A sus 85 años, el creador de la sonrisa de todo un país cerró los ojos en Barranquilla. De las ondas juveniles de los sesenta al milagro de construir escuelas con chistes, el legado del eterno presentador de Sábados Felices revive entre el polvo de la memoria colombiana.

Por: Antonio María Alarcón Reyna
Hay personas que no pertenecen a una época, sino a la memoria colectiva de un país entero. Se van despacio, como si la luz del estudio se fuera apagando tono a tono, hasta que el silencio de la pantalla nos devuelve la imagen reflejada de lo que fuimos.
Nacido un 29 de diciembre de 1940 en Bucaramanga, la historia de Alfonso es la de un siglo XX que soñaba en blanco y negro. Llegó a Bogotá a los 18 años con la maleta llena de dudas, indeciso entre si la vida lo llamaba a ser ingeniero, abogado o vendedor de mostrador. Pero la suerte —o ese misterioso destino que hilvana la cultura popular— le tenía deparado un encuentro definitivo. Su paisano, el legendario Julio Nieto Bernal, entonces gerente de la cadena Caracol, le abrió la puerta del control de sonido. Allí, entre discos de vinilo que giraban a 45 revoluciones por minuto, cables de cobre y perillas de baquelita, Lizarazo empezó haciendo turnos de medianoche, reemplazando a los locutores titulares cuando la ciudad dormía, hasta ganarse a pulso la dirección de Radio 15.
El eco de la ‘Nueva Ola’ y la lluvia sobre la Santamaría
Eran los efervescentes años sesenta. Colombia se despojaba de la sotana y la corbata para dejarse contagiar por el ritmo estridente de la juventud. Junto a Carlos Pinzón, Lizarazo impulsó la creación del primer sistema nacional de emisoras juveniles, llevando la música del momento a las frecuencias de Bogotá, Medellín, Bucaramanga, Cali y Barranquilla. Eran los días de la “Nueva Ola”, y Alfonso se convirtió en el hermano mayor y mecenas de voces que hicieron suspirar a toda una generación: Lyda Zamora, Óscar Golden, Ana y Jaime, Harold y Los Speakers.
La noticia llegó en las primeras horas del 4 de agosto de 2026 desde la brisa de Barranquilla: a los 85 años ha partido Alfonso Lizarazo Sánchez, el hombre que le enseñó a Colombia a reír en medio de sus propias sombras, el muchacho bumangués que convirtió la radio y la televisión en una inmensa casa de puertas abiertas.
Cómo no recordar la mítica gira “Milo a gó-gó”, ese arrebato de quijotismo musical que financió la firma Cicolac. Todo empezó en la Plaza de Toros de la Santamaría en Bogotá, donde el único billete de entrada era la etiqueta estampada de una bebida achocolatada. Aquella tarde un aguacero inclemente inundó el ruedo y retrasó el concierto por horas, pero la fe juvenil no se ahogó. Con el Ballet de Katy Chamorro, Los Ampex y Óscar Golden en el bus, la caravana rodó por las carreteras de montaña hasta finales de 1967. Fueron cerca de 60 presentaciones cruzando el Eje Cafetero, el Oriente y el Norte del país. Un rock and roll primigenio, artesanal y noble, que despertaba a los pueblos con la urgencia del ritmo.
Lizarazo intentó ser empresario independiente. Entre 1981 y 1983 fundó su propia programadora, Lizarazo TV, una aventura romántica que no resistió la implacable marea de las licitaciones públicas de la época. Sin embargo, antes de eso, ya había demostrado que su talento no dependía de los balances financieros: dirigió sin cobrar un solo peso el programa Estudio 15, logrando alzar el premio como el mejor programa musical de la televisión colombiana.
El ritual del sábado y la magia de hacer sonreír

Pero si el rock le dio la voz, la televisión le dio el alma. En 1972, la gerencia de Caracol Televisión lo puso al frente de Campeones de la Risa, un espacio humilde que cuatro años más tarde tomaría el nombre con el que quedó grabado en el corazón de varias generaciones: Sábados Felices. Tras el paso inicial de Fernando González Pacheco y las estructuras de Operación Ja, ja, Lizarazo asumió la dirección y presentación del programa desde 1976 hasta 1998, convirtiéndolo en una cita dominical e infaltable para las familias colombianas.
El país de las décadas de los setenta, ochenta y noventa encontraba cada sábado, a las cinco de la tarde, una tregua frente a la violenta realidad nacional. Frente al televisor de tubo, Alfonso se convirtió en el rostro de la familiaridad. Dividió el programa en secciones que hoy forman parte del folclor urbano: la intriga detectivesca de “Pille el detalle” —con el inolvidable Inspector Ruanini, el agente Vinagreta, el Inspector Jota Jota y la posterior gracia de la empleada doméstica Cleofe—; el espacio conceptual de “A reír en serio”; o las disparatadas parodias de la “Telebobela”.
Y por encima de todo, la sección estrella: “Los Cuenta Chistes”. De allí, de ese buzón metálico donde llegaban miles de cartas escritas a mano desde todos los rincones del país, salieron los genios del humor popular. Alfonso le abrió el micrófono a talentos anónimos que terminarían convertidos en patrimonio nacional: Juan Ricardo Lozano “Alerta”, David Alberto García “Jeringa”, César Corredor y Heriberto Sandoval.

Escuelas en el corazón y el humor del mundo
Alfonso Lizarazo comprendió temprano que la comedia era un puente, no un fin en sí mismo. Con una sensibilidad social profunda, inventó la campaña institucional “Lleva una escuelita en el corazón”. De repente, el elenco completo de actores y humoristas empacó maletas para recorrer los municipios más apartados de la geografía nacional. Donde había una comunidad sin techo para sus niños, allí llegaba Sábados Felices a jugar partidos de fútbol benéficos, montar su carpa de humor y recaudar fondos. Decenas de ladrillos, pupitres y escuelas rurales de Colombia se levantaron gracias a las risas que Alfonso orquestó con mística inquebrantable.
Su inventiva para la pantalla no conoció descansos. En 1984 concibió otra joya de la televisión colombiana: el Festival Internacional del Humor. Durante las tardes de mayo y junio, la audiencia nacional se asomó a las expresiones internacionales más deslumbrantes.
Por sus micrófonos pasaron leyendas del entretenimiento mundial: el chileno Lucho Navarro, los mexicanos Raúl Vale, Alex del Castillo y Rual Rogers; los deslumbrantes imitadores Julio Sabala y Moreno Michael; la fina ironía de los españoles Gila y Juan Tamariz; la aguda sátira del cubano Virulo; la elegancia del uruguayo Juan Verdaguer; el talento inmortal del ventrílocuo venezolano Carlos Donoso con sus personajes; la destreza del argentino Miky McPhantom, el electrizante grupo Midachi y los increíbles efectos de sonido del norteamericano Michael Winslow.
Tampoco se mantuvo ajeno a las modas que sacudieron la pista de baile mundial. Inspirado por la fiebre cinematográfica que desató John Travolta a finales de los setenta, lanzó el programa Disco, un espacio donde bailarines individuales y colectivos competían al ritmo de las luces estroboscópicas.
El formato luego evolucionó hacia Baila de Rumba, acompañando las noches colombianas entre 1978 y 1987. Y en una faceta más íntima, junto a su inolvidable amiga, la presentadora y modelo Magda Egas, condujo durante ocho años el afamado Café Concierto, un rincón televisivo donde la música y la conversación pausada alcanzaron los más altos niveles de sintonía en la historia de la pantalla chica.
Entre las sombras de un país y el servicio público
La vida de Alfonso Lizarazo no estuvo exenta de las fracturas trágicas que golpearon a Colombia. El 13 de noviembre de 1994, mientras viajaba junto con los integrantes de su equipo de trabajo para llevar a cabo una de sus jornadas solidarias, fue víctima de un secuestro perpetrado por el Movimiento Jaime Bateman Cayón. Fueron cinco días de angustia e incertidumbre para un país que no podía concebir que el hombre que regala sonrisas estuviera privado de la libertad. Su posterior liberación provocó un abrazo nacional de alivio que trascendió cualquier color político.
Ese compromiso visceral con las realidades del pueblo lo llevó a dar el salto a la política institucional. En 1998, respaldado por la inmensa gratitud popular y sin maquinarias tradicionales, fue elegido Senador de la República por votación popular, completando su periodo legislativo en el año 2002 con una hoja de vida marcada por la honestidad y el trabajo comunitario.
El telón de fondo y el eco eterno de la risa
Hoy, cuando el calendario señala que Alfonso Lizarazo ha dejado este mundo terrenal en la tranquila calidez de Barranquilla, no hay lugar para el luto desgarrador, sino para la gratitud de un país que aprendió a sobrellevar sus dolores a través del arte de la comedia.
Alfonso fue el director de la orquesta de nuestra infancia, el hombre que lograba que el papá cansado tras una larga semana de trabajo se sentara en la sala, al lado de los niños, a soltar una carcajada limpia. Nos deja el recuerdo de su voz pausada, su andar tranquilo y la convicción de que la solidaridad y el buen humor son los únicos remedios capaces de sanar las heridas de una patria golpeada.
Se apagan los reflectores del set, se recoge el cable del micrófono y el estudio queda en penumbras. Pero en algún lugar del aire, en la memoria colectiva de millones de colombianos que alguna vez llevaron una “escuelita en el corazón”, la risa de Alfonso Lizarazo seguirá resonando para siempre, firme y clara, como un aplauso eterno que jamás se extinguirá.


