lunes, abril 20, 2026
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“Foto Vargas” Manuel Cepeda y Popayán

Por Paloma Muñoz – Docente universitaria

Por lo general, la historia suele escribirse desde el poder y en Colombia, mucho más. Pero la memoria es otra forma de la verdad. Desde ahí quiero hablar de Manuel Cepeda Vargas -padre de Iván Cepeda Castro candidato presidencial- del hombre cotidiano, cercano y afectuoso que conocí; del vínculo profundo que tuvo con Popayán y su gente; y de la injusticia persistente de que su nombre sea más recordado por su asesinato que por la profundidad de su pensamiento cultural. Y allí comienza la primera deuda.

¿Los patojos —bien patojos— recuerdan el famoso estudio de fotografía Foto Vargas? De niña, como a tantos otros, allí nos tomaban las fotos para el álbum familiar. Hace algunos años atrás, en el Colegio Mayor, el curador Juan Carlos León Castillo organizó una exposición de fotografías donde incluso se exhibió la cámara gigante del estudio, facilitada por la familia su hermano Álvaro Cepeda en un trabajo conjunto con Ruth Cepeda Vargas, entonces rectora de la institución. En este momento esa cámara está en manos del nieto de Mina Vargas, Fernando Cabrera quien vive en Santander de Quilichao.

No es un simple dato anecdótico. Es la evidencia de que la imagen, la memoria visual y la sensibilidad artística estaban en el corazón de dicha familia. “Foto Vargas” no solo retrataba rostros: construía archivo, fijaba historia. Allí estaba la figura entrañable de doña Mina Vargas de Cepeda, “Mamá Mina”, como la llamaban cariñosamente, reconocida como la primera mujer fotógrafa del occidente colombiano, junto a sus hijas —las poetas Gloria y Ruth, la médica Stella, la magistrada Cecilia— y sus hijos Manuel y Álvaro. De él se dijo alguna vez, con certeza silenciosa: fue un gran poeta desconocido y un excelente pintor.

No es casual que una parte fundamental de su formación haya ocurrido en Popayán. Allí no solo estudió Derecho en la Universidad del Cauca, sino que se nutrió de un ambiente donde la literatura, la fotografía y la reflexión política convivían de manera orgánica. Ese cruce de sensibilidades marcaría para siempre su manera de entender el país, pues cruzaron amistad con Álvaro Pío Valencia.

Por eso, su papel como gestor y proponente de la creación del Ministerio de Cultura de Colombia no fue una formalidad institucional. Fue el resultado de debates, encuentros y procesos colectivos que se tejieron en regiones como el Cauca, junto a artistas, gestores y comunidades.

Recuerdo una frase escrita de su puño y letra: “Paloma, vamos por la creación del ministerio de Cultura”. No es solo una confidencia personal; es una frase histórica, cultural y política. Revela que ese proyecto no nació en escritorios bogotanos, sino en diálogos territoriales, en conversaciones que entendían la cultura no como ornamento, sino como derecho y como herramienta de transformación social. Sin embargo, allí aparece la paradoja: el Ministerio se creó después de su asesinato. El Estado terminó institucionalizando una idea proyecto cuya voz había sido silenciada.

Recordar la relación de Manuel Cepeda Vargas con Popayán, con su familia, con la “Foto Vargas” y con los procesos culturales del Cauca no es un ejercicio nostálgico. Es, más bien, una forma de interrogar el presente. Porque la memoria, cuando se narra desde la experiencia y no desde el poder, deja de ser recuerdo y se convierte en una exigencia. En tiempos donde el país sigue debatiéndose entre la memoria y el olvido, entre falsos relatos, su figura regresa como una pregunta abierta de justicia y el sentido mismo de la cultura en la construcción de país.

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