InicioOPINIÓNNo es tan gratuito el deseo al fascismo

No es tan gratuito el deseo al fascismo

Por Paloma Muñoz – Docente universitaria

Nos enseñaron a buscar al culpable en la sombra. A creer que la historia es una obra de títeres donde un titiritero sutil, un demagogo carismático, una élite manipuladora o un aparato de propaganda infalible, logra arrastrar por la nariz a millones de inocentes mediante el engaño. Creemos que las masas son siempre víctimas pasivas, ovejas desorientadas que caen en las fauces del lobo porque no sabían lo que hacían.

Sin embargo, Gilles Deleuze y Félix Guattari nos legaron una sacudida teórica y ética de inmensas proporciones cuando plantearon una verdad incómoda: “no, las masas no fueron engañadas”. En determinado momento, bajo circunstancias muy precisas, el deseo produjo el fascismo. Y eso, esa profunda y desconcertante perversión del deseo gregario, es lo que urge explicar.

El deseo no es una simple falta ni un capricho superficial que se sacia con un objeto de consumo. Para Deleuze y Guattari, el deseo es una fuerza revolucionaria, productiva y fundamentalmente colectiva. Está anclado en lo más hondo del tejido social, modelando aquello con lo que nos identificamos, lo que amamos y lo que tememos. Pero en este país de fracturas, la forma más urgente que adquiere el deseo no es la libertad abstracta ni la emancipación utópica, sino el deseo de seguridad.

No le echemos la culpa solo al algoritmo o que la gente sea inocente fácil de manipular. En un país atravesado por más de medio siglo de conflicto armado, economías ilegales, masacres, extorsiones y un Estado que llega tarde, aparece el deseo, el deseo se vuelve visceral. En los territorios más golpeados y en las ciudades asfixiadas por la inseguridad cotidiana, la urgencia prioritaria no es la teoría constitucional, sino sobrevivir.

Cuando salir a la esquina a coger el bus o abrir la reja del negocio a las seis de la mañana es jugarse la vida; cuando la justicia es un chiste burocrático y los bazuqueros o las bandas mandan en la cuadra, la cabeza colectiva solo piensa en una cosa: ponerle una solución final a esto. Es ahí donde el autoritarismo deja de verse como una amenaza y pasa a ser la tabla de salvación.

Creemos que el autoritarismo en Colombia es siempre un virus importado o el producto de una manipulación burda que engaña a campesinos, obreros y jóvenes desesperados. Pero si le tomamos la palabra a Deleuze y Guattari, debemos atrevernos a mirar el espejo sin coartadas. En momentos límite, las masas en Colombia no han sido engañadas; han deseado el orden, la mano dura y la seguridad, incluso al costo de sacrificar los derechos humanos y la democracia.

Y es ahí donde el fascismo cotidiano o las propuestas de autoritarismo punitivo encuentran su caldo de cultivo perfecto. Deja de ser percibido como una amenaza externa para convertirse en un refugio tentador. Las propuestas autoritarias ofrecen una promesa seductora: orden absoluto, mano dura, la eliminación expeditiva del “enemigo” (sea el delincuente, el migrante, el disidente o el corrupto) y una identidad colectiva monolítica que nos promete devolver el orgullo perdido. El líder autoritario no engaña a las masas; más bien, sintoniza y canaliza ese grito desesperado de protección. Las masas no se someten por miedo a la bota; en muchos casos, desean la bota porque confunden la rigidez del cuartel con la protección del hogar.

Esta es la verdadera tragedia de nuestra modernidad periférica: la inversión perversa del deseo. Una sociedad atemorizada termina deseando su propia servidumbre a cambio de la ilusión de un perímetro seguro. Se prefiere la asfixia del control autoritario a la intemperie de la incertidumbre democrática.

Comprender esto no significa justificar el fascismo, sino dejar de buscar excusas cómodas. Mientras los demócratas y progresistas sigan creyendo que el autoritarismo se combate únicamente con pedagogía moral o apelando a la racionalidad pura, seguirán perdiendo la batalla. Porque el fascismo opera en el terreno de las vísceras, del afecto y de la urgencia existencial.

Neutralizar esta deriva en el contexto latinoamericano y de manera particular en sociedades atravesadas por conflictos prolongados como la colombiana, no se resolverá mediante la recriminación ideológica. Exige una tarea estructural más compleja y exigente: reconstruir las condiciones materiales y comunitarias para que el deseo colectivo deje de buscar salvavidas en el castigo ejemplar y recupere su apuesta por la dignidad, la justicia y la libertad compartida.

ARTICULOS RELACIONADOS

NOTICIAS RECIENTES

spot_img