HORACIO DORADO GÓMEZ – @HoracioDG
Quienes nacimos a mediados del siglo XX hemos sido testigos de profundas transformaciones sociales, políticas y culturales. Sin embargo, pocas veces como ahora se percibe un ambiente de desconcierto colectivo tan marcado, donde el desorden institucional, la corrupción persistente y la pérdida de referentes éticos parecen haberse normalizado. La sensación, dolorosamente extendida, es que vivimos en un país que ha perdido el sentido de la cordura.
La corrupción, convertida en hábito y no en excepción, ha erosionado la confianza pública. No se trata únicamente de los grandes escándalos que ocupan titulares, sino de una cultura permisiva que tolera lo incorrecto y castiga la rectitud. En ese contexto, el ciudadano común termina atrapado entre la resignación y la impotencia, mientras la esperanza de una transformación profunda parece aplazada indefinidamente.
A esta crisis moral se suma el papel de los medios de comunicación, que, guiados muchas veces por la lógica del mercado, priorizan el impacto sobre el análisis. La violencia, el escándalo y el amarillismo ocupan el centro del debate público, desplazando las iniciativas constructivas, las soluciones innovadoras y los ejemplos de integridad. Así se configura un círculo vicioso: una sociedad que consume desesperanza y, al mismo tiempo, la reproduce.
Y, sin embargo, esta realidad contrasta con la grandeza innegable de Colombia. Pocos países en el mundo poseen una riqueza natural comparable: dos océanos, tres cordilleras, una biodiversidad privilegiada y una diversidad cultural excepcional. Este territorio, que inspiró la obra de Gabriel García Márquez, es la encarnación viva del realismo mágico: un lugar donde lo extraordinario convive con lo cotidiano, donde la belleza y la contradicción se entrelazan permanentemente.
La paradoja es evidente. Un país con todas las condiciones para prosperar enfrenta dificultades estructurales que limitan su desarrollo. La debilidad institucional, la polarización política, la desigualdad social y la precariedad educativa han impedido consolidar un proyecto nacional sólido y coherente.
La educación, en particular, constituye uno de los pilares más frágiles. No puede aspirarse al progreso cuando la formación carece de rigor, cuando los títulos universitarios pierden valor y cuando el conocimiento es reemplazado por la superficialidad. Sin una educación de calidad, no hay ciudadanía crítica; sin ciudadanía crítica, no hay democracia sólida.
Otro factor determinante es la pérdida de disciplina social. El desarrollo no depende exclusivamente de los recursos naturales, sino de la capacidad de una sociedad para organizarse, planificar y actuar con responsabilidad. Países como Japón y Suiza, con limitaciones geográficas y escasos recursos naturales, han alcanzado niveles extraordinarios de prosperidad gracias a la disciplina, la educación y el sentido colectivo del deber. No es la riqueza material la que define el destino de una nación, sino la mentalidad de su gente.
Incluso en la región, ejemplos como Brasil han demostrado que el liderazgo económico es posible cuando existe visión estratégica y voluntad política. Colombia, con condiciones comparables o superiores en muchos aspectos, no debería resignarse a un papel secundario.
A esta situación se suma un fenómeno contemporáneo que profundiza la fragmentación: las redes sociales. Estas plataformas, lejos de promover el diálogo, con frecuencia refuerzan el aislamiento ideológico. Cada grupo escucha únicamente aquello que confirma sus creencias, mientras el desacuerdo se convierte en enemistad. La política, en lugar de ser un espacio de construcción colectiva, se transforma en un espectáculo donde prevalece la confrontación sobre las soluciones.
El resultado es una sociedad polarizada, vulnerable a la manipulación y cada vez más desconectada de sus intereses comunes. Los liderazgos oportunistas prosperan en este ambiente, alimentando emociones primarias en lugar de ofrecer propuestas serias y sostenibles.
Pero, sería injusto atribuir toda la responsabilidad a las instituciones o a los dirigentes. La crisis también refleja una falla colectiva. La indiferencia ciudadana, la tolerancia frente a la corrupción cotidiana y la falta de compromiso con el bien común contribuyen a perpetuar el problema. Una democracia no es únicamente el resultado de sus elecciones, sino el reflejo de sus ciudadanos.
Colombia no es un país condenado al fracaso. Por el contrario, posee las condiciones humanas, naturales y culturales para convertirse en una nación ejemplar. Lo que falta no es capacidad, sino voluntad; no es talento, sino disciplina; no es potencial, sino coherencia.
El cambio comienza con una transformación cultural profunda. Implica recuperar el valor de la honestidad, fortalecer la educación, exigir responsabilidad a los dirigentes y asumir, como ciudadanos, un papel activo en la construcción del futuro. Significa abandonar la resignación, reemplazada por el compromiso.
No se trata de negar los problemas, sino de enfrentarlos con madurez. No se trata de idealizar la realidad, sino de transformarla. Colombia no puede seguir siendo un país que oscila entre la grandeza y el caos, entre la esperanza y la frustración.
La historia demuestra que las naciones no están determinadas por su pasado, sino por sus decisiones. Colombia aún está a tiempo de elegir el camino de la cordura, la disciplina y el progreso.
Civilidad: El destino no está escrito. Depende de nosotros.



