Juan Pablo Matta Casas
Hay algo profundamente irónico en el modo en que ciertos líderes de la izquierda internacional, incluidos los nuestros, reaccionan ante los hechos que ponen al mundo frente a la posibilidad mínima, frágil, pero posibilidad al fin de la paz. Se les ve incómodos, molestos, casi irritados, como si cada avance hacia la reconciliación los despojara de un motivo de protesta. Ocurrió con el plan de paz que Donald Trump logró que aceptaran Israel y Hamás, y ha vuelto a ocurrir con el Premio Nobel de la Paz concedido a María Corina Machado. En ambos casos, la reacción no fue la del júbilo ni la reflexión, sino la del desdén.
El acuerdo de Trump, que muchos calificaron de improbable, demostró algo que los dogmas odian: que la política, cuando se ejerce con pragmatismo, a veces consigue lo que los discursos no. Lo cierto es que el plan fue aceptado por los dos enemigos más irreconciliables del planeta, y en esa sola imagen, la de un papel firmado por Israel y Hamás, había más humanidad que en todas las proclamas inflamadas de los últimos cincuenta años. Pero para la izquierda no importaba el contenido, ni las vidas que podían salvarse, ni el respiro de las familias que esperaban el regreso de sus hijos secuestrados, como lo logró Trump, lo único que importaba era mantener intacto el prejuicio, ese viejo consuelo ideológico que se alimenta del odio y de la negación.
Hay en esa actitud un aire de tragedia griega, una incapacidad moral para aceptar que el bien pueda provenir de alguien con quien no se simpatiza. Es una especie de ceguera deliberada, un rechazo de la realidad en defensa del relato. Aceptar el éxito del plan de Trump equivaldría a reconocer que la paz no pertenece a ninguna bandera, que puede nacer de las manos más impensadas, y que la historia, esa diosa caprichosa, no siempre se deja domesticar por la ideología. Pero claro, eso sería demasiado honesto para quienes han hecho del resentimiento un método de interpretación del mundo.
Lo mismo, o algo peor, ha sucedido con el Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado. La reacción fue casi de furia. Los portavoces del progresismo se apuraron a calificar el premio de provocación, de maniobra política, de injerencia imperial. No hubo en sus palabras ni una pizca de reconocimiento hacia una mujer que ha desafiado durante años a una dictadura que encierra, tortura y mata. Ninguna empatía por quien representa, con su sola presencia, la esperanza de millones de venezolanos exiliados, empobrecidos, perseguidos o silenciados. Solo desprecio, solo la mezquindad de quienes no soportan que el heroísmo tenga un acento que no les pertenece.
Para muchos de ellos, María Corina encarna una herejía intolerable, la de una mujer que no se resigna, que no pacta con el verdugo, que no pide permiso para decir la verdad. Y eso, en los tiempos que corren, es más peligroso que un fusil. Porque su lucha no ha sido desde el exilio dorado ni desde el resentimiento cómodo de las redes sociales, sino desde las calles, desde la persecución, desde la certeza de que el miedo no puede ser una forma de gobierno. Su premio, entonces, no es solo suyo, es de todos los que aún creen que la libertad no es una dádiva del Estado, sino un derecho que se defiende, incluso cuando cuesta.
La izquierda que hoy se indigna ante su reconocimiento y que desprecia el acuerdo en Medio Oriente, demuestra con su reacción que su compromiso no es con la paz ni con la justicia, sino con la narrativa. Prefieren un mundo dividido, lleno de enemigos, antes que aceptar la evidencia de que los adversarios también pueden tener razón. Y ahí radica su tragedia, en que su supuesta superioridad moral se convierte en el espejo de aquello que dicen combatir.
La historia recordará que hubo un momento en que un hombre inesperado logró una tregua entre enemigos, y una mujer sola logró despertar a una nación dormida. Y los que hoy desprecian esos logros, se quedarán, como siempre, sin argumento y sin alma, mascullando consignas frente a un mundo que ya los ha dejado atrás.




