sábado, septiembre 19, 2026
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El Ciro López y la Francisco Villamil

HORACIO DORADO GÓMEZ – horaciodorado@hotmail.com

Aquí de nuevo, escribiendo mi columna dominical. En esta ocasión, honrando la memoria del generoso, don Ciro López, quien donó el terreno para el escenario deportivo que lleva su nombre. Tuve el privilegio de conocerlo, de profesión constructor, utilizando andamios de guadua; pero nunca se le cayó un andén. Andenes los de hoy con arremuescos donde se cae la gente. Don. Ciro, cuando de reprochar tenía, lo decía: “en tono bajito, casi como para no molestar: esa cuadrilla de obreros no va a rendir lo que dice esa hoja”.

La donación del terreno tenía el fin exclusivo para la construcción de un campo deportivo con graderías para los espectadores, destinado a competencias de diferentes disciplinas, entre ellas el fútbol, inaugurado el 8 de julio de 1951.

Lastimosamente hoy, el estadio Ciro López hace parte de una larga historia de abandono, disputas jurídicas, reclamos ciudadanos y deterioro físico. Un escenario que alguna vez representó progreso y encuentro deportivo, terminó convertido, como tantos otros bienes de nuestra ciudad, en un dolor de cabeza para quienes tienen la responsabilidad de conservarlo.

He aquí comienza otra historia, mucho más antigua, que tiene que ver con la famosa leyenda popular de Popayán: la maldición de la cruz de Belén.

Cuenta la tradición, que el obispo Carlos Bermúdez fue sacado por la fuerza del palacio arzobispal por hombres armados. Ante semejante agravio, el prelado habría proferido una severa imprecación contra la ciudad, advirtiendo que, si la cruz de la iglesia de Belén llegaba a caer, los muertos saldrían de sus tumbas y Popayán perecería.

La leyenda quedó prendida de la memoria colectiva y adquirió una fuerza particular después del terremoto de 1983, cuando la cruz sufrió graves daños, pero no cayó completamente. Para muchos, aquello fue suficiente para confirmar que la maldición seguía vigente.

Y si de maldiciones hablamos, pareciera que Popayán continúa pagando alguna factura que nadie sabe quién dejó pendiente.

Fundada en 1537, esta ilustre ciudad ha sido llamada cuna de dieciséis presidentes de Colombia. Sin embargo, a veces da la impresión de que ninguno hubiera pasado por aquí después de ocupar el solio presidencial. Tenemos historia, patrimonio, títulos, pergaminos y hasta presidentes para repartir; lo que seguimos buscando es, la manera de convertir tanta gloria acumulada en progreso visible.

Hasta el antiguo reloj de la Torre del Reloj parece haberse confabulado con nosotros: sin la manecilla para los minutos, permanece detenido en el tiempo, como si a los payaneses no nos interesara demasiado saber qué hora es ni, mucho menos, hacia dónde va la ciudad.

La supuesta imprecación también parece haberse extendido a otros bienes de Popayán y del Cauca. Pues, allí está la Plaza de Toros Francisco Villamil Londoño, patrimonio cultural de la ciudad, durante años escenario de corridas y espectáculos, hoy convertida en una dolorosa muestra del deterioro que puede producir el abandono. La Alcaldía y la Gobernación han reconocido su delicada situación y han anunciado acciones para recuperar el inmueble. Pero entre anuncios, trámites, problemas jurídicos y tiempo transcurrido, el patrimonio continúa esperando.

Y qué decir de aquellas historias que rodean la plaza.

Se cuenta que la primera corrida realizada en Popayán prácticamente resultó gratuita para el público, porque la asistencia no fue la esperada y los toreros, traídos del cartel taurino de Cali, actuaron más por gusto que por negocio, atraídos por la belleza y las comodidades del pequeño albero, aunque reducido frente a la plaza de Cañaveralejo. Al propietario de los toros, según cuenta la tradición oral, hubo que pagarle con dos letras de cambio, documento legal que respaldaba la deuda (vaya a saber si las hicieron efectivas).

En 1972 también actuó allí el cantante español Raphael, acompañado por Los Brujos de Venus, pero tampoco se llenaron las graderías. De ahí nació aquella ocurrencia o chispa patoja de llamar al coso taurino: “la plaza más grande del mundo”, porque nunca se llenaba.

Humor aparte, hay algo más serio detrás de todo esto.

La responsabilidad sobre el patrimonio público —o sobre aquellos bienes que hacen parte de la memoria colectiva de la ciudad— no puede diluirse entre oficinas, administraciones, entidades, juntas, procesos jurídicos y buenos propósitos. El patrimonio no se conserva con discursos. Se conserva con decisiones, recursos, mantenimiento, transparencia y voluntad política.

Y aquí aparece otra de nuestras particulares costumbres: la maledicencia.

A nuestros alcaldes, con independencia de sus aciertos o equivocaciones, muchas veces los rajamos como si fuera deporte local. Una obra no termina y ya tiene culpable; una obra se termina y siempre aparece quien encuentra la falla; un proyecto se anuncia y se critica; otro se demora y también se critica. Y así vamos construyendo una cadena interminable de improperios que muy poco ayuda a solucionar los problemas de la ciudad.

Por supuesto, la crítica ciudadana es necesaria. La vigilancia sobre lo público es indispensable. Pero una cosa es exigir cuentas y otra muy diferente convertir la descalificación en costumbre.

Aquí, mucha gente habla de lo que no entiende, de lo que cree entender y de lo que entiende apenas a medias.

Y, aun así, Popayán encanta.

Es bella, lenta, anacrónica y, en ocasiones, refractaria al progreso. Parece detenida en el tiempo impreciso entre el siglo XIX y mediados del XX, con ese persistente olor a calicanto que se desprende de sus muros, sus faroles, sus balcones y el aliento ceniciento de sus viejas techumbres.

Tal vez por eso seguimos amándola.

Y aterra pensar que, en alguna esquina de Popayán, el espectro del viejo arzobispo todavía deambula buscando a quién culpar. Quizá las fuerzas sobrenaturales del inframundo, en vez de desaparecer, simplemente se han modernizado y ahora reaparecen de vez en cuando en algunos candidatos de bajo perfil non sanctus.

Pero no exageremos.

Cuando se acerque el día de las brujas, quizá no sea mala idea organizar un exorcismo colectivo. No para sacar a los muertos de sus tumbas, sino para sacar de nosotros algunas viejas mañas: el conformismo, la desidia, la maledicencia, la indiferencia y esa inexplicable capacidad de acostumbrarnos al deterioro.

A lo mejor así rompemos la maldición.

Civilidad, según HDG: Popayán no necesita exorcistas. Necesita ciudadanos que quieran a su ciudad lo suficiente como para no dejarla morir de abandono.

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