miércoles, marzo 4, 2026
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Elogio a la demora

Por Paloma Muñoz – Docente universitaria

A veces me pregunto si vale la pena escribir columnas de opinión en el periódico El Liberal. No por falta de tema, porque la cultura y el poder son mi escritura argumentativa, en la que a veces incomoda, pero esa es la idea que nos permita sentir y pensar y reflexionarO. ¿Alguien la leerá hasta el final? ¿Existirá todavía ese lector o lectora capaz de atravesar varias líneas sin que el dedo índice, casi por reflejo, busque abandonarla o elegir otro medio que no sea la prensa escrita como las pantallas para ambientar la lectura? Ese es el reto de quienes escribimos columnas de opinión.

Vivimos bajo el imperativo de la velocidad. Todo debe ocurrir ya: la respuesta, la imagen, la opinión, la indignación, como cuando mis estudiantes dicen: “profe, no nos mande a leer textos tan largos”. La mente contemporánea parece moldeada por plataformas como TikTok, cuya arquitectura algorítmica administra pequeñas dosis de excitación cada pocos segundos. El gesto de deslizar o sea el “scroll” se ha convertido en nuestra unidad mínima de percepción. Nada permanece; todo se sustituye. Un estímulo desplaza al anterior antes de que la experiencia alcance a sedimentarse. No hay tiempo para la contemplación ni para la ambigüedad; mucho menos para el silencio. Solo impacto inmediato.

Se habla, con ironía y alarma, de “brain rot” (podredumbre cerebral). No es un término clínico, pero sí un síntoma cultural. Algo está ocurriendo con nuestra capacidad de atención. Cuesta sostener una narración extensa, un argumento complejo, una conversación que no esté fragmentada por notificaciones. Si cada treinta segundos el cerebro espera un nuevo pico de intensidad, cualquier desarrollo pausado se percibe como tedio. Y, sin embargo, lo que está en juego es precisamente el tiempo.

La prisa no es solo una condición técnica de nuestra época; es una forma de poder. Una sociedad dispersa, incapaz de concentrarse, es una sociedad más dócil. Quien no puede detenerse difícilmente puede comprender los procesos históricos que lo atraviesan o las estructuras que organizan su propia precariedad. La fragmentación debilita la reflexión; la cultura del clip reemplaza la argumentación por la reacción. La velocidad no solo acelera: simplifica. Y al simplificar, empobrece.

No se trata de demonizar la tecnología ni de idealizar un pasado que tampoco fue inocente. Cada época ha tenido sus dispositivos de distracción y sus miedos morales. Pero sí conviene preguntarnos qué tipo de subjetividad estamos cultivando. ¿Una que necesita estímulos constantes para no sentirse vacía? ¿O una capaz de habitar la pausa, de soportar la incertidumbre, de demorarse en una idea incómoda sin exigirle espectáculo?

Escribir una columna extensa en un periódico regional puede parecer un gesto anacrónico. Tal vez lo sea. Pero quizás en ese anacronismo radique su sentido. Escribir —como leer, como escuchar música con atención, como ver una película sin interrupciones— exige una ética del tiempo. Leer es aceptar un pacto: suspender la prisa y permitir que el pensamiento se despliegue. Es, en cierto modo, un acto mínimo de resistencia frente a la lógica del consumo instantáneo.

En la universidad y en las aulas el desafío no debería ser competir con el algoritmo, sino reeducar la atención. Defender espacios donde la lentitud no sea sinónimo de ineficiencia, sino de profundidad. Donde el silencio no se experimente como vacío, sino como densidad. Donde el debate no se reduzca a consignas veloces, sino que implique escucha, elaboración, transformación. Para los músicos, por ejemplo, cuanto valor tiene el silencio.

Porque si perdemos la capacidad de sostener la mirada —sobre un texto, una película, un conflicto social— no solo se empobrecerán nuestras prácticas culturales. Se erosionará nuestra posibilidad de comprender procesos largos: la democracia, la memoria histórica, la justicia social. Todo aquello que no cabe en quince segundos ni puede explicarse en un titular apresurado.

Tal vez alguien abandone esta columna antes de terminarla. Tal vez no. Pero la pregunta decisiva no es cuántos la lean, sino si aún somos capaces, como sociedad, de soportar la duración. De aceptar que no todo lo valioso ocurre rápido. Que lo verdaderamente transformador en la cultura, en la política, en la vida, casi siempre requiere tiempo.

Recuerdo entonces a mi madre, en la paciencia infinita de la crianza, repitiendo una frase que hoy adquiere otra densidad: “el amor es de tiempo”. Quizás también lo sean el pensamiento y la libertad. Debemos darnos tiempo.

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