martes, marzo 17, 2026
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El último silencio del caballero del aire

La radio, para quienes crecimos con el oído pegado al transistor, no es un aparato; es un miembro de la familia que nunca se calla. En mi casa, la frecuencia de Caracol Radio era el paisaje sonoro de cada mañana, una herencia que recibí de mi padre “a la brava”.

Por Antonio María Alarcón Reyna

Mi papá mantenía el radio encendido como quien mantiene una vela prendida para ahuyentar la soledad, a toda hora y en todo lugar. Así, entre el olor al café de la cocina y el ruido de la calle, mi infancia se pobló de voces que me enseñaron a imaginar el mundo. Hoy soy yo quien mantiene varios radios encendidos simultáneamente en mi cocina, en la oficina, debajo de la almohada y en el computador.

Fue en ese universo hertziano donde escuché las peripecias de Arandú y la sabiduría de Kalimán. Fue allí donde, con el corazón en la mano, seguí las transmisiones de las Vueltas a Colombia, sufriendo cada pedalazo en los puertos de montaña. Y fue allí, escuchando a maestros como Hernán Peláez, el “Campeón” Perea, Giraldo Neira, entre otros monstruos de la radio, donde aprendí a amar a mi “Santafecito lindo”, entendiendo que el fútbol, más que un juego, era una narrativa épica contada por gargantas prodigiosas.

Como era de esperarse, en medio de esa fascinación, alimenté un sueño: quería ser locutor. Quería que mi voz viajara por los cables y las antenas para aterrizar en las salas de miles de hogares colombianos. Sin embargo, la realidad tiene una forma curiosa de ponernos en nuestro sitio. Cada vez que intentaba ensayar un tono solemne, me encontraba con un referente insuperable que se convirtió, sin saberlo, en mi juez y mi guía: Heliodoro Otero.

Escuchar a Heliodoro era entender la arquitectura de la palabra. Su voz no era simplemente un sonido; era un instrumento de una gravedad profunda, seria y contundente. Comparada con su registro de barítono perfecto, mi voz aflautada y adolescente me pareció, de repente, un instrumento desafinado. Heliodoro Otero fue el hombre que, con su elegancia natural tras el micrófono, me hizo desistir de una tarea que habría sido un verdadero fracaso. Gracias a él, comprendí que el micrófono exige una autoridad que yo no poseía. Desistí de la locución, pero no de la comunicación; me refugié en el papel y la pluma, y hoy, en el otoño de mi vida, ejerzo como periodista con la misma pasión de mis veinte años, agradecido por aquel “no” interno que su maestría me provocó.

Al enterarme de su partida, me quedé mirando la pantalla del computador en silencio. Recordé a mi papá y aquel radio siempre encendido. Recordé mi sueño frustrado de juventud y cómo, al escuchar los tonos graves y perfectos de don Heliodoro, decidí que mi camino era el de las letras.

Por eso, cuando este lunes 16 de marzo, mientras hacía mi recorrido diario por las redacciones y los canales periodísticos, encontré que la noticia de su fallecimiento empezaba a rodar por las redacciones y los portales, sentí un vacío que solo deja la partida de un viejo maestro. Heliodoro se fue a los 95 años, dejando tras de sí siete décadas de una trayectoria que hoy parece de leyenda.

Y entonces, escuché a Julio Sánchez Cristo, en Caracol precisamente, retransmitiendo una entrevista con Heliodoro, quién pese a sus 90 años, le contaba lúcidamente su historia. Como en las mejores crónicas, comenzó lejos de los estudios de grabación. A principios de los años cincuenta, Heliodoro era un joven de 21 años que trabajaba como despachador de vuelos de Avianca en el antiguo Aeropuerto de Techo en Bogotá. Su labor consistía en anunciar por los altavoces las llegadas y salidas de las aeronaves. Cuentan que un día, el presidente de la aerolínea perdió un vuelo porque no escuchó el anuncio hecho por otro empleado. Molesto, el ejecutivo sentenció: “Díganle a Heliodoro que les enseñe a hablar”.

Esa anécdota, cargada de justicia poética, fue el impulso definitivo. Heliodoro tenía una dicción impecable, una herencia de su propio padre, quien desde niño le inculcó el respeto por la pronunciación de cada letra y la importancia de hablar despacio para ser entendido. De los altavoces de Techo pasó a las ondas de Ondas de los Andes, y de allí, tras un encuentro fortuito con el gerente de la Emisora Nueva Granada mientras buscaba unas encomiendas navideñas, saltó a las grandes ligas de la radio nacional.

Obtuvo su licencia de locución, la número 794, después de un examen que hoy parecería una tesis doctoral. No bastaba con tener “bonita voz”; había que saber de historia, de géneros musicales, de la diferencia entre lo profano y lo sacro, de Bach y Beethoven. Heliodoro era un humanista del aire. Su cultura general era el cimiento de su credibilidad. Por eso, no fue extraño que se convirtiera en la voz de las noticias, no solo en Caracol, RCN y Todelar, sino también en la pantalla gigante.

Heliodoro Otero

Antes de que las películas comenzaran en los teatros de los años 70 y 80, su voz llenaba la penumbra con el noticiero Actualidad Panamericana. Era una voz que otorgaba un sello de verdad a lo que se veía. Esa misma voz que, años después, nos relataría con dolor la tragedia de Armero, una noticia que, según confesaba, lo marcó para siempre.

Pero Heliodoro era mucho más que un lector de noticias. Fue un creativo publicitario que le puso música y alma a campañas icónicas, un apuntador magistral en la televisión y el teatro que auxiliaba a los actores con su memoria prodigiosa, y un melómano apasionado del jazz y el folclore colombiano. Era el “caballero de la radio”, un hombre que, en las tertulias matutinas de Caracol, derrochaba una calidez y una decencia que hoy parecen pertenecer a otra época.

Al enterarme de su partida, me quedé mirando la pantalla del computador en silencio. Recordé a mi papá y aquel radio siempre encendido. Recordé mi sueño frustrado de juventud y cómo, al escuchar los tonos graves y perfectos de don Heliodoro, decidí que mi camino era el de las letras.

Se ha ido un gigante de 95 años que trabajó hasta que el cuerpo se lo permitió, un hombre que hizo de la dicción un arte y de la elegancia una bandera. Su muerte no es solo el fin de una vida longeva, es el cierre de un capítulo dorado de la radiodifusión en Colombia. Hoy, desde mi escritorio de periodista de El Liberal de Popayán, le tributo con respeto este homenaje al maestro que me hizo desistir de la locución para encontrar mi verdadera pasión en la escritura.

Buen viaje, don Heliodoro. Gracias por enseñarnos que el respeto por el oyente comienza por el respeto al idioma. El dial hoy está un poco más huérfano, y el silencio que deja su partida es, paradójicamente, el más sonoro de sus informes. Poco a poco se van yendo los grandes…

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