Padre Jesús Fernando Vega Muñoz pbro.
El Evangelio de este domingo nos presenta una de las parábolas más hermosas y, al mismo tiempo, más provocadoras de Jesús: la parábola de los trabajadores de la viña. Un propietario sale varias veces durante el día a buscar trabajadores: al amanecer, a media mañana, al mediodía, a media tarde y hasta cuando está por caer la tarde. A todos los invita: «Vayan también ustedes a mi viña».
Esta viña es el mundo que Dios nos ha confiado; es también nuestra Iglesia, nuestras familias, nuestras comunidades y nuestra sociedad. Todos estamos llamados a trabajar en ella. Nadie está excluido de la invitación del Señor. Algunos comienzan su misión desde muy temprano; otros descubren su vocación y su responsabilidad más tarde. Pero para Dios siempre hay un lugar, siempre hay una oportunidad y siempre hay una misión que realizar.
El Evangelio también nos invita a revisar nuestro corazón. Los trabajadores que llegaron primero se sienten inconformes porque reciben el mismo salario que aquellos que llegaron al final. Su problema no estaba en haber recibido menos de lo acordado, sino en mirar con envidia el bien que el dueño había querido hacer con los demás.
Cuántas veces también nosotros caemos en esa tentación. Nos cuesta alegrarnos por el bien del otro, por las oportunidades que recibe, por su conversión, por su regreso a la Iglesia o por una nueva oportunidad que Dios le concede. El Señor nos recuerda que su bondad no es una injusticia. Dios no ama a unos más que a otros. Su misericordia siempre busca levantar, restaurar y dar una nueva oportunidad.
Por eso Jesús termina diciendo: «Los últimos serán primeros y los primeros, últimos». En el Reino de Dios no cuentan las categorías humanas, los privilegios, el poder ni las apariencias. Allí tiene un lugar especial quien sabe servir, quien sabe compartir, quien sabe perdonar y quien trabaja por el bien de los demás.
Una llamada a trabajar por Colombia. Esta Palabra también nos interpela como sociedad. Colombia necesita hombres y mujeres dispuestos a trabajar por la paz, por la justicia, por la dignidad humana y por la defensa de la vida.
Sigamos orando por nuestros gobernantes, para que tengan un corazón sensible y compasivo ante las necesidades de todo el pueblo colombiano; para que sus decisiones busquen siempre el bien común, la justicia, la reconciliación y la dignidad de cada persona, especialmente de quienes más sufren.
Oremos también por nuestra Iglesia universal, por el Santo Padre, por nuestros obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, para que el Señor siga enviando obreros a su mies. Que nunca falten hombres y mujeres dispuestos a entregar su vida al servicio del Evangelio.
Y elevemos una oración especial por quienes han tomado el camino de las armas. Pidamos al Señor que puedan abandonar la violencia y encontrar caminos de reconciliación y de paz. La guerra genera más violencia, deja familias heridas, produce desplazamiento, destruye comunidades y, sobre todo, arrebata vidas humanas.
Como cristianos estamos llamados a decir no a las armas, no a la droga, no al desplazamiento, no a las matanzas y no a toda forma de violencia. También debemos promover una cultura en la que la vida humana sea respetada y protegida.
Recuerdo especialmente la respuesta sencilla y profunda de un niño durante una celebración eucarística. Al hablar sobre las armas, el niño respondió con la claridad propia de quien entiende lo esencial: «Un arma es para matar».
Qué enseñanza tan grande en una frase tan sencilla. Las armas no pueden convertirse en la respuesta para resolver nuestros conflictos. Ninguna diferencia, ningún interés, ninguna ideología, ninguna riqueza ni ningún poder puede justificar quitarle la vida a otro ser humano.
Defender la vida es nuestra misión. Como discípulos de Cristo estamos llamados a defender la vida, a protegerla y a promoverla desde sus inicios hasta su último fin natural. Cada vida humana posee una dignidad que no depende de su condición social, de sus capacidades, de sus errores, de sus circunstancias ni de sus recursos.
Necesitamos ser una sociedad que aprenda nuevamente a escuchar, dialogar, perdonar y reconciliarse. Una sociedad donde el fuerte no destruya al débil; donde el que tiene más pueda compartir con quien tiene menos; donde nadie sea descartado y donde cada persona pueda sentirse acogida y valorada.
La viña del Señor necesita obreros. Necesita padres y madres de familia que eduquen en el amor y el respeto; jóvenes que construyan esperanza; gobernantes que sirvan con responsabilidad; sacerdotes y consagrados que anuncien el Evangelio; comunidades que acompañen a quienes sufren; y ciudadanos que no sean indiferentes ante el dolor de los demás.
Hoy el Señor vuelve a salir a nuestro encuentro y nos dice: «Vayan también ustedes a mi viña».
No importa a qué hora hayamos comenzado. Lo importante es responder a la llamada. Todavía hay mucho por hacer. Hay heridas que sanar, familias que reconciliar, personas que necesitan ser escuchadas, pobres que necesitan nuestra solidaridad y una sociedad que necesita hombres y mujeres comprometidos con la paz. Que el Señor nos conceda un corazón semejante al suyo: un corazón que no tenga envidia, que sepa compartir, que practique la misericordia y que defienda la vida.
Que María Santísima, Reina de la Paz, interceda por Colombia. Que el Señor ilumine a nuestros gobernantes, fortalezca a nuestras familias, acompañe a quienes sufren y toque el corazón de quienes todavía creen que la violencia puede ser un camino.


