sábado, agosto 1, 2026
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Gerardina Angulo Ibarra: la mujer cantaora que conversaba con el tiempo

Por Paloma MuñozDocente universitaria

Hay personas que parecen desafiar el paso de los años. No porque el tiempo no las alcance, sino porque aprenden a caminar de su mano. Así era Gerardina Angulo Ibarra. Una mujer que convirtió la vejez en un territorio de amor, de humor, de canto y de sabiduría.

Hoy el Patía despide a una de sus cantaoras veteranas. Pero también despide a una maestra que nunca dejó de enseñar. Después de jubilarse, cuando muchos piensan que la tarea está cumplida, Gerardina seguía reuniendo a los niños de Galíndez para enseñarles a leer y escribir. Comprendía que la educación no termina con un decreto de retiro; mientras exista un niño dispuesto a aprender, siempre habrá una maestra en servicio.

Madre de la reconocida maestra y poeta Lola Grueso, creadora de la Pedagogía de la Corridez. Gerardina fue también una pedagoga de la vida. Enseñaba con las palabras, con las historias, la poesía y con la risa. Su memoria prodigiosa era un archivo viviente donde convivían las anécdotas de la escuela, los caminos del Patía y las aventuras de una mujer que nunca aceptó envejecer como la sociedad espera que envejezcan las mujeres.(siempre tuvo ochenta años de ahí no pasaba).

Porque Gerardina era irreverente. Aparecía un día con una peluca fucsia, otro con una negra, después una verde o una café. Se reinventaba con la naturalidad de quien entiende que la alegría también es una forma de resistencia. En un mundo que suele vestir de gris la vejez, ella respondía con colores.

Y estaba ese otro don que alimentó la imaginación de toda una región. Leía las cartas. Decía ver el futuro y descubrir el pasado de quienes llegaban a consultarla. Su fama de certera cruzó los límites del Patía y hasta personajes de importantes esferas buscaban su lectura de cartas. Más allá de creer o no en las cartas, lo cierto es que Gerardina sabía leer a las personas, escuchar sus silencios y ofrecerles esperanza. Aquella práctica también le permitía complementar sus ingresos, dignificando con ingenio y trabajo los años de su madurez.

Pero, por encima de todo, Gerardina era cantaora. El canto la mantenía viva. Formaba parte de ese extraordinario grupo de mujeres mayores que conocemos como las Cantaoras del Patía, guardianas de una memoria que no cabe en los libros. En sus voces siguen respirando los bambucos patianos, los alabaos, los trisagios, las licencias y las antiguas salves dedicadas a la Virgen del Tránsito o la Virgen de Agosto, cuya devoción ha tejido durante generaciones la espiritualidad del Valle del Patía.

Cada presentación era mucho más que un concierto: era una lección de historia, una ceremonia de resistencia cultural y un acto de amor por la herencia afrodescendiente de este territorio. Gerardina lo sabía. Por eso cantaba con el cuerpo entero, como quien comprende que mientras una canción permanezca viva, también lo harán quienes la heredaron.

Hoy una de esas voces se apaga en la tierra para seguir resonando en otro lugar. Quiero imaginar que, al llegar al cielo, no tardará en organizar el coro celestial. Seguramente les enseñará a respetar el estilo patiano de cantar un bambuco o una salve. Tal vez, entre sonrisa y sonrisa, le pedirá a San Pedro que le permita leerle las cartas, porque hasta el cielo necesita de vez en cuando una mujer que converse con el tiempo. Y cuando llegue la noche, quizás vuelva a entonar aquella copla que tanto la acompañaba con sus compañeras:

“que alegre que esta la novia más alegre que una pascua/(bis)/Más alegre se pondrá cuando esté llevando guasca/ (bis) La, la, la, la, la, cuando esté llevando guasca/Que alegre esta la novia la noche de su casorio/ (bis)Con un ojo llorando y con el otro mira al novio/(bis). La, la, la, la, la con el otro mira el novio /Si el que se casa supiera la libertad cuánto vale/ (bis), pero nadie sostendría de música, plaza y baile/(bis) La, la, la, la, la de música, plaza y baile/”.

Buen viaje, querida Gerardina. Gracias por enseñarnos que una maestra nunca deja de enseñar, que una cantaora nunca deja de cantar y que la vejez puede ser el escenario más luminoso de la vida.

Que tu voz encuentre ahora el coro de los ancestros y que, desde allí, sigas cantándole al Patía.

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