Por Juan Carlos López Castrillón
La semana que hoy termina ha sido más que triste para los caucanos. Los días posteriores al espantoso acto terrorista del pasado sábado 25 de abril, que cobró la vida de 21 inocentes en la vereda El Túnel de la vía Panamericana y además dejó decenas de heridos, han sido grises, marcados por el pesimismo y el agobio. Esta tragedia nos ha permitido sentir que este departamento está más solo que nunca, a pesar de la solidaridad de algunas voces y presencias.
El presidente brilló por su ausencia, el terrible hecho no dio para una alocución de rechazo, ni siquiera para un mensaje contundente. Tampoco apareció la vicepresidenta caucana. Solo acudió el ministro de Defensa, quien se encontraba en Cali ese día en un consejo de seguridad ante la oleada de atentados que también golpea al Valle.
Idos quienes vinieron y enterrados los muertos, nos quedamos rumiando este dolor entre nosotros, haciéndonos preguntas: ¿por qué? Algún día tendremos respuestas.
Pero cuando creíamos haber tocado fondo, los hechos de salvajismo continuaron sin descanso durante estos siete días en distintas zonas de la geografía caucana. Increíblemente, el pasado viernes, gracias a la acción conjunta de la Policía y el Ejército, se logró desactivar otra carga con más de 600 kilos de explosivos, oculta en una alcantarilla de la misma vía, en la vereda El Hogar, cerca del sitio del primer atentado. Es demencial pensar que pretendían repetir la tragedia, pero esa era la intención.
Es lógico que todo esto genere una enorme zozobra y, sobre todo, miedo, tanto aquí como en el resto del país. Y, por supuesto, nadie quiere venir por estos lares. Ese miedo, que es sin duda uno de los sentimientos más poderosos, se transforma con los días en rabia y empieza a buscar una forma de expresarse.
Entonces nos preguntamos: ¿cuál es la solución? ¿Por qué seguimos en esto desde hace tantos años? Esa respuesta sí la tenemos desde hace tiempo: mientras existan la coca y la minería ilegal, existirán también organizaciones armadas que vivan de ese negocio y estas son capaces de cometer estos actos.
Con ellas se han ensayado, en la última década, las dos grandes alternativas: la guerra y la paz. La primera ha sido una constante a medias; la segunda, después del gobierno Santos quedó en un limbo, como en el que estamos hoy. Pareciera que nos encontramos lejos de una salida, pero lo que Colombia decida en las urnas en los próximos días marcará el camino.
Mientras tanto, en medio de tanta soledad, amenazas, miedo, rabia y oscuridad, surge una luz espiritual: el Amo, patrono de Popayán, que salió este viernes primero de mayo, como cada año, desde San Francisco hacia Belén, rodeado de miles de fervorosos devotos que, esperanzados, le pedimos que esta tierra pueda vivir en paz. Estar en esa procesión es sentir una energía profunda que infunde fe y esperanza, justo lo que hoy más necesitamos para superar estos tiempos difíciles.
Algunos dirán que es ingenuo pensar que la violencia se combate con bendiciones, y algo de razón tienen: no es como un milagro inmediato. Pero también es cierto que alguien, en lo terrenal, escuchará esas súplicas. Es una espiral que comienza en lo espiritual y termina traduciéndose en hechos. “La fe mueve montañas”.
Terminamos, como siempre, en esa constante de nuestra historia: debatiéndonos entre la guerra, el miedo y la esperanza. Mientras tanto, seguiremos avanzando de la mano del Amo, esperando que las cosas cambien. No hay de otra.
Posdata local: bien por el Acueducto de Popayán, que informa que su responsabilidad en la Avenida de Los Próceres está cumplida en un 67 %. Ojalá los contratistas de la Alcaldía empiecen a mejorar el escaso 7 % real de avance en la construcción de la vía. Hay muchos ojos atentos a eso.



