HORACIO DORADO GÓMEZ – @HoracioDG
Por allá en 1912, antes de la llegada de los primeros automóviles y de que las calles empedradas comenzaran a ser reemplazadas por las pavimentadas, el medio de transporte de la ciudad eran los carruajes movidos por caballejos. En aquellos tiempos, los que conducían las máquinas eran unos semovientes de cuatro patas.
Hoy, más de un siglo después, los semovientes son otros.
El colapso de la movilidad en Popayán dejó de ser un simple inconveniente para convertirse en un problema cotidiano que altera la rutina de los payaneses. El diseño vial de la ciudad se quedó corto frente a un parque automotor que no para de crecer, mientras las soluciones llegan a paso de tortuga. Y no precisamente de las que circulan por nuestras calles.
Son varios los factores que explican este despelote vial.
Primero, tenemos una ciudad cuyo sector histórico fue diseñado hace siglos para peatones y carruajes, no para soportar el desfile interminable de automóviles, camionetas, motos, bicicletas, patinetas y buses del transporte urbano. Las calles siguen siendo prácticamente las mismas, pero los vehículos se multiplicaron como si tuvieran permiso para reproducirse.
La estampida del parque automotor es evidente. El crecimiento de los vehículos particulares y, especialmente, de las motocicletas, ha desbordado la capacidad física de unas vías que no pueden ensancharse al capricho de cada administración. Y ahí está el problema: tenemos una ciudad del tamaño de siempre con una cantidad de vehículos que parece de otra ciudad.
A esto se suma el eterno asunto del Sistema Estratégico de Transporte Público, el SETP, que lleva años padeciendo una parálisis institucional. A paso de tortuga avanzan las decisiones que no terminan de convertirse en un sistema eficiente, sino en otro elefante blanco más. Mientras tanto, el ciudadano, ante la falta de alternativas cómodas, seguras y oportunas, termina echando mano del vehículo particular, de la motocicleta o del transporte informal.
Y como si fuera poco, está el estado de la malla vial. Los huecos y baches se han convertido en reductores de velocidad obligatorios. Algunos ya no son huecos: son verdaderas obras de ingeniería hidráulica que aparecen después de cada aguacero. Así, el tránsito se ralentiza, los trancones se alargan y la paciencia de los conductores se acaba.
Pero tampoco podemos echarles toda la culpa a las vías.
Hay una angustiante falta de cultura ciudadana y de control. El parqueo donde está prohibido, la invasión de carriles, el desconocimiento de las normas, la ausencia de suficientes parqueaderos públicos con la consabida frase de “yo me demoro un momentico” terminan convirtiendo las calles en un gigantesco estacionamiento improvisado: el parqueadero más grande del suroccidente colombiano.
Las administraciones municipales, por su parte, han recurrido a medidas de contingencia como el pico y placa para vehículos particulares, restricciones para motocicletas y campañas de demarcación vial. Son medidas que pueden aliviar momentáneamente la congestión, pañitos de agua tibia que difícilmente resuelven el problema estructural.
Porque el pico y placa, aunque necesario en determinadas circunstancias, no puede convertirse en la solución mágica para una ciudad que necesita mucho más.
El problema es que, mientras se restringe la circulación de determinados vehículos, el parque automotor continúa creciendo. Y aparece entonces el conocido efecto rebote: quienes tienen capacidad económica pueden terminar adquiriendo un segundo vehículo con una placa diferente para esquivar la restricción. El resultado es bastante sencillo: se pretendía sacar carros de las calles y, con el tiempo, terminamos teniendo más carros.
El ciudadano de menores ingresos, por supuesto, no tiene esa posibilidad. Le corresponde padecer las restricciones y utilizar un transporte público que todavía no ofrece las condiciones de comodidad, seguridad, frecuencia y eficiencia que debería tener.
Y aquí está el verdadero meollo del asunto.
La Ciudad Blanca necesita mucho más que reemplazar secretarios de Tránsito, pintar flechas sobre el pavimento o modificar cada cierto tiempo el pico y placa. Necesita una política de movilidad seria, sostenida y de largo plazo.
Para el día de “San Blando que no tiene cuándo”, Popayán necesita un transporte público eficiente que haga que el ciudadano prefiera dejar el carro en casa. Necesita estudiar alternativas de transporte masivo y, si los estudios técnicos y financieros lo permiten, sistemas como trenes urbanos o soluciones de movilidad de mayor capacidad.
Necesita, además, espacios seguros para bicicletas y peatones; recuperar andenes; avanzar en la peatonalización de determinadas zonas; ordenar el estacionamiento y estudiar mecanismos de cobro por congestión en sectores donde el tráfico ya resulta insoportable.
No se trata de perseguir al carro ni de declarar la guerra a la motocicleta. Se trata de ofrecer alternativas para que la gente no tenga que depender de ellos para desplazarse.
Porque una ciudad no puede seguir creciendo hacia arriba, hacia los lados y hacia donde Dios quiera, mientras su sistema de transporte continúa pensando en una Popayán de hace medio siglo.
En fin, Popayán requiere un sistema de transporte público eficiente, moderno y diferente. Uno que responda a la ciudad que tenemos y, sobre todo, a la ciudad que queremos.
Porque en 1912 los carruajes eran conducidos por caballejos.
Hoy los caballejos ya no tiran de los carruajes.
Ahora algunos conducen los carros y se tiran las hidalgas calles.
Civilidad: (según HDG) El centro histórico es el rostro de color lúcido de la ciudad; lugar de mayor significado histórico y de ritualidad religiosa, además asiento de entidades gubernamentales, comerciales y culturales. Peatonalizarlo es una tarea clave para proteger el patrimonio.


