Por: Juan Cristóbal Zambrano López
Durante décadas, los colombianos hemos anhelado una palabra que suene tan sencilla como poderosa: paz. No una paz de discursos ni de titulares, sino una paz real, la que se siente en las calles, en las carreteras y en los campos del país. Por eso, cuando el gobierno del presidente Gustavo Petro anunció su ambiciosa política de “paz total”, muchos colombianos quisieron creer. Se pensó que, por fin, el país encontraría un camino distinto para cerrar el ciclo de violencia que lo ha marcado por generaciones.
Sin embargo, con el paso del tiempo, esa promesa comenzó a diluirse entre anuncios, mesas de negociación interminables y una realidad que en muchas regiones se volvió más compleja que antes. Hoy, para millones de colombianos, lo que se prometió como “paz total” terminó pareciendo más bien un fracaso total.
El problema nunca fue buscar la paz. Colombia siempre ha querido la paz. El problema fue pretender construirla desde la debilidad del Estado. Porque la historia del país ha demostrado algo elemental: cuando el Estado se debilita, los violentos avanzan.
Organizaciones armadas ilegales han aprovechado la confusión y los vacíos de poder para fortalecerse. Grupos como el Ejército de Liberación Nacional o estructuras disidentes como el Estado Mayor Central han continuado expandiendo su influencia en distintas regiones del país, muchas veces mientras avanzan procesos de diálogo que no han producido resultados reales para las comunidades.
El caso del Cauca es una muestra dolorosa de esta realidad. Mientras desde Bogotá se anuncian avances en negociaciones y nuevas rondas de diálogo, en los territorios la gente sigue viviendo entre explosivos, amenazas, bloqueos y confrontaciones armadas. Las comunidades no viven de los discursos ni de los comunicados oficiales. Viven de la tranquilidad de poder salir de sus casas sin miedo, de recorrer una carretera sin encontrarse con un retén ilegal, de saber que el Estado está presente cuando más se necesita.
Por eso cada vez más colombianos comienzan a entender que la paz no puede construirse desde concesiones ilimitadas ni desde la ingenuidad política. La paz se construye con autoridad, con instituciones fuertes y con la determinación de que ningún grupo armado puede estar por encima de la ley.
En medio de este panorama, las recientes elecciones dejaron un mensaje político que vale la pena analizar. La irrupción electoral de Juan Daniel Oviedo sorprendió a muchos y confirmó que existe un electorado que busca nuevas voces y nuevas formas de liderazgo. Pero también quedó claro que una parte importante del país está reclamando algo que durante estos años pareció olvidarse: carácter y firmeza en el ejercicio del poder.
En ese contexto, el liderazgo de Paloma Valencia ha cobrado una relevancia especial en el debate nacional. Su defensa de la seguridad democrática, de la institucionalidad y de un Estado que no negocie su autoridad frente a los violentos ha conectado con un sentimiento cada vez más extendido entre los ciudadanos: Colombia no puede seguir retrocediendo frente a quienes desafían la ley.
Ese llamado a la firmeza no es un capricho ideológico. Es una respuesta a la realidad de millones de colombianos que sienten que el Estado ha perdido terreno en regiones enteras del país. Cuando la autoridad desaparece, lo que queda es el miedo. Y ningún país puede construir su futuro sobre el miedo.
En medio de ese debate político también resulta inevitable hablar del presidente Gustavo Petro y de la forma en que ha ejercido el poder. Con frecuencia, el mandatario ha lanzado críticas severas contra las instituciones, contra los partidos tradicionales e incluso contra la propia democracia liberal que rige al país. Sin embargo, vale la pena recordar un hecho fundamental: fue precisamente esa democracia la que permitió que, después de dejar las armas y desmovilizarse de la guerrilla del Movimiento 19 de Abril, pudiera participar en política, ser concejal, congresista, alcalde y finalmente presidente de la República.
La democracia colombiana, con todas sus imperfecciones, le abrió las puertas. Le permitió pasar de la lucha armada a la lucha política. Y ese hecho, por sí solo, debería ser motivo suficiente para defenderla y fortalecerla, no para debilitarla con discursos que permanentemente ponen en duda sus instituciones.
Pero la democracia también tiene otra característica fundamental: el poder es temporal. Ningún gobierno es eterno, y ningún proyecto político puede pretender perpetuarse sin responder ante la ciudadanía. El tiempo político avanza y, guste o no, el presidente Gustavo Petro tiene las horas contadas en el palacio desde el que hoy gobierna.
Esa es, justamente, la esencia de la democracia: los gobiernos pasan, pero las instituciones permanecen. Y cuando un gobierno no logra cumplir las expectativas que generó, la ciudadanía tiene el derecho y la responsabilidad de corregir el rumbo.
Colombia ha demostrado a lo largo de su historia que es capaz de levantarse incluso en los momentos más difíciles. Cuando el país ha tenido liderazgo, claridad y determinación, ha logrado avanzar. Cuando el Estado ha recuperado autoridad, los ciudadanos han recuperado esperanza.
Hoy Colombia necesita precisamente eso: recuperar el carácter, recuperar la seguridad y recuperar la confianza en sus instituciones.
Quedan pocos días para que el país vuelva a mirarse a sí mismo y decida qué camino quiere tomar. Días para que Colombia recupere la esperanza de vivir como se merece, como en sus mejores épocas, cuando la seguridad y la confianza en el futuro eran más fuertes que el miedo.
Agradecemos al presidente Gustavo Petro sus supuestas buenas intenciones. Se le dio la oportunidad de demostrar que su propuesta podía conducir al país por un camino distinto. Sin embargo, el tiempo ha demostrado que esa oportunidad fue desaprovechada. Tal vez no supo hacerlo. Tal vez nunca quiso hacerlo. La historia será la encargada de responder esa pregunta.
Lo cierto es que Colombia merece algo más que promesas incumplidas. Merece un Estado fuerte, una democracia sólida y una paz verdadera que no sea un eslogan. Porque la paz que Colombia necesita no puede ser un fracaso. Debe ser, por fin, una paz real.



