Por Paloma Muñoz – Docente universitaria
La historia nos recuerda la quema de libros, la censura de escritores, la persecución de artistas y los ataques contra instituciones dedicadas al pensamiento y la creación. Desde las hogueras de la vieja Inquisición hasta los regímenes autoritarios de ayer y hoy, una misma sombra se pregunta una y otra vez: ¿quién tiene derecho a ponerle vallas a lo que una sociedad puede pensar, decir o soñar?
Hoy, esa pulsión inquisitorial regresa con ropajes nuevos y nombres modernos, como el de “batalla cultural”. A veces ya no hace falta prohibir un libro a golpe de decreto; basta con desgastar al creador, ahogar los fondos que sostienen su voz o convertir al que piensa distinto en un peligro público. Por eso es vital afinar la mirada. No todo debate estético es censura, ni toda curaduría es un ataque a la memoria. La diferencia está en el talante democrático: el respeto a la discrepancia, la transparencia y el derecho sagrado a disentir.
La cultura no es de los gobiernos ni de las consignas partidarias. Pertenece al tejido vivo de la gente que la habita, la transforma y la hereda. Ningún poder debería arrogarse el mapa de lo que merece existir y de lo que debe ser borrado.
Últimamente se escucha con insistencia una expresión que parece salida de un parte de guerra: “la batalla cultural”. una expresión que no alude a una guerra militar, se habla de ella como si la vida social fuera un frente donde hay que demarcar bandos. ¿A qué combate se refieren exactamente? ¿Quiénes son los enemigos? sino a una disputa política e ideológica por los valores que deberían orientar la sociedad colombiana. Y en ese marco la cultura se convierte en un terreno de confrontación por la manera en que una sociedad define la familia, la autoridad, la nación, la educación, la religión, la libertad y la identidad.
Quienes agitan este concepto parecen olvidar que la cultura no es un ejército y la memoria no es un campo de maniobras. Una canción, una danza, una pintura o un relato popular guardan afectos, dolores y esperanzas que ningún archivo oficial logrará apresar jamás. La música, en especial, es la memoria emocional de los pueblos; es ese refugio íntimo donde sobrevive lo que la historia oficial prefiere callar.
Un símbolo suele calar más hondo que un largo discurso. Una canción puede acompañar una lucha durante décadas; una obra de teatro puede nombrar aquello que el poder prefiere mantener oculto. Y en tiempos donde la polarización nos empuja al abismo, las expresiones artísticas nos recuerdan algo esencial: no necesitamos pensar exactamente igual para reconocer la dignidad del otro.
Pensemos en esas canciones que nos invitan a encontrarnos y reconocernos en el otro. Su llamado conserva una fuerza especial en tiempos de polarización: no tenemos que pensar exactamente igual para defender la dignidad humana, la libertad de expresión y el derecho de nuestras comunidades a preservar y transformar sus culturas.
Que no nos distraigan hasta el punto de olvidar quiénes somos. Que no nos dividan hasta hacernos perder la capacidad de reconocernos. Que no nos silencien hasta convencernos de que nuestra voz no importa.
Las artes han permanecido durante siglos porque cada generación encuentra en ellas una manera de volver a decir, de otro modo, aquello que necesita ser dicho. Sobreviven a los gobiernos, a las censuras y a los intentos de borrar sus huellas porque viven en los cuerpos, en las canciones, en los relatos familiares, en los tejidos, en las fiestas populares y en la memoria compartida.
Podrán retirar una obra de una sala, pero no podrán decretar que desaparezca su significado. Podrán cerrar un espacio, pero otras voces buscarán dónde encontrarse. Podrán cuestionar una canción, pero alguien volverá a cantarla. Y por eso se responde con más pensamiento, más creación, más educación, más memoria y más solidaridad. Que no nos distraigan hasta robarnos la identidad. Que no nos dividan tanto que olvidemos cómo mirarnos a los ojos.
No podemos permitir que el miedo nos paralice ni que los conflictos nos nublen lo esencial. Necesitamos cuidarnos, fortalecer las escuelas, proteger los procesos comunitarios y alzar la voz con transparencia. La resistencia que deja de imaginar se vuelve prisionera de aquello que combate.
Porque mientras exista alguien dispuesto a cantar, a enseñar, a crear, a recordar y a tenderle la mano a otra persona, seguirá abierta la posibilidad de un mundo distinto.
Por eso:
Necesitamos música para volver a escucharnos.
Necesitamos arte para imaginar lo que todavía no existe.
Necesitamos memoria para no repetir aquello que nos ha hecho daño.
Necesitamos pensamiento crítico para no convertir la cultura en propaganda.


