Por Eduardo Nates López
Hagamos un alto en el camino de la opinión política directa, para nadar un rato en las aguas de las frivolidades del poder presidencial de Gustavo Petro que, dicho sea de paso, ha hecho “hasta pa’ vender”, en ellas. Es innegable que todo lo que sucede en la cúpula del gobierno, especialmente en la Casa de Nariño (bueno, regular o malo; pequeño o grande) genera ecos, controversias y comentarios de diversa índole, desde donde se mire.
Refirámonos, entonces, a las “Hermanitas Guerrero”, que se “tomaron” las primeras páginas y portadas de los principales medios del país. La Revista Semana, en su edición del fin de semana anterior, tituló así: “Graduada en Corrupción”, y puso en la portada una foto de Juliana Guerrero, quien comenzó a hacerse famosa hace un par de años, por generar órdenes de alto nivel para movilizarse en aviones y helicópteros de la Policía Nacional… En El Tiempo del miércoles 29 pasado, el destacado líder de la política colombiana, Alfonso Gómez Méndez, en su columna: “De las Ibáñez a las Guerrero”, repasa (con cierta sorna…) la presencia de este par de hermanas famosas en la historia de Colombia y la entrelaza con la de Juliana y Verónica Guerrero, vistosas mujeres que han irrumpido en la Casa de Nariño, (especialmente Juliana, con calificación destacada en falsificación de diplomas), desvergonzadamente apadrinadas por Gustavo Petro.
Las hermanas Nicolasa y Bernardina Ibáñez fueron dos influyentes damas ocañeras de principios del siglo XIX, célebres por su belleza, su rol en la sociedad santafereña y sus vínculos sentimentales y políticos con Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, durante la independencia de la Nueva Granada. Y divierten las descripciones anecdóticas de su belleza y los arrebatos que causaba su presencia frente a los padres de la patria. Dos siglos después, Juliana y Verónica Guerrero, además de contonearse por los pasillos del despacho presidencial, actúan “adornadas” de un interés especial en la contratación estatal de Min-Ambiente, Min-Vivienda, Min-Interior, Min-Igualdad, Agencia Nacional de Tierras, Fondo Colombia en Paz y otras entidades. Es tal su poder, que montaron una “Oficina de Influencias”, con cita previa que cuesta Un Millón de pesos y una tarifa adicional de éxito, del 10% sobre el valor del contrato logrado para los empresarios que acudieren a sus servicios. Los chats y diálogos telefónicos que reproduce la revista son espeluznantes. Y las entidades y procedimientos descritos en el artículo no dejan duda de la descarada manera de desfalcar al estado y de la complicidad sin vergüenza, que parte desde el primer despacho de la nación.
En estos días finales del gobierno Petro, en que la conciencia de funcionarios arrepentidos los ha llevado a “cantar” las aberraciones del mandatario presidencial, es particularmente curioso ver la cara de angustia de Gustavo Francisco, salido de la ropa, con la irritabilidad a flor de piel, porque le están “descobijando sus amistades” y lo llevan a despedir hasta a sus más leales y cercanos colaboradores, calificándolos como “orates”, en una situación cercana al paroxismo, lo que me trae a la memoria el poema “Las dos cabezas” del maestro Guillermo Valencia, en el que expresa crudamente: “<La mujer es el viejo enemigo del hombre; sus cabellos de llama son cometas de espanto. Ella libra la tierra del amante vicioso. Ella calma la angustia de su sed de reposo, con el jugo que vierten las heridas del santo>….” Y eso, sin contar con la “aparición” de la despampanante Gabriela Muñoz Olaya, por los despachos de la Aeronáutica Civil y el Palacio Presidencial, que debe haberlo enloquecido… Quizás por eso decidió viajar a Cuba, a enfriarse, encontrándose con la cruda realidad que intentó montar en Colombia en compañía de su heredero Iván Cepeda y que la sensatez del pueblo colombiano le impidió…
Pienso mucho en lo duro que resulta para los amigos militantes de la izquierda, honrados, inteligentes y decentes -la gran mayoría-, sentir esta desagradable decepción que les ha generado el vergonzoso ejercicio presidencial de Petro, y reconocer, en silencio, esta feria de contratación y despilfarro inmoral del poder y del dinero de los colombianos, que, por suerte, termina en 5 días.


