sábado, marzo 7, 2026
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Memoria de mujeres, democracia y Universidad del Cauca

Por Paloma Muñoz – Docente universitaria

Hoy, 8 de marzo, mientras el país acude a las urnas para elegir Senado y Cámara y algunos partidos realizan consultas presidenciales, Colombia vuelve a pronunciar la palabra democracia. Pero hay una democracia más honda, menos ruidosa que la contienda electoral, que también exige memoria: la que las mujeres han tejido con persistencia en la historia de nuestras instituciones y del país.

El 8 de marzo no es una efeméride decorativa. Es una hendedura en el calendario por donde se asoman las luchas que hicieron posible que hoy votemos, deliberemos y ocupemos espacios que durante siglos nos fueron negados a las mujeres. Y en esa historia, la Universidad del Cauca ha jugado un papel protagónico, no solo como claustro académico sino como escenario de disputa simbólica y política.

Hace apenas unos días, desde la sede de Tulcán de Unicauca, el presidente Gustavo Petro sancionó la ley 2568 de 2026 que garantiza mayores recursos para las universidades públicas del país. El acto tuvo una carga histórica que va más allá del presupuesto: fue el reconocimiento de que la educación superior pública sigue siendo uno de los pilares de la democracia colombiana. Pero esa democracia universitaria no se entiende sin la irrupción de las mujeres en sus aulas.

En 1939, cuando el país aún respiraba el aire restrictivo de la Constitución de 1886, Esmeralda Arboleda una mujer de Palmira, Valle, se convirtió en la primera mujer aceptada para estudiar Derecho en la Universidad del Cauca. En 1944 obtuvo su título de abogada. Su ingreso no fue un simple trámite administrativo: fue un gesto político que desafiaba la estructura patriarcal del saber jurídico.

Arboleda no se conformó con habitar la universidad; la desbordó. Fue pionera del sufragismo en Colombia, lideresa incansable de reuniones, memorandos y campañas para explicar por qué el voto femenino no era una concesión graciosa sino un derecho fundamental. Junto a Josefina Valencia de Hubach, payanesa, hija del poeta Guillermo Valencia, crearon el Comité Pro-voto de la Mujer y más tarde una asociación dedicada a trabajar por los derechos femeninos.

El 25 de agosto de 1954, mediante el Acto Legislativo No. 3 de la Asamblea Nacional Constituyente, bajo el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla, se aprobó el derecho al voto de las mujeres en Colombia. Aquel logro no fue un regalo del poder, sino el resultado de años de argumentación, presión y pedagogía política. Se trataba del derecho a elegir y ser elegidas, un derecho que la Constitución de 1886 había negado de manera tajante.

Que dos mujeres vinculadas a la Universidad del Cauca y a la ciudad de Popayán hayan incidido de manera decisiva en la ampliación de la ciudadanía colombiana no es un dato anecdótico: es una lección histórica. La universidad pública no solo forma profesionales; forma sujetos políticos capaces de transformar el orden establecido.

Hoy, cuando se discute el financiamiento de la educación superior y su papel en la construcción de país, conviene recordar que cada aula abierta, cada matrícula posible, puede ser la antesala de una revolución silenciosa. Las mujeres que ingresaron a la universidad en el siglo XX no buscaban únicamente un título: buscaban reconocimiento, participación y voz en la vida social, académica, económica, cultural y política.

En este 8 de marzo, mientras los resultados electorales llenan titulares, la memoria de Esmeralda Arboleda y Josefina Valencia nos recuerda que la democracia no empezó hoy y no termina en las urnas. Se construye en los claustros, en las calles y en la terquedad de quienes se atreven a cruzar puertas que parecían cerradas para siempre.

La historia de la Universidad del Cauca es también la historia de esas mujeres que la habitaron y la transformaron. Y si hoy la educación pública recibe un nuevo impulso, que sea también una oportunidad para profundizar la igualdad real, no como consigna, sino como práctica cotidiana. Porque la democracia, como la universidad, solo se sostiene cuando amplía sus márgenes y reconoce a quienes durante tanto tiempo fueron excluidas de su relato.

Es cierto que, las mujeres hemos ganado espacios en todos los ámbitos de la vida. No obstante, a ochenta años de haber conquistado el voto femenino en nuestro país, la participación social, política y representatividad de las mujeres sigue enfrentando grandes retos. En dos centurias de historia de la Universidad del Cauca no hemos accedido a la dirección y conducción rectoral. Como sucede en buena parte de la nación, ha llegado el momento de propiciar cambios, de abrir nuevos espacios de liderazgo y participación de las mujeres en las decisiones políticas, académicas y administrativas, con el propósito de contribuir a una gobernanza verdaderamente democrática.

Porque la democracia que florece en las urnas necesita, para no marchitarse, la savia profunda de las aulas y el liderazgo pleno de las mujeres.

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