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De la participación ciudadana

CARLOS E. CAÑAR SARRIA – carlosecanar@gmail.com

Teniendo en cuenta los alcances y limitaciones que se suscitan en la construcción de ciudades democráticas, encontramos necesaria la implementación de la cultura ciudadana en los diferentes escenarios de la existencia cotidiana, donde los habitantes y ciudadanos deben sentirse parte activa de las administraciones locales.

Pensar una ciudad democrática significa buscar y encontrar escenarios de participación, donde sea posible construir imaginarios colectivos, dentro de los cuales poder criticar, autocriticar, proponer alternativas de solución de problemáticas que hagan posible vivir en comunidad, al tiempo en que se disfrutan los espacios urbanos.

Toda ciudad es un organismo vivo y actuante; en la medida en que se vayan presentando los problemas y dificultades que nunca faltarán, hacer de las problemáticas, valiosas oportunidades para hacer un buen gobierno de la mano de la participación ciudadana.

Se trata de consolidar ciudades cuyos escenarios representan la mejor oportunidad de encuentro entre la sociedad civil y el Estado. Y en donde se les permita a los ciudadanos expresar lo que quieren y desean, exponer sus problemas y posibles soluciones, que impliquen reivindicaciones que conlleven a mejorar sus condiciones de vida.

Una ciudad sin participación ciudadana es una ciudad estéril. Con participación, la existencia cotidiana resulta confundida con la vida ciudadana y municipal. La ciudad que es la casa del hombre, debe ser un sitio grato que se construye permanentemente entre gobernantes y gobernados.

La situación económica de la mayoría de municipios colombianos no es nada halagadora, en unos más que en otros; sin embargo, cuando existe voluntad política de todos los actores sociales comprometidos con la ciudad, cuando hay liderazgo de las autoridades y espíritu cívico de la ciudadanía, cuando hay planificación y concertaciones con las comunidades, las administraciones locales se hacen más visibles y por ende, más legítimas. Cuando se jerarquizan prioridades y se optimizan los recursos humanos y económicos de las administraciones, la vida citadina se hace más llevadera. Aunque a las encuestas no hay que creerles mucho en algo se puede conocer la percepción ciudadana y hay que ponerles atención.

Cualquier acción encaminada al bienestar de las comunidades que asuman las administraciones locales, necesita de dinero, incluso la pedagogía ciudadana. Hay que destinar presupuestos.

Es así como municipios quebrados económicamente, no pueden llenar todas las expectativas de los ciudadanos en el orden de las actividades productivas; lo mismo en educación, seguridad, cultura , deporte, recreación, empleo , espacio público, vivienda, alimentación, etc.

Asunto que exige la capacidad de los mandatarios municipales de cohesionar los intereses del Estado central dominante con los intereses locales; relación que suele manifestarse en ocasiones conflictiva; no obstante esta situación, del tratamiento adecuado de los conflictos, pueden generarse acciones positivas para el bien de las comunidades.

Las administraciones locales deben estar prestas a escuchar y aceptar las críticas donde sea necesario y estar dispuestas en hacer los cambios y ajustes pertinentes en el devenir de los acontecimientos.

Las políticas públicas se van evaluando en la medida en que se implementan y esta situación hace posible ajustar y direccionar los caminos a tiempo cuando por algunas circunstancias, no pocas veces ajenas a los mandatarios, las cosas tienden a salirse de las manos.

En algunas localidades más que en otras, se requiere hacer énfasis en la construcción de ciudadanía. Brillan por la incultura ciudadana, por el desapego hacia las ciudades, por la ausencia de compromisos colectivos y por la renuencia al cambio. Cambiar para mejorar debe ser la tónica.

Las ciudades que se han preocupado por la construcción de tejido social y por acciones de civismo son las que más han avanzado. No ha sido algo fortuito. Han logrado avanzar porque han racionalizado las situaciones de crisis de las cuales han hecho valiosas oportunidades para transformar positivamente lo que se tiene y se debe transformar.

Aristóteles sostiene que la felicidad del Estado debe coincidir con la felicidad de los ciudadanos. Hay tanta compenetración entre gobernantes y gobernados que del bienestar de los unos depende el bienestar de los otros. El reto está en construir ciudades felices y para ello las administraciones locales cuentan con una gran ventaja -insistimos- la proximidad entre los mandatarios y la ciudadanía. Desaprovechar esta oportunidad no sólo es injusto sino torpe.

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