Por Eduardo Nates López
¡Ya estamos en otras manos! Hoy domingo 9 de agosto de 2026, llevamos más de 33 horas en ellas…. Ya podemos cantar el himno nacional, con énfasis en los compases que dicen: “Cesó la horrible noche…”
En el tema de cómo entrega Petro el país no hay que explicar demasiado. Es una verdad “de a puño” que se trató de uno de los gobiernos más corrompidos e irresponsables de la historia. Si el lapso entre el triunfo de Abelardo y su posesión hubiera sido un poquito más largo ¡no habrían dejado ni los ladrillos de los edificios…! La prensa ha sido relativamente benévola con el saqueo de los fondos oficiales. Esperemos el golpe real, que será cuando los nuevos funcionarios hagan el arqueo, sin el estorbo de los salientes y les toque publicar la verdad de lo que reciben… Por ello digamos que “La Patria Milagro” no podrá ser tanto como se dice. Por más esfuerzos que se hagan, esta expresión no dejará de ser un slogan de campaña. ¡No pretendo subestimar la buena intención de Abelardo De La Espriella y su gobierno! sino que los recursos con que podría contar han quedado descaradamente vaciados. Ya hemos comentado que el déficit que recibe De La Espriella, está muy por encima de los ¡Treinta billones de pesos! Qué horror…
Por eso (y otras causas) en mis soliloquios le digo al pueblo que seamos objetivos y moderemos el optimismo para no cambiar la sensación de rechazo a los exabruptos petristas por desengaños con Abelardo. Vale la pena complementar estas palabras con la recomendación al nuevo gobierno, de comenzar a hacer claridad entre lo deseable y lo posible.
El Presidente De La Espriella, su gobierno y la gran mayoría de colombianos quisiéramos llegar cuanto antes a un oasis de paz y bienestar económico, político y social. Nada más necesario para alcanzar esta meta que la verdad, la serenidad y desapasionamiento del nuevo gobernante, a quien, dicho sea de paso, en algunas ocasiones lo vemos lanzar expresiones innecesarias, desmedidas en euforia y arrogancia (como la de los “$700 millones que costaron, de su bolsillo, los muebles de la subsede del gobierno en Barranquilla”…) Y, ya que estamos en este punto, tampoco encuentro urgente la necesidad de andar sustituyendo despachos y erigiendo sedes alternas del gobierno, lo cual en la práctica no funciona. Entonces: ¿El Presidente despacha en Barranquilla y los ministros en Bogotá? ¿Y el resto de la estructura institucional dónde?
Lo de “sede alterna en Barranquilla” es un gesto entendible con su región. Pero no despachar en la Casa de Nariño, para convertirla en Museo, es un capricho muy costoso. En ese edificio funcionan varias oficinas y centenares de empleados oficiales, incluyendo la Casa Militar; Tiene helipuerto y las seguridades que requiere el Presidente de la República. En dónde ubicar esas dependencias es una incógnita. En el Palacio de San Carlos funciona la Cancillería y tiene escritorios y burócratas petristas hasta en los corredores. Se entiende que no quiera habitar en la Casa Privada porque Petro la convirtió en un lupanar. Allí se practicaron toda clase de rituales: Magia Negra, Santería, propios de Sodoma y Gomorra, etc. Si bien debería someterse al fuego purificador, como son bienes públicos bastaría una remodelación, una desinfección, una nueva dotación de muebles y enseres y un exorcismo. Esa casa es la que el estado tiene prevista para el presidente de la república y no hay con que cambiarla al capricho del inquilino de cada 48 meses.
Bogotá es la Capital Constitucional de Colombia. Lleva toda su vida (desde el 6 de agosto de 1538) fungiendo como Capital (488 años). No comparto la expresión de que “está en manos de las oligarquías bogotanas”… ¡Si alguna ciudad ha sido generosa con los colombianos de provincia es Bogotá! Tampoco veo práctico que las delegaciones de los pueblos de Colombia, que sueñan con “hablar con el Presidente” se desplacen hasta Barranquilla para luego venir a Bogotá, a poner en “blanco y negro” la orden que el presidente impartió allá. En fin, son muchas las razones de orden práctico que aterrizan este propósito. No recuerdo a quien le oí alguna vez, pero nunca olvidaré esta expresión –irónica, por demás-: “Dios está en todas partes, pero despacha en Bogotá…”


