Un intento de vandalismo y robo en la Plazoleta del Barrio Bolívar de Popayán obligó al desmonte de la escultura en homenaje a una de las mentes más fascinantes de la Colombia del siglo XIX.

Por Antonio María Alarcón Reyna
El ataque al bronce: un rescate de emergencia en la plazoleta
El chirrido de las hojas de segueta contra el metal en la oscuridad de la noche pretendía amputar, en un acto de vandalismo, una masa de casi mil kilogramos de bronce fundido. La víctima no era una estructura impersonal, sino la escultura pedestre concebida por el escultor Óscar Torres en honor al erudito caucano Carlos Albán.
Ubicada en la Plazoleta del Barrio Bolívar —espacio conocido también como Plaza Carlos Albán o Plaza Bicentenario—, la imponente mole de metal, de aproximadamente una tonelada de peso, amaneció con severas laceraciones infligidas por delincuentes que buscaban mutilarla para comercializar ilegalmente el material en el mercado negro de metales.
La alerta temprana de la comunidad y la rápida reacción de la Alcaldía Municipal junto a la Policía Metropolitana de Popayán obligaron a ejecutar un desmonte preventivo de emergencia. Entre grúas, cadenas y operarios, la estatua fue retirada de su pedestal para evitar su colapso o destrucción definitiva. Actualmente, el monumento descansa bajo la custodia directa de las secretarías municipales de Cultura y de Gobierno, instituciones que han iniciado la evaluación técnica para su restauración integral y la planificación de una reubicación que garantice su custodia permanente.

Sin embargo, este lamentable episodio vandálico ha servido de catalizador para que la ciudadanía vuelva la mirada hacia el pedestal vacío y se formule una pregunta indispensable: ¿quién fue realmente el hombre inmortalizado en ese bronce agredido?
La formación del sabio caucano
Hablar de Francisco José Carlos Albán Estupiñán es adentrarse en la biografía de una de las mentes más polifacéticas y deslumbrantes que haya producido la América Latina del siglo XIX. Nacido en Popayán el 9 de marzo de 1844, Albán encarnó el ideal del sabio renacentista arrojado a las turbulencias de un país en permanente construcción y conflagración civil. Fue, en un solo aliento vital, inventor, matemático, militar, médico, político, periodista, abogado, ingeniero civil y policía, dejando una impronta imborrable en cada una de estas disciplinas.
Sus primeros años transcurrieron en las aulas del Seminario de Popayán, para luego ingresar a las aulas de la Universidad del Cauca, institución de la que se convertiría en uno de sus egresados más ilustres. En 1869, la universidad le otorgó el título de doctor en Medicina y Cirugía. Tan solo dos años más tarde, en 1871, sumó a su haber el grado de doctor en Derecho y Ciencias Políticas.
Entre la invención del dirigible metálico, la física, el derecho, el periodismo doctrinario y la muerte en combate naval, la historia del prolífico sabio caucano renace tras el rescate de su efigie.
Su acto de grado como jurista dejó entrever de inmediato la firmeza intransigente de su carácter y el ardor de sus convicciones. Albán defendió una tesis centrada en la Constitución liberal de 1863 en la que sostuvo, sin ambages, que el pueblo colombiano no podía continuar bajo el yugo de los postulados del liberalismo radical, sus leyes y sus cartas magnas. Lo sorprendente del hecho es que expuso esta demoledora crítica ante un jurado integrado en su totalidad por académicos de filiación liberal. Pese a que los evaluadores protestaron enérgicamente por lo que calificaron como «frases injuriosas del graduando», la solidez argumentativa, el rigor jurídico y la elocuencia de Albán forzaron al tribunal a calificar su tesis como sobresaliente.
El compromiso político de Carlos Albán comenzó muy temprano. En 1865, siendo todavía un estudiante universitario, empuñó las armas en la batalla de Santa Bárbara en defensa del gobierno del Estado Soberano del Cauca. Sin embargo, tras la derrota de las fuerzas conservadoras, asumió una misión de mayor aliento: la reorganización doctrinaria e ideológica de su colectividad política, la cual había quedado reducida a su mínima expresión tras los violentos reveses electorales y militares frente a las filas radicales.

Entendiendo que las batallas cruciales se libran en el terreno de las ideas, Albán fundó en Cali, en 1870, el periódico Los Principios. Desde sus páginas, denunció el desorden social que, a su juicio, padecía la nación a causa de las constituciones de Rionegro y las normativas caucanas. En sus escritos, manifestaba con dureza que el régimen imperante no había instituido la inviolabilidad de la vida humana, sino una «patente de corso para los homicidas», en donde las libertades individuales se hallaban subordinadas al beneficio de los gamonales liberales.
A pesar de que el diario cerró en 1871 por sofocantes problemas de distribución, Albán trasladó de inmediato sus trincheras a su ciudad natal. En Popayán dio vida al periódico Principios Político-Religiosos, contando con la pluma y el pensamiento de referentes como Fernando Angulo y Sergio Arboleda. Las advertencias de los sectores radicales de que este activismo conduciría inevitablemente a una conflagración bélica forzaron el cierre temporal del impreso, reabriéndose en 1873 bajo la dirección de Manuel Carvajal Valencia y con colaboraciones de Albán, quien además escribía para El Tradicionista en Bogotá.
Entre 1875 y 1876, aprovechando la profunda fractura entre los liberales radicales e independientes, Albán concibió una de sus iniciativas ideológicas más audaces: la creación de un “partido católico”. Su propuesta buscaba cobijar a todos los ciudadanos que admitieran el catolicismo con todas sus consecuencias dogmáticas y sociales, con independencia de su filiación partidista previa. Convencido de que la fe constituyó el factor de cohesión más potente de la sociedad colombiana, sumó a su causa al obispo de Popayán, Carlos Bermúdez, y al de Pasto, Manuel Canuto Restrepo. La causa se dinamizó con procesiones masivas en torno a la imagen de la Virgen de Lourdes y la consolidación de redes de beneficencia como la Sociedad de San Vicente de Paúl y la del Sagrado Corazón.
Aunque las tensiones políticas caucanas hicieron abortar el proyecto del partido confesional, la efervescencia generada precipitó la participación conservadora en la guerra civil de 1876. Esta conflagración, caracterizada por un profundo fervor religioso, terminó en derrota militar para el conservadurismo y derivó en el exilio de Albán y la expulsión de parte del clero. Pese al costo personal y colectivo, la estructura doctrinal forjada por Albán resistió la represión y dejó al conservadurismo listo para aliarse con los liberales independientes de Rafael Núñez en la guerra de 1885. De ese pacto nació la Regeneración y la Carta Política de 1886, dando inicio a la Hegemonía Conservadora.
El estadista y el opositor “Histórico”
Con la instauración del nuevo régimen constitucional a partir de 1886, don Carlos Albán se transformó en una de las figuras tutelares del Estado colombiano. Ocupó magistraturas en el Tribunal del Centro y ejerció cargos de máxima responsabilidad institucional como Procurador General del Estado y Procurador General de la Nación.
Sin embargo, su espíritu libre jamás aceptó el sometimiento dogmático ni la obediencia ciega. Afiliado a la facción de los “Conservadores Históricos”, encabezó una férrea y severa oposición desde la prensa y el debate doctrinario contra las tendencias autoritarias de los gobiernos de Carlos Holguín Mallarino y Miguel Antonio Caro. Esta postura crítica le costó cara: en 1891, el presidente Holguín le aplicó de manera implacable la nefasta Ley 61 de 1888 —conocida popularmente como la “Ley de los Caballos”—, confinándolo políticamente en la provincia del Cauca.
Hoy, mientras los restauradores de las secretarías de Cultura y Gobierno intervienen las cicatrices dejadas por las seguetas en la efigie de bronce del Barrio Bolívar, la figura de Carlos Albán emerge con renovada fuerza.
Del telescopio gigante al dirigible metálico
Paralelamente a sus apasionadas luchas políticas, abogadas y militares, la mente de Carlos Albán ardía con una curiosidad científica desbordante. En un entorno nacional donde las ciencias puras y aplicadas carecían de apoyo institucional, el sabio caucano convirtió sus espacios privados en laboratorios improvisados de física, química y matemáticas.
Sus investigaciones abarcaron campos sumamente variados:
Química y botánica: En 1872, al estudiar la precipitación de los metales, estableció analogías fascinantes entre las arborescencias metálicas y las estructuras vegetales. Propuso una nueva clasificación química basada en las leyes de formación vegetal y no en la afinidad con el oxígeno.

Aparatos industriales e invenciones mecánicas: Intentó construir cámaras de plomo para la destilación del ácido sulfúrico, logrando aislar una gota de sulfuro de carbono (el único disolvente del caucho). Inventó un sistema para generar vacío sin necesidad de la máquina neumo-barométrica (aplaudido en París), un “Ludión Doble” patentado en Bruselas y un dispositivo mecánico capaz de elevar pesos colosales, el cual fue patentado exitosamente en los Estados Unidos.
Óptica y astronomía: Desarrolló un espejo de luz trifocal e ideó un telescopio reflector de escala titánica. La prensa estadounidense, como el afamado diario The Evening Star, reseñó con admiración y cierta ironía los planes del “brujo colombiano” en Washington, quien pretendía construir un instrumento de cuatro yardas de diámetro que permitiese “acercar la Luna a una distancia aparente de una milla”.
La patente del dirigible metálico (1887): Globo Convencional con cubierta de tela permeable, cubierta delgada de hierro, acero o aluminio, con alta pérdida de gas, estructura rígida e incombustible, fragilidad estructural, relación 1 kg de metal por metro cuadrado, capacidad: 1.000 m³ elevaban 1.300 kg.
No obstante, su logro científico de mayor trascendencia universal fue la invención de los globos aerostáticos de envoltura metálica rígida, antecedente directo del dirigible moderno. El 21 de enero de 1887, Albán dirigió una histórica carta al Ministerio de Fomento solicitando el privilegio de patente:
«Señor Ministro de Fomento: Carlos Albán, colombiano, vecino de Popayán, a usted respetuosamente dice: He encontrado que la cubierta de tela que actualmente se usa para forrar los globos aerostáticos puede ser sustituida con grandes ventajas por la envoltura delgada de hierro, acero, aluminio u otro metal o liga maleable, sin que nadie antes que yo haya tenido tal idea ni haya hecho uso de tales cubiertas para los globos…»
El 9 de octubre de 1888, el entonces ministro de Fomento, el general Rafael Reyes, le concedió la patente número 58 por un término de 20 años. Aunque el conde Ferdinand von Zeppelin desarrollaría años más tarde un prototipo similar en Alemania, la primacía conceptual del dirigible de cubierta metálica pertenece indiscutiblemente al sabio de Popayán.
Además de inventor, Albán ejerció la docencia en la Universidad del Cauca, donde los estudiantes lo apodaban cariñosamente “El Loco” por su genialidad sin freno. Dictó cátedras en las facultades de Literatura y Ciencias Naturales, enseñó en el Colegio de María para señoritas y fundó el Colegio de San Pedro para varones, introduciendo el revolucionario método pedagógico conocido como la “escuela viva o activa”.
La Guerra de los Mil Días y el trágico final en la Bahía de Panamá
El estallido de la Guerra de los Mil Días en 1899 interrumpió abruptamente el descanso científico de Albán, quien debió abandonar sus funciones consulares en Hamburgo (Alemania) para reincorporarse al servicio militar y político. Nombrado Jefe Civil y Militar del Departamento de Panamá, el general Albán asumió la defensa de un territorio acechado por guerrillas liberales y tensiones internacionales.
En ejercicio de dicho cargo, sostuvo una memorable polémica con el embajador colombiano en Washington, Carlos Martínez Silva, sobre el futuro del canal interoceánico. Albán defendió con lucidez que la construcción de una alternativa por Nicaragua por parte de los Estados Unidos en nada perjudicaría los derechos soberanos sobre el istmo de Panamá; analistas históricos coinciden en que, de haberse escuchado sus tesis geopolíticas, Panamá continuaría siendo parte integral del territorio colombiano.
En el campo militar, demostró un valor espartano. En 1901 encomendó la defensa estratégica de Riohacha a los generales Juan B. Tovar y Ramón Amaya, logrando la victoria en la Batalla de Carazúa frente a tropas invasoras venezolanas y rebeldes liberales. Meses antes, en julio de 1900, Albán había comandado personalmente a las fuerzas gubernamentales en la célebre Batalla del Puente de Calidonia en Panamá, infligiendo una derrota aplastante a las tropas del general liberal Emiliano Herrera.
Sin embargo, el destino le reservaba un final dramático en la mar. El 20 de enero de 1902, durante un cruento combate naval en las aguas de la Bahía de Panamá, el barco de guerra Lautaro, capitaneado por el propio general Albán, fue alcanzado y hundido por fuego enemigo. El insigne sabio, jurista y militar caucano se hundió con su nave, encontrando la muerte a los 57 años de edad.
Un legado inmortal que resiste al olvido y la barbarie
Pese a su trágica partida, el fervor religioso y la grandeza intelectual de Albán continuaron inspirando a generaciones. Un testimonio de su devoción ocurrió en 1898, cuando envió desde Hamburgo 50 francos oro —pago recibido por vender un privilegio científico a Francia— al cura párroco de San Francisco en Popayán, solicitando una misa en honor a la Virgen de Lourdes.
El Estado colombiano ha rendido diversos tributos a su memoria:
Medalla Carlos Albán: Creada mediante el Decreto 149 del 9 de marzo de 2011 bajo el nombre oficial de Orden Civil Carlos Albán. Fundida en oro y pendiente de una cinta con los colores de la bandera de Popayán, exhibe el perfil del prócer en su anverso y es otorgada por el alcalde de la ciudad.
Placa conmemorativa: Ubicada sobre la Carrera 9.ª en el Centro Histórico de Popayán, señalando el predio que albergó su casa de habitación.
Hoy, mientras los restauradores de las secretarías de Cultura y Gobierno intervienen las cicatrices dejadas por las seguetas en la efigie de bronce del Barrio Bolívar, la figura de Carlos Albán emerge con renovada fuerza.
El atentado contra su monumento no logró borrar su legado; por el contrario, ha servido para recordar que la memoria del inventor del dirigible, del médico, del militar y del jurista caucano es un patrimonio indestructible que habita en el corazón de Popayán y de toda la nación.


