miércoles, febrero 18, 2026
spot_img

Coherencia, ¿o disfraz?

Por: Juan Cristóbal Zambrano López

En política, la coherencia no se declama: se demuestra. No es una palabra para adornar columnas ni un concepto que se activa cuando conviene electoralmente. Es una conducta sostenida en el tiempo, incluso cuando cuesta, incluso cuando no hay micrófonos, incluso cuando el cálculo invita a moverse de orilla.

En los últimos días se ha vuelto popular hablar de coherencia como si fuera un patrimonio exclusivo, casi una marca registrada. Algunos la exhiben como credencial moral, como si bastara repetirla para encarnarla. Pero la coherencia no nace del discurso, sino de la trayectoria. Y allí es donde empiezan las contradicciones.

Porque no es coherencia presentarse hoy como el más fiel guardián de una causa, cuando ayer se buscaba aval en otra orilla. No es coherencia señalar con el dedo el “oportunismo” ajeno cuando se ha transitado por distintas listas, distintas etiquetas y distintos discursos, según el momento y la conveniencia. Y no es coherencia hablar de principios inquebrantables cuando esos principios solo aparecen después de que otras puertas se cerraron.

La política colombiana ya tiene suficientes conversos de ocasión: personas que descubren su identidad ideológica justo después de que les niegan un aval, o que se vuelven radicalmente ortodoxas cuando el pragmatismo no les funcionó. Eso no es firmeza; es reacomodo. No es convicción; es supervivencia política.

Ser coherente no significa quedarse inmóvil ni negarse a evolucionar. Significa poder explicar los cambios con honestidad, asumirlos sin disfrazarlos de épica y, sobre todo, no erigirse en juez moral de los demás desde un pedestal construido a última hora. La incoherencia más grave no es cambiar de posición; es negar que se cambió.

Resulta curioso que quienes hoy se presentan como los más “puros” sean, muchas veces, quienes más han necesitado mudarse. Que quienes hablan con mayor severidad sobre lealtades y traiciones sean los que más han probado distintos caminos antes de encontrar uno que les sirva. Y que quienes predican disciplina y doctrina olviden mencionar los capítulos incómodos de su propia historia.

La coherencia, además, no es solo ideológica. Es ética. Tiene que ver con la forma como se hace política, con la relación entre el discurso público y la conducta privada, con el respeto por la inteligencia de los ciudadanos. Porque nada erosiona más la confianza que ver a un dirigente pontificar sobre valores que no practicó cuando tuvo la oportunidad.

Colombia no necesita políticos que se vistan de coherencia como quien se pone un uniforme nuevo para la campaña. Necesita liderazgos que no tengan que explicar por qué ayer pensaban distinto, o que al menos tengan la valentía de reconocerlo sin arrogancia. Necesita menos sermones y más memoria.

En regiones golpeadas por la violencia, la desinstitucionalización y la frustración ciudadana, la coherencia no es un lujo retórico: es una necesidad. Allí, la gente distingue con claridad entre quien ha sostenido una línea, con errores y aciertos, y quien simplemente aprendió a decir lo que su electorado quiere oír. Allí no funcionan los disfraces ideológicos ni las conversiones repentinas.

Por eso vale la pena hacer una precisión: defender unas ideas no convierte automáticamente a nadie en coherente. La coherencia se construye cuando esas ideas han sido defendidas incluso cuando no daban votos, cuando no garantizaban avales, cuando implicaban quedarse por fuera. Todo lo demás es relato.

Y el relato, en la política local, se está volviendo un ejercicio de maquillaje permanente. Hay “dirigentes” que en cuestión de semanas cambian de bandera con la misma facilidad con la que cambian un logo en redes sociales, algunos de ellos, que van por su tercera campaña legislativa en 1 mes. Exaspirantes que han pasado por varias campañas en un lapso mínimo, saltando de una colectividad a otra según dónde crean ver más oportunidad, mientras un pequeño círculo de seguidores intenta vender esos giros como si fueran grandes gestas políticas. Lo paradójico es que muchos de esos mismos personajes, cuando tuvieron la ocasión de consolidar un proyecto propio, terminaron apostándole más al éxito de otras listas que a la suya, debilitando lo que decían representar.

También están los que convierten la seguridad en consigna estridente, pero proyectan hacia la ciudadanía una imagen más cercana al espectáculo que a la serenidad que exige el liderazgo público. O quienes hoy se presentan como abanderados de una causa ideológica completamente distinta a la que defendían con vehemencia hace apenas unos años, sin una explicación de fondo que vaya más allá de la conveniencia del momento. Cambiar de opinión es legítimo; lo que no es legítimo es disfrazar el giro como si siempre se hubiera estado en el mismo lugar.

Tal vez la pregunta no sea quién habla más fuerte de coherencia, sino quién puede mostrarla sin necesidad de gritarla. Quién puede pararse frente al electorado sin tachar páginas de su pasado. Quién no necesita reescribir su historia para que encaje con la campaña.

Al final, la coherencia no es un arma para atacar al contradictor, sino un espejo incómodo. Y no todos están dispuestos a mirarse en él.

Porque en política (como en la vida) se puede perder una elección. Lo que no se puede perder es la dignidad de sostener una línea sin fingir que siempre estuvo ahí.

Artículo anterior
ARTICULOS RELACIONADOS

NOTICIAS RECIENTES

spot_img