LENNY Z. PITO BONILLA – @CreaciónpsicologíaXXI
A un siglo que las mujeres empezaron su movimiento de reivindicación hacia mayor equidad laboral, igualdad de derechos, participación social y desarrollo integral de su potencial, hoy: Día Internacional de la Mujer, aún es latente las desigualdades y el irrespeto a las féminas.
Merecemos las celebraciones y celebrarnos a nosotras mismas, sin embargo, más allá de reuniones, cenas, flores, dulces, etcétera, es fundamental afianzar la toma conciencia sobre lo que inspiró a las Naciones Unidas en el año 1975, para formalizar esta fecha: Visualizar la inequidad, la discriminación, las brechas y la violencia de género. Condiciones, que durante el camino recorrido han mejorado considerablemente en casi todo el mundo, con logros históricos significativos, pero que todavía existen y en especial la última.
La psicología define la violencia intrafamiliar y de género como un patrón de comportamiento coercitivo, abusivo y controlador, sostenido por la disparidad de poder. Dinámica disfuncional que deteriora la salud mental y a la que me refiero hoy.
La profunda oscuridad de la violencia doméstica, con frecuencia solapada entre sutiles sombras, carcome el alma de la mujer violentada y de manera imperceptible. Suele no hacer bulla, susurra, ni se ve porque «la cruz se lleva por dentro», pero se instala hasta terminar normalizándose y lleva a la víctima a soltar el control de su propia vida, para cederlo al victimario.
Miradas que «matan», se clavan para descalificar, rechazar, juzgar y sentenciar o, al contrario, se desvían para ignorar; violencia emocional.
Palabras que humillan, lastiman y hieren acompañadas de vulgaridad, groserías o insultos, en lo opuesto, silencios eternos e incómodos; violencia verbal.
Cuerpos en movimiento, pellizquitos, empujoncitos, palmadas, nalgadas, bofetadas, puños o patadas, golpes al final, del otro lado, ausencia de abrazos o distanciamiento corporal. Objetos en acción, puertas que se cierran con fuerza, cosas que vuelan para estrellarse contra paredes o pisos, vidrios, espejos o pantallas rotos y muebles volteados, en el extremo, alejamiento, ausencias y una vida fuera de casa; violencia física.
Amenazas camufladas de advertencias, «asumirás las consecuencias si no haces…», «obtendrás aquello a cambio de…», «te mereces esto por lo qué hiciste o no hiciste» o «no mereces…». Descalificar, «no sirves para nada», «eres inútil e incapaz», «todo te queda grande», «no puedes» o «no sabes ni entiendes», para luego sobresaturar con elogios; violencia psicológica.
Dependencia de la billetera, «no trabajes yo te mantengo», «es suficiente lo que te doy», «gastas mucho» o «no pidas más», en el extremo, disponibilidad de dinero a manos llenas o una vida en «jaula de cristal»; violencia económica.
Actos intencionales contra la intimidad sin consentimiento, toqueteo indeseado, acoso, comentarios incomodos, amenazas, abuso infantil, violación, prostitución o trata humana forzadas; violencia sexual.
Amenazas contra la vida, ataques reales y feminicidio.
Múltiples formas de agresión, a vece invisible: Control disfrazado de cuidados, rutinas cargadas de miedo, percepción distorsionada, pérdida de identidad, erosión del amor propio, ausencia de autoestima, aniquilación de la personalidad y destrucción del yo. Con el tiempo la tendencia es a minimizar para sobrevivir, entonces el hogar, fuente de refugio seguro, se torna conflictivo, dañando a todos y en especial a los hijos. Tan tóxico y paralizante, que la persona sueña, habla o confía menos, hundiéndose en dependiente física, psicológica y espiritual.
Reconocer que siempre, incluso en medio de la sombra más tenebrosa, existe una grieta por donde entra luz, aunque sea tenue. Un sentimiento de incomodidad e inconformismo: «Esto no está bien», «merezco algo diferente» o «tiene que haber un mundo distinto», abre el paso, pero exige voluntad y la determinación de «voy a salir de esta situación».
Pasar de la oscuridad de la violencia a la luz de la sobrevivencia, es escribir el presente con otra narrativa mental, recuperar la voz, reaprender el valor propio, ponerse en primer lugar y amarse. Un acto de dignidad, que facilita el manejo inteligente de aquellas emociones impuestas, el desmonte de la manipulación y, el permiso de ser, sentir, expresar y sanar.
Comprender que no es culpable de la violencia recibida, pero sí responsable de superarla, con apoyo afectivo y profesional, reparación y reconstrucción. Sobreviviente significa no solo haber resistido, sino transformar el daño en propósito: Soltar cadenas de tortura, hacerse consciente, revelar su poder interno, desarrollar autonomía y conectar con la libertad de ser.
A pesar del cruel maltrato, el fin es dar testimonio, para que otras reconozcan su propia oscuridad y descubran la potente claridad de su alma, ya que la sombra es temporal mientras que la luz es eterna. Y ¡las mujeres estamos llamadas a iluminar!




