VÍCTOR PAZ OTERO.
En el flujo casi siempre errático y turbulento de la historia humana, se presentan con demasiada frecuencia, momentos y procesos de angustiosa crisis, que parecieran amenazar la supervivencia de lo mejor y más valioso que se ha logrado conquistar con el avance de aquellos que nombramos como civilización. Son momentos en que todo lo que ha sido considerado como respetable y hasta “venerado” se tambalea; donde todas las probables certidumbres se deterioran; momentos de nihilismo puro donde todos los valores dejan de valer; momentos donde se tiene la percepción angustiosa de que la realidad vigente parece disolverse para entrar en el ciclo disolutivo que impone el terror asociado al caos y al triunfo posible de la irracionalidad, sobre la que supuestamente esta edificada la estructura básica de la cultura humana. Momentos en que parece agotada la esperanza sobre un futuro amable para la convivencia de los seres humanos. Momentos en que la barbarie parece triunfar sobre la poca sensatez que a veces sostiene y orienta los proyectos de la historia. Decimos que “a veces” puesto que lo que recurrentemente suele acontecer es que la historia se convierte en el escenario donde la razón se enloquece. Y además siempre hay que recordar que el sueño de la razón produce monstros.
En dichos momentos solo la incertidumbre parece ser el único y oscuro paisaje donde florece con exuberancia el pesimismo humano.
Por lo general en esos momentos de quiebra y colapso de las certidumbres humanas, EL TERROR, EL MIEDO Y LA ANGUSTIA se transforman casi en una filosofía de la desdicha humana. Son los momentos donde todos los dioses abandonan al hombre y donde casi todos los hombres ponen en duda el valor y el sentido tanto de la vida como de la historia. Momentos de triunfo para la barbarie. Momentos de apogeo de la sin-razón. El pensamiento religioso los nombraría como momentos donde el mal triunfa sobre el bien o donde las tinieblas destruyen la luz; O los anunciarían como momentos previos al gran apocalipsis que le espera a los pecados y a los errores del mundo.
Han sido muchos los momentos donde la barbarie ha triunfado y arrasado la cultura. Atilas del pasado aniquilaron una de las más valiosas culturas de la historia. Sucedió con la civilización romana, la que tenía su centro de ubicación y de irradiación en el esplendor de la gran ciudad de Roma.
Personalmente, en esta coyuntura dramática escenificada en los países de oriente; pienso, y siento que la historia contemporánea, nos aproximan peligrosamente a uno de esos momentos críticos donde el conjunto de la cultura humana se encuentra enfrentada a aun probable proceso de abolición de varios de sus elementos constitutivos ,entre ellos y de manera especial se encuentra la transgresión y el desconocimiento casi absoluto de las normas del derecho internacional, normas que al fin y al cabo han permitido, a partir de la segunda guerra mundial, garantizar la convivencia de las distintas naciones independientemente de su estructura y orientación política.
Hoy se está orquestando y llevando a cabo, por medio del uso brutal y repugnante de la fuerza bruta la intimidación y el sometimiento de algunas naciones al poder político y militar del más fuerte. Regresión salvaje y radical en los protocolos regulatorios del derecho internacional. Retorno a un imperialismo primitivo que se creía ya algo superado en los ciclos de la historia.
El Atila de nuestro tiempo es un Atila tecnológico-nuclear. Un líder fanático y delirante, un sujeto vanidoso y prepotente, dotado de una inteligencia entre infantil y perversa, un perverso polimorfo jugando a divertirse con los instrumentos de la guerra y de la muerte.
Este peligroso líder de la infamia contemporánea, sin ningún rumor a calumnia, es además de muchas otras cosas, un transgresor recurrente de las leyes de su propio país. Sujeto imputado por muchos y sórdidos delitos, que sin embargo no fueron obstáculo para impedirle llegar a la presidencia de su opulenta nación, sin discusión la mayor potencia nuclear de la época, a lo cual recurre para impulsar para sus aventuras neofascistas y neoimperialistas.
Nadie se llame a engaño, está en juego la paz mundial. Está en marcha una redefinición de la geopolítica planetarias. En esta época donde ya el hombre no es la medida de nada, lo único que será respetado son las urgencias y las necesidades del nuevo reparto imperialista. El dinero es el Dios de Dioses de la religión del lucro y la codicia. ¿Y ahora quien podrá defendernos?




