Pablo Matta Casas
Hay una paradoja profundamente caucana. Vivimos en uno de los territorios más diversos de Colombia y, sin embargo, cada vez nos cuesta más reconocernos como parte de una misma comunidad. Hemos aprendido a definirnos por aquello que nos separa antes que por aquello que nos une. El debate público dejó de girar alrededor del futuro del departamento para convertirse en una competencia permanente entre identidades, agravios y reivindicaciones. Y cuando una sociedad sustituye la idea de nación por un catálogo de diferencias, empieza a perder el sentido mismo de la convivencia.
La diversidad no es el problema. Nunca lo ha sido. El Cauca sería incomprensible sin sus pueblos indígenas, sin las comunidades afrodescendientes, sin los campesinos que han moldeado el paisaje durante siglos y sin las ciudades que sirvieron de punto de encuentro entre todos ellos. La dificultad comienza cuando la diferencia deja de ser una riqueza cultural para convertirse en el principal criterio de organización política.
Durante años se nos ha repetido que la verdadera justicia consiste en hablar únicamente desde la identidad de cada grupo. Poco a poco, la condición de ciudadano ha cedido espacio frente a la pertenencia étnica, territorial o comunitaria. El resultado es un departamento donde abundan los relatos particulares, pero escasea una narrativa capaz de convocar a todos. Pareciera que el Cauca fuera una suma de pequeñas patrias obligadas a compartir un mapa, pero incapaces de compartir un destino.
Ese es uno de los mayores triunfos de cierta izquierda contemporánea. Comprendió que una sociedad fragmentada resulta mucho más fácil de movilizar que una sociedad cohesionada. Allí donde desaparece la idea de nación, aparecen innumerables causas parciales que compiten entre sí por reconocimiento, recursos y poder. La política deja entonces de construir un proyecto común para convertirse en la administración permanente del conflicto.
Pero la historia del Cauca desmiente esa visión.
Nada de lo que hoy admiramos como patrimonio caucano nació en el aislamiento. Nuestra gastronomía, nuestras fiestas, nuestro lenguaje, nuestra religiosidad y hasta nuestra manera de entender la hospitalidad son el resultado de siglos de encuentros. El Cauca no fue construido por culturas encerradas sobre sí mismas, sino por hombres y mujeres que terminaron mezclando costumbres, creencias y formas de vivir. Ese proceso tiene un nombre que algunos parecen haber olvidado: mestizaje.
Durante demasiado tiempo se intentó presentar el mestizaje como una vergüenza histórica o como una estrategia de dominación. Es una lectura profundamente incompleta. El mestizaje no borró las diferencias; permitió que esas diferencias dejaran de ser una condena. Hizo posible que Colombia no terminara convertida en una confederación de pueblos enfrentados, sino en una nación capaz de integrar múltiples herencias bajo un mismo horizonte político.
Reivindicar el mestizaje no significa desconocer la riqueza de las culturas que lo hicieron posible. Significa reconocer que el encuentro vale más que el aislamiento y que la historia compartida pesa más que cualquier intento de dividirnos en compartimentos estancos. Un indígena no deja de ser indígena por sentirse colombiano. Un afrodescendiente no renuncia a su memoria por defender la República. Un campesino no pierde su identidad porque crea en un proyecto nacional. La nación no reemplaza las raíces; las protege.
El Cauca necesita recuperar esa convicción. No para uniformar a nadie, sino para recordar que toda sociedad requiere una historia común. Ninguna democracia puede sostenerse únicamente sobre identidades particulares. Necesita símbolos compartidos, instituciones respetadas y un relato capaz de inspirar lealtades superiores a las diferencias cotidianas.
Quizá haya llegado el momento de dejar de preguntarnos qué nos separa y empezar a preguntarnos como podemos construir juntos. Porque las comunidades que solo hablan de sus heridas terminan olvidando sus esperanzas. Y los pueblos que renuncian a una narrativa colectiva descubren demasiado tarde que otros escribirán esa historia por ellos.
El Cauca no necesita menos diversidad. Necesita una causa superior que la ordene. Necesita comprender que el mestizaje no es una renuncia a la identidad, sino la prueba de que las civilizaciones más fuertes nacen cuando las diferencias aprenden a convivir bajo una misma bandera. Solo así podremos dejar de ser un territorio habitado por múltiples relatos para volver a ser una sociedad consciente de que, antes que cualquier otra cosa, compartimos una visión de futuro.


