martes, marzo 10, 2026
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Bajo las sombras de la guerra: Oriente Medio y la conciencia del mundo

Hay guerras que se narran con cifras y hay guerras que sólo pueden comprenderse con memoria histórica y conciencia moral. La escalada militar que hoy envuelve a Irán, Israel y varios Estados del Golfo Pérsico pertenece a esta segunda categoría.

Por Juan Manuel Rincón

En el momento que usted lee estas líneas, el Golfo concentra una de las mayores tensiones estratégicas del siglo XXI: cerca del 20 % del petróleo transportado por mar atraviesa diariamente el estrecho de Ormuz, mientras misiles, drones y operaciones encubiertas amenazan con paralizar una arteria energética de la que dependen Asia, Europa y Las Américas.

La anhelada Paz en Medio Oriente en los trazos del misterioso Bansky

Sin embargo, detrás de cada dolorosa cifra de muertos o cada barril de petróleo en riesgo, se encuentran pueblos milenarios. Persia, Mesopotamia, el Levante mediterráneo y la península arábiga no son simples “zonas de conflicto”: son territorios donde nacieron imperios, religiones universales y tradiciones filosóficas que siguen definiendo la identidad ,hospitalidad siguen siendo escenario de guerras que rara vez comprenden su complejidad cultural.

Las cifras de guerra suelen ser frías: muertos, heridos, desplazados, niños abandonados y huérfanos, abuelos sufriendo sus años dorados y pérdidas económicas. Pero esos números rojos ocultan una realidad humana mucho más profunda. Irán es heredero de la antigua Persia, con más de tres mil años de continuidad civilizatoria; el Líbano conserva la memoria comercial de los fenicios; y ciudades como Jerusalén, Najaf o Qom siguen siendo centros espirituales de alcance global. Cuando bombardeos y golpes económicos golpean estas regiones, no sólo afectan infraestructuras militares: impactan sociedades cuya historia se remonta a siglos antes del surgimiento de los Estados modernos occidentales. El poeta palestino Mahmoud Darwish escribió una frase que resume esta resistencia cultural: “Sobre esta tierra hay algo que merece vivir…”. En medio de la violencia, millones de familias continúan trabajando, rezando y educando a sus hijos, convencidas de que su identidad histórica no puede reducirse a una narrativa geopolítica construida desde fuera.

Uno de los mayores malentendidos entre Occidente y Oriente Medio radica en la interpretación del poder político. En algunas sociedades islámicas, la autoridad no se define únicamente por procedimientos electorales, sino por una combinación de legitimidad religiosa, tradición histórica y responsabilidad comunitaria. Desde los primeros califatos del siglo VII, el gobernante era concebido como garante del orden moral de la sociedad. Este modelo evolucionó en diferentes formas: monarquías religiosas en el Golfo, repúblicas islámicas o sistemas híbridos donde la religión y el Estado mantienen vínculos profundos. El filósofo marroquí Mohammed Abed al-Jabri lo resumió con claridad: “La política en el mundo árabe es incomprensible si se la separa de su matriz cultural islámica”. Este marco explica por qué muchos proyectos externos de democratización rápida han sido percibidos como intentos de ingeniería política ajena a las realidades sociales de la región.

La fractura histórica entre sunitas y chiitas, surgida tras la muerte del profeta Mahoma en el año 632, continúa influyendo en la política contemporánea. La discordia original giraba en torno a la sucesión del liderazgo de la comunidad musulmana: los sunitas defendían la elección del líder entre los compañeros del profeta, mientras que los chiitas sostenían que el liderazgo debía permanecer en la familia de Mahoma a través de su yerno Alí.

Hoy cerca del 80% de los musulmanes del mundo son sunitas, mientras que el 15% pertenece a comunidades chiitas, concentradas principalmente en Irán, Irak y Azerbaiyán. Estas diferencias teológicas se reflejan en alianzas políticas regionales y en percepciones estratégicas divergentes. Sin embargo, para muchos creyentes esta división no implica hostilidad permanente, sino una diversidad histórica dentro de una misma tradición religiosa. Como escribió el sociologo y pensador iraní Ali Shariati: “La verdadera lucha del islam no es entre sus ramas, sino contra la injusticia.”

Desde la Revolución Islámica de 1979, Irán ha desarrollado un sistema político singular conocido como República Islámica. En él conviven instituciones republicanas, presidencia, parlamento y elecciones, con una autoridad religiosa suprema. En la cúspide se encuentra el Líder Supremo, – Mojtabá Hoseiní Jameneí elegido el 10 de marzo pasado luego del fallecimiento de su padre Alí Jameneí el 28 de febrero de 2026- responsable de la orientación estratégica del Estado, el control de las fuerzas armadas y la supervisión de las instituciones religiosas.

Junto a esta figura operan el presidente, el parlamento -Majlis-, el Consejo de Guardianes y otros órganos que garantizan la coherencia del sistema con la ley islámica. Esta arquitectura institucional refleja la doctrina política formulada por el ayatolá Ruhollah Khomeini, quien afirmaba: “La política es una dimensión de la fe”. Para ciudadanos occidentales el modelo puede parecer paradójico; para millones de iraníes, sin embargo, representa una síntesis entre identidad religiosa, soberanía nacional y participación política.

Libertad del pintor palestino Sliman Mansour

Si Irán representa una identidad religiosa predominante, El Líbano encarna el desafío de la convivencia plural. El país alberga comunidades sunitas, chiitas, cristianas maronitas, ortodoxas, católicas y drusas, organizadas en un sistema político confesional único en el mundo árabe. Según un acuerdo histórico entre estas religiones, el presidente es maronita, el primer ministro sunní y el presidente del parlamento chiita. Este frágil equilibrio ha permitido mantener cierta estabilidad tras décadas de guerra civil, pero también ha convertido al país en escenario recurrente de confrontaciones regionales.

En los últimos años, los enfrentamientos entre Israel y el híbrido Hezbollah han provocado ciclos de bombardeos y tensiones que afectan directamente a la población civil. El escritor libanés Khalil Gibran dejó una advertencia que hoy suena profética: “Pobre la nación que recibe a su nuevo gobernante con trompetas, y lo despide con ululatos, sólo para recibir a otro con trompetas de nuevo. Pobre la nación cuyos sabios están mudos por los años y cuyos hombres fuertes aún están en la cuna. Pobre la nación dividida en fragmentos, pues cada fragmento se considera una nación”.

Durante las últimas décadas, varias potencias occidentales han intentado transformar Oriente Medio mediante intervenciones militares o presiones diplomáticas destinadas a instaurar sistemas políticos similares a las democracias liberales occidentales. Sin embargo, la historia reciente demuestra que la estabilidad política rara vez puede imponerse desde el exterior. Las sociedades evolucionan a partir de procesos culturales propios, no mediante modelos institucionales importados de forma abrupta.

Cuando la transformación política se acompaña de invasiones, genocidios, sanciones económicas o saqueo de recursos naturales, el resultado suele ser una profunda desconfianza hacia las potencias externas. Para muchos pueblos de la región, estas intervenciones han sido percibidas menos como proyectos de democratización y más como estrategias geopolíticas cuyo único ganador es occidente.

Los casos de Irak, Afganistán y Libia ilustran las consecuencias de estas intervenciones. En Irak, la invasión de 2003 desmanteló el aparato estatal existente y abrió una larga etapa de violencia sectaria. En Afganistán, dos décadas de presencia militar internacional concluyeron con el retorno al poder del movimiento talibán, que ha despertado recientemente un conflicto dormido con Pakistán.

En Libia, la caída del gobierno de Muamar Gadafi en 2011 fragmentó el país en múltiples centros de poder, sin recuperar el estado de calma apacible y estabilidad política. Estos procesos no sólo generaron crisis humanitarias, sino que también reconfiguraron el equilibrio geopolítico regional. Frente a estas experiencias, muchos países de Oriente Medio han reforzado la idea de soberanía como defensa frente a intervenciones externas. El poeta persa Rumi escribió hace siglos una frase que hoy parece un llamado universal: “Beyond ideas of rightdoing and wrongdoing there is a field. I’ll meet you there.”

Mientras el mundo observa con preocupación la escalada militar en Irán, Israel y el Golfo, millones de musulmanes rompen cada noche el ayuno del Ramadán con la misma oración que se repite desde hace siglos: “Salam Aleikum o La paz sea con vosotros”. En las calles de Beirut, Damasco, Doha, Jerusalén, Kabul o Teherán, esta expresión no es sólo un saludo; es una aspiración histórica. Cristianos maronitas, musulmanes sunitas y chiitas, judíos y otras comunidades religiosas continúan compartiendo espacios culturales que recuerdan una verdad fundamental: la diversidad espiritual de Oriente Medio no es una amenaza, sino una herencia civilizatoria incomparable. En un mundo cada vez más polarizado, quizá la lección más profunda que emerge de esta región sea precisamente esa: que ninguna guerra puede borrar el deseo humano de coexistencia. Como dice un antiguo proverbio persa: “La paz es mejor que la guerra”. Y en tiempos de Ramadán y Cuaresma, esa verdad resuena con una fuerza que ningún misil puede silenciar.

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