No hubo “mano de Dios”, pero sí hubo pie del Diablo. En una ráfaga de diez minutos, Lionel Messi repartió dos asistencias —una de izquierda para Enzo Fernández, otra de derecha para Lautaro Martínez— y llevó a Argentina a otra final de Copa del Mundo.

Hay tardes que uno sabe, desde el primer minuto, que va a contar durante años. Que se van a repetir en las sobremesas, en los bares, en las conversaciones que empiezan con un “¿se acuerda cuándo…?”. La tarde en que Argentina eliminó a Inglaterra fue una de esas. Y en el centro de todo, como tantas veces en esta última década larga, estuvo él: Lionel Messi, con el número 10 pegado a la espalda como una segunda piel, escribiendo otro capítulo de una historia que ya nadie discute.
Se dijo tanto, durante tantos años, que a Messi le faltaba “eso”. Ese ingrediente indefinible, esa chispa de picardía callejera, esa capacidad de aparecer en el momento exacto para inclinar la historia hacia un lado. Se lo compararon, incansablemente, con Diego. Con el Diego de México 86, el de la mano que engañó al árbitro y el pie que dejó a media Inglaterra tirada en el pasto. Se dijo que Messi era el mejor jugador del mundo, sí, pero que le faltaba ese gen de caudillo, esa sangre fría para cargarse un equipo al hombro en la hora decisiva. Hoy, esa discusión se volvió arqueología.
No hubo mano de Dios. Pero sí hubo pie del diablo. El de un Messi endemoniado que, en una ráfaga de apenas diez minutos, sacó a relucir su mejor faceta de asistidor: un pase con la zurda para que Enzo Fernández empujara el balón al fondo de la red, y minutos después, un envío con la derecha para que Lautaro Martínez hiciera lo propio. Dos asistencias, dos perfiles distintos, la misma firma inconfundible. El genio que reparte con las dos piernas, que ve lo que otros tardan segundos en procesar, que convierte una jugada cualquiera en una obra de orfebrería.

Con 19 goles en siete partidos, 8 goles propios y 4 asistencias, el capitán albiceleste iguala marcas reservadas para leyendas y confirma, una vez más, que su fútbol pertenece a esa estirpe que ni el tiempo ni la duda logran desgastar.
Y ahí, en ese instante, quedó sellado algo que muchos habían esperado ver desde hacía años: la confirmación de que Argentina, con Messi al mando, ya no depende de un milagro aislado. Es un equipo voraz, hambriento, que no necesita tejer veinte pases para encontrar el arco rival. Diecinueve goles en siete partidos lo confirman. Una cifra bestial, de esas que se leen dos veces para creerlas. España, del otro lado del cuadro, ha construido una orquesta colectiva, un equipo de toque y paciencia que también se ganó su lugar en la final. Pero Argentina es otra cosa. Argentina es urgencia, es colmillo, es la certeza de que en cualquier momento del partido puede aparecer una chispa que decida todo.
Y esa chispa, casi siempre, lleva su nombre. Pensar en Messi hoy es pensar en un recorrido larguísimo. En el pibe de Rosario que llegó a Barcelona con una valija y un sueño, que tuvo que inyectarse hormonas de crecimiento para poder jugar al fútbol, que debutó en la Primera División de España casi sin que nadie lo notara y que, veinte años después, sigue estando ahí, en la cima, negándose a irse. En el que perdió finales, en el que lloró en las canchas, en el que cargó sobre sus espaldas el peso de un país entero que le exigía ser Diego sin darle margen para ser, simplemente, Leo. En el que, contra todo pronóstico, contra el desgaste de los años y las críticas, sigue reinventándose partido a partido.

Ocho goles como delantero. Cuatro asistencias como socio. Juega y hace jugar. Como Diego. Ni mejor, ni peor. Pero tan crack como él. Esa frase, que hace apenas unos años hubiera sonado a herejía en cualquier bar de Buenos Aires, hoy se dice sin culpa, sin la necesidad de elegir bando. Porque el fútbol, con el paso del tiempo, terminó entendiendo que no hace falta comparar para admirar. Que Diego fue Diego, con su genialidad desbordada y su tragedia a cuestas, y que Leo es Leo, con su silencio, su timidez y esa capacidad casi sobrenatural de seguir marcando época sin levantar demasiado la voz. Y eso, en el fútbol argentino, donde las grietas se abren por cualquier motivo, es casi un milagro en sí mismo.
Lo notable de esta historia es que no se trata de un destello aislado, de esos que a veces regala el fútbol y que después se diluyen en el olvido. Es una racha, una constancia, un jugador que a esta altura de su carrera —cuando cualquier otro estaría pensando en el retiro o en administrar lo que queda— decide, en cambio, seguir empujando límites. El capitán que discutía con el arbitraje en un Mundial anterior, que se enojaba, que exigía respeto para su equipo, hoy aparece sereno, dueño de una autoridad que ya no necesita levantar la voz para hacerse sentir. Los datos hablan solos: entre goles y asistencias, participó de manera directa en una porción enorme de la producción ofensiva de su selección en este torneo. Y lo hizo, además, en el momento justo: en una semifinal, contra un rival histórico, con una final esperando del otro lado.
Hay algo profundamente nostálgico en ver a Messi seguir haciendo esto. Porque cada vez que toca la pelota en un Mundial, uno no puede evitar pensar que quizás sea la última vez. Que el reloj, tarde o temprano, le va a ganar la pulseada, como se la gana a todos. Y sin embargo, ahí está, otra vez, en otra final, escribiendo otro renglón de una historia que parecía imposible de seguir agrandando.

Los hinchas que lo vieron debutar, adolescente y flaquito, jugando de memoria en las inferiores de un club que hoy lo idolatra, hoy lo ven convertido en leyenda absoluta, en nombre que ya no necesita apellido para ser reconocido en cualquier rincón del planeta. Y los que fueron testigos de aquella Copa del Mundo consagratoria, la de la gloria máxima, hoy vuelven a sentir ese cosquilleo particular, esa mezcla de ansiedad y esperanza que solo genera saber que el más grande todavía tiene cuerda para rato.
No hubo mano de Dios. No hizo falta. Porque el pie del Diablo, esa noche, alcanzó y sobró.
Hoy se contará otra historia luego de que Lio se pare con su camiseta tatuada en la piel para enfrentar a Lamine Yamal y su banda española en el último partido de esta Copa del Mundo 2026 que cambió para siempre los mundiales de futbol.


