Juan Pablo Matta Casas
Hay noticias que no solo informan, reordenan el mapa mental del mundo. La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, confirmada públicamente por Donald Trump, pertenece a esa categoría rara y perturbadora de los hechos que no admiten lectura ligera. No es un episodio más del interminable conflicto venezolano ni un gesto teatral de la política exterior estadounidense, es una ruptura de época, el momento exacto en el que el mundo decidió llamar las cosas por su nombre y actuar en consecuencia.
Conviene decirlo sin rodeos, esto no fue un ataque contra Venezuela. No contra su gente exhausta, ni contra su historia, ni contra su derecho a existir como nación soberana. Fue un golpe directo y deliberado contra la estructura criminal que había colonizado el Estado venezolano, contra ese híbrido viscoso de poder político y economía ilegal que durante años se escondió detrás de banderas, discursos antiimperialistas y una retórica de victimización cuidadosamente ensayada.
Durante demasiado tiempo, la comunidad internacional jugó a la diplomacia de salón. Sanciones simbólicas, comunicados prudentes, llamados al diálogo que nunca llegaron a nada. Se toleró, por cálculo, por miedo o por hipocresía, que un Estado se transformara en plataforma logística del narcotráfico global. Venezuela dejó de ser un país con problemas de drogas para convertirse en una autopista institucionalizada de cocaína, protegida por uniformes, sellos oficiales y una impunidad casi perfecta. La captura de Maduro no es, entonces, un exceso, es el reconocimiento tardío de un fracaso colectivo.
Pero hay algo más profundo, algo que va más allá del caso venezolano. Este hecho marca el nacimiento explícito de un nuevo paradigma en la lucha contra el narcotráfico. Durante décadas, los países productores repitieron como mantra que el problema residía en la demanda, y los países consumidores aceptaron el relato, cargaron con la culpa y financiaron estrategias periféricas, siempre insuficientes. Lo de Venezuela demuestra que esa paciencia se acabó.
La captura de Maduro envía un mensaje brutalmente claro. Los países consumidores ya no están dispuestos a tolerar narcoestados funcionales bajo la ficción de la soberanía absoluta. Cuando un gobierno deja de cumplir las funciones mínimas del Estado y se convierte en administrador de una economía criminal transnacional, pierde el blindaje moral que lo protegía. A partir de ahora, la lucha contra el narcotráfico se parecerá menos a la cooperación diplomática y más a la persecución de amenazas estratégicas globales, como el terrorismo, como la proliferación nuclear, como el crimen financiero sistémico.
Y aquí es donde el espejo se vuelve incómodo para Colombia. Porque este nuevo orden mundial no admite ambigüedades. Colombia no puede seguir oscilando entre la épica fallida de la guerra total y la ingenuidad peligrosa de la indulgencia regulatoria. No puede seguir diciendo, con una mezcla de resignación y cinismo, que hace lo que puede mientras bate récords históricos de producción de coca. En un mundo donde los países consumidores están dispuestos a intervenir directamente en los territorios productores, la tolerancia se convierte en complicidad y la pasividad en riesgo geopolítico.
Disminuir la producción de narcóticos deja de ser un debate ideológico y se transforma en una obligación estratégica de supervivencia estatal. Implica recuperar control territorial real, no simbólico. Implica desmontar las economías ilegales que financian poderes paralelos. Implica romper la relación obscena entre narcotráfico y política local. Implica asumir costos, enfrentar violencias y abandonar la narrativa cómoda según la cual la culpa siempre está en otro lado. Porque en este nuevo escenario, nadie aceptará excusas culturales ni explicaciones sociológicas eternas.
La captura de Maduro no es el final del problema venezolano, ni mucho menos el cierre de la historia del narcotráfico en América Latina. Es el comienzo de una fase más cruda, más directa y menos hipócrita. El momento en el que el mundo decidió dejar de fingir que no sabía. Y ese gesto, contundente, incómodo, irreversible, obliga a todos los países productores a tomar decisiones que han postergado durante décadas.
La historia no suele avisar cuando cambia de ritmo. Pero esta vez lo hizo, en voz alta y sin metáforas. El tablero se movió. Y quien no entienda que las reglas ya no son las mismas, corre el riesgo de convertirse en el próximo nombre propio de una noticia que tampoco admitirá lecturas piadosas.




