Por Paloma Muñoz – Docente universitaria
Cuba no es una isla lejana en un mapa. Es un registro palpitante de historia, cultura, solidaridad y contradicciones, pero ¿vamos a seguir usando a Cuba como argumento ideológico o vamos a actuar con responsabilidad hemisférica? Porque hoy, la administración del presidente Donald J. Trump ha intensificado las medidas de presión sobre Cuba, extendiendo y actualizando políticas que agravan el aislamiento económico de la isla. La administración de Estados Unidos declaró que las acciones del gobierno cubano constituyen una “amenaza extraordinaria” a su seguridad nacional, inaugurando un régimen de aranceles que afecta a países que suministran petróleo a Cuba como Venezuela y México, reforzando así una campaña que limita aún más el ya restringido acceso a combustibles, servicios y bienes esenciales.
Cuba atraviesa una de las etapas más duras de su historia reciente: apagones prolongados, escasez de medicamentos, deterioro de infraestructura básica, hospitales que operan al límite. No se trata de una metáfora ideológica, se trata de vidas concretas que se desgastan en la espera.
Cuba ha sido una nación que durante décadas construyó un modelo de salud como un derecho humano fundamental, por eso la Organización de las Naciones Unidas ha reconocido la tradición cubana de entender la salud integral que llevó brigadas médicas a los lugares más olvidados del planeta, que formó profesionales que salvaron vidas en África, en América Latina y el Caribe y otros países de Europa. Pues, a pesar de sus limitaciones exportó médicos, vacunas, conocimiento y esperanza a países que enfrentaban epidemias, huracanes o sistemas de salud fragmentados. Teniendo reconocimientos con respeto en foros internacionales de salud.
Cuba, ha sido una tradición cultural que ha nutrido al continente con el son cubano, la trova, la poesía, las investigaciones musicológicas y de una comprensión profunda de los cubanos como experiencia histórica. Y me detengo aquí porque es mi tema, cómo la música cubana, desde el punto y el son hasta la nueva trova, es patrimonio mundial que ha resonado en plazas y teatros. Ha marcado el ritmo de generaciones. Personalidades desde Martí, Fernando Ortiz y Alejo Carpentier, nos enseñaron a leer los tejidos culturales de un pueblo complejo. Voces como Celina González con Reutilio, Omara Portuondo, Compay Segundo, Silvio Rodríguez, Vicente Feliu, Pablo Milanés y otros intérpretes y compositores que no me caben en esta columna poder nombrarlos, pero que han convertido la tradición musical cubana en memoria sonora colectiva. Todo eso es parte de una herencia que no se desvanece con la crisis y en muchos casos ha sido la fortaleza del pueblo cubano. Por eso reducir a Cuba hoy a una caricatura política, a un silencio cómplice, es una forma de ingratitud histórica.
El recrudecimiento del bloqueo estadounidense, no puede analizarse como un simple instrumento diplomático. Las sanciones financieras, las restricciones energéticas y la permanencia en listas que limitan transacciones internacionales tienen efectos directos en la vida cotidiana de las y los cubanos. Encarecen alimentos, dificultan la compra de insumos médicos, obstaculizan créditos y paralizan sectores productivos. El discurso habla de presión política; la realidad muestra hospitales con generadores al borde del colapso.
Por supuesto que, esto no exonera al gobierno cubano de sus responsabilidades internas. La falta de reformas estructurales profundas, la rigidez política, la ausencia de mayor apertura económica y pluralismo han contribuido a un desgaste evidente. Pero usar esas falencias como justificación para asfixiar a una población entera no es política inteligente. Es castigo colectivo.
Y, sin embargo, ahí está. Una isla que alguna vez fue faro simbólico de revolución. Pero no podemos permitir que la discusión sobre Cuba siga siendo un campo de batalla simbólico entre izquierdas y derechas. Es hora de hablar en términos de vidas humanas, de energía eléctrica, de antibióticos en una farmacia, de jóvenes que no tengan que lanzarse al mar para imaginar futuro.
Entonces la pregunta es simple, directa e incómoda:
¿Qué vamos a hacer por Cuba, por el pueblo cubano?



