Por: Clara Inés Chaves R. (*)
Las elecciones presidenciales de 2026 en Colombia ocurren en un punto de inflexión para la política interna y para el lugar del país dentro del orden liberal internacional. Con la salida obligada de Gustavo Petro por límites constitucionales, el relevo en el poder condicionará la relación con Estados Unidos, el manejo de la guerra contra las drogas y el compromiso colombiano con normas multilaterales basadas en derechos humanos, institucionalidad democrática y economía abierta.
Durante el gobierno de Petro, Colombia intentó tomar distancia parcial de la órbita tradicional de Washington, cuestionando la estrategia clásica de interdicción y fumigación, impulsando un discurso más soberanista frente a la política antidrogas y acercándose a posiciones críticas del intervencionismo norteamericano. Al mismo tiempo, la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos ha reconfigurado las expectativas sobre el rol de ese país en la defensa del orden liberal: su retorno a la Casa Blanca ha fortalecido tendencias unilaterales, selectivas en materia de derechos humanos y más transaccionales en la relación con aliados.
En este contexto, el resultado electoral colombiano puede reforzar o debilitar los pilares regionales del orden liberal. Una victoria de un candidato claramente conservador y alineado con Washington, como los perfiles de derecha que proponen retomar una agenda dura en seguridad y estrechar vínculos militares con Estados Unidos e incluso con Israel, implicaría un giro hacia una mayor sintonía con la agenda geopolítica de Trump. Esto podría traducirse en un apoyo más decidido a políticas de mano dura contra el narcotráfico, incluida la posibilidad de ampliar operaciones conjuntas y aceptar un papel más visible de la fuerza estadounidense en el territorio, algo que algunos sectores ven como garantía de estabilidad y otros como riesgo de soberanía.
Sin embargo, esa alineación también plantea dilemas para el orden liberal internacional. El liberalismo contemporáneo se sustenta, al menos nominalmente, en el respeto a normas multilaterales, derechos humanos y mecanismos de resolución pacífica de controversias. Reportes recientes resaltan que la política exterior de Trump muestra fuertes dobles raseros, apoyando a aliados implicados en abusos mientras condena a adversarios, lo que erosiona la coherencia del discurso liberal. Si Colombia se suma al grupo de gobiernos latinoamericanos especialmente cercanos a Trump, podría reforzar un “liberalismo selectivo” donde los valores se subordinan a afinidades políticas y a la agenda de seguridad estadounidense.
Por otro lado, un triunfo de un sector de centro o centroizquierda que busque mantener la independencia relativa de Bogotá, sostener políticas de paz, enfatizar la protección de derechos y diversificar alianzas internacionales podría contribuir a un orden liberal más plural y menos hegemonizado por una sola potencia. No significaría romper con Estados Unidos, sino insistir en relaciones más simétricas, usando el marco de derechos humanos y del derecho internacional como punto de apoyo para negociar temas sensibles como migración, drogas y cooperación militar.
La importancia de estas elecciones radica también en la señal que envían sobre la calidad democrática en la región. Colombia ha sido vista por décadas como un aliado estable de Washington, incluso en medio del conflicto armado, y como una pieza clave en estrategias de contención frente a regímenes autoritarios o iliberales en América Latina. Si el nuevo gobierno respalda instituciones fuertes, respeto por la oposición, prensa libre y cumplimiento de acuerdos de paz, reforzará la narrativa de que es posible combinar seguridad, apertura económica y democracia liberal, ofreciendo un contrapeso regional a experiencias más autocráticas.
En cambio, si se consolida un proyecto que privilegie la lógica de “orden” sobre la de derechos, que acepte sin demasiados contrapesos la instrumentalización de la cooperación militar por parte de Estados Unidos y que reduzca el espacio de la sociedad civil, Colombia podría transformarse en un laboratorio de un nuevo iliberalismo proestadounidense en la región. Ello tendría efectos sobre debates globales en Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos y otros foros donde la voz colombiana ha sido clave en temas de paz, drogas y democracia.
En definitiva, el peso de estas elecciones desborda el ámbito nacional. En un mundo donde el orden liberal internacional está sometido a presiones desde afuera, por potencias autoritarias, y desde adentro, por gobiernos que relativizan los derechos en nombre de la seguridad, la opción que tome Colombia en las urnas será una pieza más en la disputa global por definir qué significa hoy un orden basado en reglas, derechos y límites al poder.
(*) Exdiplomática, escritora y analista internacional



