domingo, junio 7, 2026
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¿Quién gobierna realmente? Las redes sociales y los bots

Por Paloma Muñoz – Docente universitaria

Por estos días me descubro agotada. No por la política en sí misma, sino por la cantidad abrumadora de información política que invade la vida cotidiana. Videos, memes, encuestas, audios, documentos, cadenas de WhatsApp, TikTok, noticias falsas, rumores disfrazados de análisis y análisis convertidos en espectáculo. Todo llega simultáneamente a nuestros teléfonos, como si una fuerza invisible estuviera disputándose cada segundo de nuestra atención.

Y comienzo a tener ansiedad y esto me asusta, porque veo como en la gente y hasta en mi genera como una especie de adicción a las pantallas y a veces me he visto tentada a emitir comentarios de odio e improperios, pero me abstengo, porque me acuerdo inmediatamente de aquellos seres que han sido referente en mi formación, no les puedo faltar porque han sido un referente de compromiso en apostarle siempre a construir la grandeza humana como: Gandhi, Jesús, las mujeres negras quienes se arriesgaron a llevar en sus cabellos rizados las semillas del árbol de la libertad, de mis padres, de mis hijos, de mis maestras, de mis estudiantes, de los sabedores y sabedoras comunitarios, de mis amigos músicos, de mis amigos muertos y desaparecidos, de la gente bella en mi camino de vida y me da vergüenza deshonrarlos. Les confieso que, esto me ha permitido mantener un control interno para no dejarme provocar.

A veces me pregunto si realmente estamos conversando con otras personas. Juan Carlos un amigo, me decía hace poco que incluso los foros podrían estar llenos de bots. Y la verdad es que ya no parece una idea descabellada. Cada vez es más difícil saber quién está detrás de una cuenta, quién escribe un comentario o quién impulsa una tendencia para influir en las redes sociales, amplificar mensajes y moldear percepciones.

Hoy asistimos a una transformación muy preocupante. Las redes sociales ya no son simples medios de comunicación; se han convertido en espacios donde se construye la realidad política. Lo que aparece en la pantalla parece adquirir automáticamente un estatus de verdad. Lo que se vuelve tendencia se interpreta como opinión mayoritaria. Lo que recibe miles de reproducciones se percibe como relevante, independientemente de su veracidad.

En estos tiempos los candidatos, construyen una cercanía artificial con el electorado. No se trata necesariamente de mostrar quiénes son, sino de representar aquello que las encuestas y los asesores consideran atractivo para determinados públicos.

Lo más preocupante no es únicamente la cantidad de información que circula, sino la imposibilidad de saber quién la produce. En muchos casos, ya no interactuamos con personas reales, sino con perfiles anónimos, algoritmos automatizados, cuentas falsas o ejércitos de bots diseñados para amplificar tendencias y manipular conversaciones. El ciudadano común participa en un debate cuya arquitectura desconoce. Habla, opina, discute y comparte contenidos sin saber si al otro lado existe un ser humano o una máquina programada para influir en sus emociones. La política contemporánea parece haber trasladado su centro de gravedad desde la plaza pública hacia las plataformas digitales.

Hoy, la lógica dominante es otra. Lo importante no es el argumento sino el impacto. No importa tanto la profundidad de una propuesta como su capacidad de volverse viral. La política ha sido absorbida por la cultura del espectáculo y convertida en una especie de reality show permanente. Como en aquellos programas televisivos donde todo parece espontáneo, pero en realidad responde a un guion cuidadosamente diseñado, la vida pública se desarrolla bajo una dramaturgia digital donde cada gesto, cada fotografía y cada declaración son calculados para generar reacciones emocionales.

La paradoja es evidente: ya no son solamente los candidatos quienes actúan. Ahora los ciudadanos también se han convertido en personajes del espectáculo. Participan activamente en la difusión de narrativas, reproducen consignas, atacan adversarios, defienden líderes y contribuyen a amplificar conflictos. El país entero parece transformarse en un inmenso escenario donde millones de personas representan papeles asignados por las dinámicas de las plataformas.

La pregunta que deberíamos hacernos no es únicamente quién ganará las próximas elecciones. Tal vez la pregunta sería ¿quién controla las narrativas que consumimos diariamente? Porque cuando las emociones son administradas por algoritmos y las conversaciones públicas son impulsadas por intereses económicos invisibles, la democracia comienza a parecerse peligrosamente a un espectáculo diseñado por otros para controlarnos.

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