sábado, febrero 21, 2026
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Pisando calles… y callos

HORACIO DORADO GÓMEZ – @HoracioDG

Uno levanta la mirada al cielo —no por misticismo sino para esquivar un motorizado— y para agradecer el haber nacido en este terruño de amores y dolores: Popayán, ciudad bella por decreto divino y por terquedad humana. Bella, sí. Disfrutable… bueno, eso depende de la hora, del tráfico y del humor del peatón.

Tuve el privilegio de caminar por sus calles empedradas y de conocer también a su prima moderna: la aplanadora. Esa máquina de carbón que vino a decirnos que el progreso no pide permiso. Cerca del centro histórico, donde lo colonial convive con lo improvisado, se alzaba orgullosa la estación del ferrocarril, inaugurada en 1924 y despedida en 1967. El tren se fue, pero el recuerdo quedó… y también el terreno, esperando a ver qué será cuando sea grande.

Siete cuadras más abajo encontramos la plaza de toros Francisco Villamil Londoño, auténticamente española, con aforo para 6.500 personas y hoy con capacidad ilimitada para el abandono. Lleva años en proceso liquidatorio, demostrando que en Popayán hasta las ruinas saben hacer fila.

No falta quien diga —con tono visionario y ceño fruncido— que ya es hora de que Popayán deje de vivir de su historia y empiece a evolucionar. ¡Tranquilos!: sus plegarias han sido escuchadas. La ciudad cambia todos los días. Donde hubo teja, ahora hay Eternit. Donde hubo silencio, ahora hay anuncios rodantes con parlantes capaces de despertar difuntos (ironías del destino). Enantes era solo el grito de -¡mazamorra! Donde había carteles pegados con engrudo anunciando cine o funerales, hoy tenemos pendones, vallas, y publicidad política móvil que comunica de todo… menos orden.

La modernidad también trajo racimos de niños pidiendo limosna; malabares, limpia parabrisas, desplazados pidiendo ayudas y, motociclistas que consideran las esquinas como propiedad privada. También, vendedores que, junto a habitantes de calle, han decidido que el andén es una sugerencia, no una obligación. Los peatones, por supuesto, hemos evolucionado: ahora caminamos por la calle, que es más emocionante.

La autoridad tampoco se quedó atrás, jóvenes policías, expertos en esquivar el oficio mientras perfeccionan la técnica milenaria de mirar el celular con expresión profunda. Seguridad ciudadana en línea.

Cómo quisiera volver a recorrer las calles de antaño, cuando caminar por Popayán era una clase de historia y no una prueba de obstáculos. Eran tiempos, cuando no existían internet ni celulares, pero sí el tiempo para mirar fachadas y aprender sin Wi-Fi.

Esta ciudad fue pensada como lugar de descanso para viajeros rumbo a la corona española. Prosperó durante más de un siglo gracias a grandes terratenientes y manos esclavas, hasta que el 21 de mayo de 1851 la historia —y la ley— decidió liberar a todos los esclavos. Desde entonces, Popayán vive en una eterna promesa de prosperidad que se evapora con admirable puntualidad, mientras sus habitantes aprendemos el arte de ser esclavos modernos: con título universitario y salario mínimo vital móvil. Aunque en la ciudad, universidades hay por cada esquina, igual que iglesias por cada cuadra y su casco central lleno de historia patria… bueno, eso sigue en oración. Las casas ya no miran a la calle sino hacia adentro, como si a la ciudad le diera un poco de pena. Ya no somos aquel pueblo colonial de caserones con grandes aldabones y, más allá las casitas bajas y pajizas, distribuidas por la concentración de recursos en élites criollas o tradicionales a lo largo del tiempo.  Ahora somos internacionales: pizza, hot dog, sushi y lo que falta…la inteligencia artificial (IA) y el aprendizaje automático (AA) que ya no son solo palabras de moda. El celular nos acercó al mundo, aunque nos alejó del andén.

Civilidad: Popayán ha cambiado. Seguimos pisando sus calles… y, de vez en cuando, callos también.

22. de febrero 2025

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