sábado, mayo 2, 2026
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Efecto psicológico del duelo colectivo

LENNY Z. PITO BONILLA @CreaciónpsicologíaXXI

Escribir ha sido difícil, ya que como caucana he tenido que procesar los acontecimientos de terror de los últimos días. Atravieso por el duelo individual, aquel que sin importar cuantas veces lo vivamos siempre nos recuerda la fragilidad de la vida, confronta con emociones de tristeza, dolor, rabia e impotencia y exige pasar por todas sus etapas desde la negación hasta la aceptación. Un tiempo que varía según cada circunstancia, antes de devolvernos al equilibrio emocional, pero ¿existe el duelo colectivo? ¿Qué decir de él?

Desde la psicología existe, cuando el conjunto de una comunidad, pueblo o nación experimenta una situación coyuntural que mueve sus cimientos o una pérdida de extrema gravedad que impacta muchas almas. El duelo colectivo se da frente a acontecimientos inesperados, aquellos que dejan una profunda estela de dolor, debido a la magnitud de los daños a nivel humano. Desastres naturales, guerras, conflictos armados o tragedias causadas por el hombre, de manera muy especial los ataques terroristas, con numerosas e indiscriminadas víctimas inocentes, tal cual ha sucedido en nuestro departamento y el suroccidente del país. Y adicional agreguemos el hecho que no son acciones aisladas, sino parte del permanente conflicto.

El duelo se manifiesta cuando fui víctima, pude serlo, alguien cercano lo fue, me afecta aun en forma indirecta o he recibido un fuerte nocaut gracias a que la información a diferencia de antes, me llega a través de las redes sociales en vivo y directo, sin filtros ni edición. De una u otra manera siento que vivo la tragedia o me identifico con las personas afectadas, haciendo que mi sentir se una al del otro y en cadena al de muchos, gestando colectividad. Un dolor que nunca llega solo, se acompaña de impotencia, indefensión, desconfianza, abatimiento emocional, inestabilidad, coraje o desesperanza con graves daños a la salud mental.

Lo experimentamos tras una crisis, es inmediato y temporal, pero también lo sentimos como anticipatorio a medida que la situación se prolonga, lo que suceda frente al largo conflicto armado en nuestro territorio, sin solución y agudizando en los últimos tiempos. Nos afligimos de manera preventiva, es decir que podemos visualizar las pérdidas, el caos y la crueldad, en ese momento comprobamos que los problemas son reiterativos, permanecen sin resolverse y sabemos por experiencia que vendrán más dificultades.

Precisamente lo que vive el pueblo colombiano y en particular nuestro amado Cauca. Un doble duelo colectivo y anticipatorio no solo por el decreto del gobernador, sino por el indiscutible sentimiento de pérdida de control institucional, gubernamental, social, etcétera, que nos impregna de incertidumbre, miedo, pánico, angustia o ansiedad. Agudizado por las réplicas incendiarias, que amanera de las de los terremotos, tanto atemorizan. Y si le sumamos el oportunismo electoral, el sentimiento final es de espanto.

Ahora bien, el duelo colectivo que vincula y sintoniza casi de manera imperceptible mi sentir con el de los demás, en principio es muy abrumador, por la energía negativa en el ambiente, la destrucción que vemos física o material, el escuchar el eco de los acontecimientos, el acompañamiento a las víctimas, la asistencia a funerales o los nuevos atentados. De otro lado, la clara falta de responsabilidad por parte del gobierno nacional, que ni tan siquiera expresa empatía o la indiferencia de aquellos que son los llamados a ponerse al frente, para acompañar, gestionar y resolver, conectados con la realidad en auténtica solidaridad. De ahí la sensación de soledad y aislamiento, que tampoco es novedad, sino constante.

Sin embargo, a pesar del oscuro panorama emocional, sabemos que como individuos y comunidad somos seres con alto nivel de resistencia, resiliencia y superación. Sentido que nos lleva a empezar a comprender que es importante afrontar el duelo, sanar, despertar, levantarnos y sacar algo positivo de tal tragedia.

Vivamos este luto públicamente; expresemos, dejemos que las emociones fluyan, lloremos o acompañémonos, reafirmando lazos de integración, unión y comprensión.

Realicemos acciones conjuntas; involucrémonos, participemos, manifestemos a través de las redes sociales o los encuentros presenciales y, marchemos pacíficamente que, entre otras, generan conexiones reafirmantes de la fortaleza interna y la reconstrucción.

Démonos espacio y tiempo para vivir la realidad de manera privada, en silencio, conectando con nuestros sentimientos, comunicándonos, escribiendo, orando, meditando o acudiendo a un profesional de la salud mental si es necesario.

Recobremos el imaginario de que somos capaces de superar la adversidad y que la falta de «paz total» no nos destruirá. Encontremos sosiego en la fe, aun en medio de los acontecimientos, mientras transitamos el duelo, cuyo final debe desembocar en un mayor nivel de conciencia.

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