Padre Jesús Fernando Vega Muñoz Pbro.
Hoy contemplamos en el Evangelio de Juan la hermosa imagen de Jesús como el Buen Pastor, en este tiempo de Pascua. Qué bueno es mirar a Jesús, ese Pastor que nunca nos deja, que nunca nos abandona, que siempre está con nosotros, aun cuando muchas veces hemos abandonado el redil, aun cuando muchas veces nos hemos alejado de Dios. Él siempre nos busca.
Hoy vemos que hay muchos que se quieren hacer pasar por pastores, pero el verdadero Pastor es el Resucitado. Y nosotros somos esos pequeños pastores que vamos aprendiendo de ese gran Pastor. Sin embargo, también hay quienes se han disfrazado de pastores únicamente por interés monetario, por poder, por esquilar las ovejas y quitarles toda la lana.
Por eso hoy el Señor nos llama a ser verdaderos pastores, pastores con “olor a oveja”, como nos decía el Papa Francisco. Pastores que no rechazan a nadie: ni por su condición sexual, ni por su estrato social, ni por su color de piel, ni por su manera de pensar. Pastores que no excluyen a quien anda en las drogas, a quien está alzado en armas, o a quien la sociedad ha marginado.
Hoy el Señor nos invita a llegar a aquellos que el mundo rechaza, a aquellos que parecen no contar. Nos invita incluso a levantar la voz en una sociedad que muchas veces divide, que separa, que enfrenta por ideologías o intereses políticos.
Este es el momento de alzar la voz, pero no con odio, sino con amor. Pensando en el bien de toda una nación, en el bien de la familia, en el bien de la comunidad, en el bien del pueblo. Qué bueno sería que estuviéramos unidos, alrededor del cayado del Buen Pastor.
Pidamos hoy por la Iglesia, para que el Señor envíe buenos pastores: pastores con compasión, pastores que sepan enfrentar al lobo. Porque el lobo existe: es el lobo de la envidia, es el lobo de la indiferencia, es el lobo del deseo de poder que atropella al otro, es el lobo de las mentiras y engaños de quienes dirigen la nación. No dejemos que ese lobo nos destruya.
El amor vence al odio. Con la resurrección de Jesús, el Señor ha vencido la muerte. Y nos enseña que Él es ese Pastor con los brazos abiertos para todos, no para unos cuantos, sino para todos: ricos y pobres, negros, blancos y mestizos.
El Buen Pastor es cercano. Y a eso nos invita el Señor: a ser cercanos con el anciano, con el niño, con el joven, con quien está pasando momentos de crisis, incluso con quien sufre una enfermedad mental y ha pensado en quitarse la vida.
Hoy debemos ser pastores como el Resucitado: incluso para la prostituta, para el que tiene una orientación sexual diferente, para el amigo de la calle, para el campesino, para el indígena , para el migrante, para todos. Porque Dios es ese Pastor que quiere guiarnos a verdes prados a aguas limpias.
No nos dejemos robar la paz. Sigamos el camino del Señor. Busquemos a la oveja perdida y carguémosla sobre nuestros hombros, llevándola al redil que Dios ha preparado para todos. Porque todos somos hermanos. Y por eso no debemos despreciar absolutamente a nadie.
Que Dios nos bendiga y nos ayude a ser buenos pastores también en nuestros hogares: guiando a nuestros hijos, a nuestro esposo, a nuestra esposa. Y pidamos también por las vocaciones sacerdotales, para que el Señor envíe pastores según su corazón.



