miércoles, febrero 4, 2026
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Falsos profetas

Por: Juan Cristóbal Zambrano López

En política abundan los líderes que prometen redención, pero escasean los que practican coherencia. La historia demuestra que los verdaderos transformadores no solo predican ideas: viven conforme a ellas. Por eso, cuando el discurso se divorcia de la conducta, lo que queda no es liderazgo, sino una forma moderna de profetismo político: palabras encendidas, símbolos poderosos… y realidades que no coinciden.

El problema no es ideológico. Las democracias se nutren de corrientes distintas: conservadores, liberales, socialistas, progresistas. El problema aparece cuando un dirigente se apropia de esas etiquetas, no para representarlas con honestidad, sino para utilizarlas como escudo emocional frente a sus seguidores. Ahí nace el falso profeta: alguien que no encarna una doctrina, pero se envuelve en ella para justificar cualquier decisión.

Se habla de socialismo como si fuera simplemente un eslogan. Pero el socialismo, en su tradición ética, ha estado ligado a la austeridad personal, a la idea de que quien gobierna no puede vivir desconectado de la realidad de quienes dice defender. José “Pepe” Mujica, expresidente de Uruguay, se convirtió en símbolo mundial no por sus discursos, sino por su forma de vida. Residía en una casa sencilla, conducía su viejo Volkswagen y mantuvo una coherencia visible entre su relato político y su conducta cotidiana. Se podía estar o no de acuerdo con su visión, pero su mensaje no era una puesta en escena.

También se invoca el progresismo como sinónimo de modernidad automática. Sin embargo, el progresismo serio no es retórica incendiaria, sino reformas concretas que mejoran la vida de la gente sin destruir la estabilidad institucional. Tony Blair, con todas las críticas que se le puedan hacer, amplió el estado de bienestar británico sin desmontar el andamiaje democrático ni convertir el gobierno en un campo de confrontación permanente. Progresar no era dividir, sino avanzar sobre lo construido.

Y cuando se habla de democracia, la palabra exige aún más responsabilidad. Nelson Mandela, tras 27 años de prisión, tuvo el poder suficiente para ajustar cuentas históricas. Eligió lo contrario: usar la autoridad para reconciliar, para integrar, para demostrar que gobernar no es vengarse del adversario, sino garantizar que incluso quien piensa distinto tenga un lugar en el país que se construye. Esa es la estatura moral de un demócrata: entender que el poder es un medio para unir, no un arma para profundizar fracturas.

Cuando un gobernante utiliza el lenguaje del cambio, de la justicia social o de la inclusión, pero al mismo tiempo fomenta la confrontación constante, justifica el desorden, debilita la institucionalidad o concentra la narrativa en enemigos permanentes, no está representando una doctrina: está usando una estética ideológica. Es política emocional, no política de principios.

El riesgo de los falsos profetas no es solo su incoherencia personal. Es que generan seguidores que defienden relatos, no resultados; símbolos, no hechos. La discusión pública se vuelve una batalla de lealtades, no de evaluaciones. Se aplaude el discurso aunque la realidad se deteriore, porque cuestionar al líder sería, para muchos, traicionar una causa que ya se volvió identitaria.

Las democracias no se dañan de un día para otro. Se erosionan cuando el ciudadano deja de exigir coherencia y se conforma con relatos que suenan bien. Cuando la palabra “pueblo” reemplaza a la responsabilidad, cuando la emoción suplanta a la gestión, y cuando la crítica se interpreta como traición.

No necesitamos líderes perfectos; eso no existe. Pero sí necesitamos dirigentes que, al menos, se parezcan a lo que dicen ser. Que si hablan de austeridad, la practiquen. Que si invocan la inclusión, gobiernen para todos. Que si se declaran demócratas, respeten las reglas incluso cuando les incomodan.

Porque la historia enseña una lección sencilla: los verdaderos estadistas unen, construyen y asumen límites. Los falsos profetas, en cambio, necesitan enemigos, épica permanente y un discurso que siempre promete mañana lo que nunca concreta hoy. Y un país no se gobierna con promesas mesiánicas, sino con coherencia.

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