Tras el exitoso amerizaje de Artemis II el pasado 11 de abril, los científicos de la NASA han revelado los efectos fisiológicos inmediatos en la tripulación. Desde cambios en la visión hasta micro-mutaciones celulares, el cuerpo humano ya muestra las huellas del viaje lunar.

Redacción El Liberal
El regreso de los astronautas Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen ha marcado un hito no solo en la ingeniería, sino en la medicina espacial. Aunque la misión Artemis II duró apenas 10 días, los primeros exámenes médicos realizados tras el amerizaje en el Pacífico confirman que el cuerpo humano comienza a transformarse casi instantáneamente al abandonar la protección de la magnetosfera terrestre. Los científicos de la NASA, utilizando tecnología de punta como los “órganos en un chip”, han empezado a desvelar cómo la radiación cósmica y la microgravedad profunda afectan nuestra biología de manera distinta a como ocurre en la Estación Espacial Internacional (EEI).
El “síndrome de la cara hinchada” y la presión ocular
Uno de los efectos más visibles y reportados por la tripulación durante el vuelo fue la redistribución de líquidos. Sin la gravedad tirando de la sangre hacia las piernas, los fluidos se desplazaron hacia el torso y la cabeza. Este fenómeno, conocido coloquialmente como el “rostro hinchado”, no es solo estético: provoca un aumento de la presión intracraneal que afecta directamente el nervio óptico. Los médicos de la misión han detectado cambios leves en la agudeza visual de dos de los tripulantes, un recordatorio de que incluso una misión corta puede alterar la salud ocular a largo plazo si no se desarrollan contramedidas adecuadas para el futuro.
Artemis II no solo fue un vuelo de prueba para la nave Orion, fue un laboratorio vivo. Estos diez días nos han enseñado más sobre la vulnerabilidad de la médula ósea humana que una década en órbita baja.
Desafíos en los huesos y la médula ósea
A pesar de que los astronautas realizaron rutinas de ejercicio diarias de 30 minutos, los escaneos post-vuelo muestran una pérdida de densidad mineral ósea incipiente, especialmente en las extremidades inferiores. Sin embargo, el hallazgo más preocupante proviene del experimento AVATAR (A Virtual Astronaut Tissue Analog Response). Por primera vez, se enviaron chips con tejido de médula ósea derivado de las células madre de los propios astronautas. Los resultados preliminares indican que la exposición a los rayos cósmicos galácticos, que en el espacio profundo es 100 veces superior a la de la Tierra, ha provocado alteraciones en la formación de células sanguíneas.
Readaptación y equilibrio: El regreso a la Tierra
Tras el amerizaje, la tripulación enfrentó el reto de la “gravedad de 1G”. Los informes médicos destacan episodios de mareos y desorientación vestibular, ya que el oído interno debe recalibrarse para distinguir “arriba” de “abajo”. Además, se observó una caída en el volumen cardíaco; el corazón, al no tener que esforzarse para bombear sangre contra la gravedad durante diez días, se vuelve ligeramente más pequeño y eficiente, lo que provoca fatiga extrema al intentar ponerse de pie tras el regreso.



