InicioOPINIÓNSentipensar y sentihacer: educar para seguir defendiendo la vida

Sentipensar y sentihacer: educar para seguir defendiendo la vida

Por >Paloma Muñoz – Docente universitaria

Hay encuentros que terminan cuando se cierran las puertas del auditorio. Y hay otros que apenas comienzan cuando cada quien regresa a su territorio con nuevas preguntas, con la palabra del otro resonando en el pensamiento y sobre todo, con el compromiso renovado de seguir haciendo.

El X Encuentro Latinoamericano y Regional de Educación Popular organizado por el Grupo de Educación Popular y la maestría de la Universidad del Cauca, nos mantuvo durante estos días con las voces de Catherine Walsh, Estela Quintar, Adolfo Albán, Marcos Raúl Mejía, Alfonso Torres, junto a tantos otros pensadores, educadores, estudiantes, investigadores y representantes de comunidades de Colombia y de otros territorios latinoamericanos, nos recordaron que la educación popular no es una teoría que se contempla desde afuera. Es una manera de estar en el mundo, de leerlo, de interrogarlo y de transformarlo desde los saberes, las experiencias y las luchas de los pueblos.

Gracias a quienes llegaron desde sus comunidades para compartir sus experiencias de educación propia, sus resistencias y re-existencias; sus maneras de defender el territorio, la memoria, la palabra, el cuerpo, la cultura y la vida. Porque allí, en esas experiencias que muchas veces no caben en los formatos académicos, hay conocimientos que la universidad todavía tiene mucho que aprender a escuchar.

La educación popular no es una educación para los pobres

Quizás una de las grandes enseñanzas de estos encuentros sea precisamente esa: la educación popular no puede reducirse a una metodología para trabajar “con comunidades vulnerables”. La educación popular cuestiona la propia manera como hemos entendido el conocimiento. Nos pregunta quién tiene derecho a producirlo, quién decide qué conocimiento es legítimo, qué saberes entran a la universidad y cuáles permanecen invisibilizados, nombrados apenas como tradición, costumbre o experiencia.

Porque las comunidades no llegan a la universidad con las manos vacías. Llegan con memorias, lenguas, músicas, espiritualidades, territorios, formas de cuidado, pedagogías, conocimientos sobre la tierra, maneras de resolver conflictos y experiencias históricas de resistencia. Llegan con saberes que han permitido sostener la vida allí donde otros poderes han intentado negarla.

Por eso la educación popular implica también descolonizar la mirada. No se trata simplemente de incluir otras voces en un currículo construido desde los mismos lugares de siempre. Se trata de permitir que esas voces puedan interrogar el currículo, la universidad y nuestras propias maneras de pensar.

Sentipensar: una palabra que se volvió camino. Aquí vuelve con fuerza la herencia de Orlando Fals Borda. El sentipensamiento no es una palabra bonita para adornar discursos académicos. Es una ruptura con la separación artificial entre razón y emoción, entre pensamiento y acción, entre conocimiento y vida. Fals Borda aprendió de los pueblos ribereños del Caribe colombiano que pensar no podía separarse de sentir. Y llevó esa intuición hacia una forma de investigación comprometida con las comunidades: la Investigación-Acción Participativa. Pero hoy quizás necesitamos dar un paso más. No basta con sentipensar. Necesitamos también sentihacer.

Porque ante las violencias que atraviesan nuestros territorios, ¿de qué sirve comprender el mundo si ese conocimiento no se convierte en capacidad colectiva para actuar sobre él?

Sentihacer significa que el conocimiento pasa por el cuerpo, por el territorio, por la experiencia, por la organización comunitaria y por la acción. Es pensar con el corazón y actuar con conciencia. Es convertir la indignación en organización, la memoria en pedagogía, la palabra en acción y la esperanza en práctica cotidiana.

Por eso la pregunta: ¿Qué significa educar popularmente en territorios atravesados por múltiples violencias? Esta es quizás una de las preguntas que el encuentro nos deja abiertas.

Porque el Abya Yala que habitamos está atravesado por violencias múltiples: violencia armada, violencia económica, violencia ambiental, racismo, despojo territorial, desigualdad, feminicidios, desplazamientos, extractivismos, exclusión y también formas más silenciosas de violencia epistemológica que siguen diciéndonos qué debemos pensar y cuáles conocimientos merecen ser reconocidos.

Frente a todo ello, educar no puede limitarse a transmitir información. Educar es también aprender a leer las estructuras que producen la violencia y construir colectivamente otras posibilidades de existencia. Que nos ayudan a comprender que el territorio también es un texto; que el cuerpo también es memoria; que una práctica comunitaria también produce teoría; que una palabra en lengua propia puede contener una concepción del mundo que no cabe en una traducción.

Por eso las experiencias de educación propia compartidas en el Encuentro Latinoamericano de Educación Popular tienen tanta fuerza. Porque no hablan únicamente de resistencia. Hablan de re-existencia. Y resistir no es lo mismo que re-existir. Resistir puede significar defenderse frente a aquello que amenaza la vida.

Re-existir implica además crear otras maneras de vivir, de relacionarse, de aprender, de producir conocimiento y de habitar el territorio.

Que este encuentro no termine en las memorias del evento de quienes estuvimos allí. Que viaje con nosotros hacia las comunidades, hacia las aulas, hacia las investigaciones, hacia las prácticas pedagógicas y hacia las luchas cotidianas. Que podamos seguir aprendiendo a sentipensar y sentihacer.

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