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Cuando mi vida volvió a tener rumbo

Por: Juan Cristóbal Zambrano López

Hubo un momento (no tan lejano) en el que el futuro era una palabra demasiado grande para mí. No sabía qué hacer con mi vida, ni hacia dónde caminar. Tenía sueños, sí, pero también una sensación persistente de estar detenido, de mirar el reloj y sentir que el tiempo avanzaba más rápido que mis certezas.

No lo digo con dramatismo, sino con honestidad: atravesé una depresión. Y en silencio. Como pasan esas batallas que casi nadie ve, pero que lo cambian todo.

El punto de cambio llegó en agosto de 2023. Recibí una llamada de mi tía Diana. Me pidió que la acompañara en su campaña a la Alcaldía. No era una invitación grandilocuente ni una promesa de cargos; era una solicitud sencilla, más bien familiar. Pero ese día, sin saberlo, mi vida cambió, ella aportó para el cambio de vida que me esperaba. Salí a la calle, caminé barrios, escuché historias, entendí el peso real de la política y descubrí que servir también podía ser una forma de sanar.

Desde entonces, mi vida dio un giro que ni yo mismo habría imaginado. Pasé de la duda constante a la disciplina diaria. De preguntarme “¿y ahora qué?” a tener que organizar la agenda para que el día alcanzara. Hoy estudio tres carreras, no por obsesión, sino por convicción: porque entendí que el conocimiento también salva.

En este camino asumí responsabilidades que antes solo observaba desde lejos. Me convertí en presidente departamental de juventudes de un partido que representa una tradición, pero también un reto enorme. Salí por primera vez a buscar votos, a tocar puertas, a mirar a los ojos a la gente sin el escudo del apellido ni del discurso cómodo. Y quedé elegido en el Consejo Municipal de Juventud. No como un triunfo personal, sino como una señal: sí se puede empezar desde abajo.

Trabajé en la Red Mundial de Jóvenes Políticos en Nariño, como Director de Asuntos Políticos aprendí a escuchar otras realidades, otros acentos, otras luchas. Entendí que liderar no es figurar, sino servir incluso cuando nadie aplaude. En el camino hice algo todavía más valioso: construí amistades reales, de esas que llegan cuando uno está creciendo y se quedan cuando todo se pone difícil.

Pero este proceso no ha sido romántico. Nunca esperé que, tan temprano en mi vida, llegarían amenazas de muerte. Nunca imaginé tantos insultos, tanta descalificación, tanto odio gratuito por pensar distinto o por atreverse a participar. Ahí entendí que la política también duele, que tiene un precio alto y que no todos están dispuestos a pagarlo.

Aun así, sigo. Sigo trabajando con convicción por la gente. Porque estoy seguro de que es esa misma gente (la que resiste, la que madruga, la que no se rinde) la que algún día nos llevará a la paz verdadera. No la paz del discurso, ni La Paz de Santos, sino la paz que se construye con presencia del Estado, con oportunidades y con liderazgo honesto.

He escuchado cosas que aún me cuesta creer: que algún día podría ser ministro, que tengo madera de alcalde, que incluso podría llegar a la Presidencia. No lo escribo desde la arrogancia, sino desde el asombro. Porque sé de dónde vengo. Porque recuerdo perfectamente al que dudaba, al que se sentía perdido, al que lloró mares que hoy apenas empieza a entender.

Nada de esto sería posible sin el ejemplo que me precede. Siguiendo el camino de mi abuelo Carlos Guillermo, de mi tío Francisco, mi primo Pachito, mi tía Diana, mi bisabuelo Luis, mi abuelita Yolanda, mi padre y, sobre todo, de mi madre, entendí con ellos que el servicio público no es un privilegio, sino una responsabilidad. Que la política, cuando se ejerce con decencia, es una forma de amor por la tierra y por su gente. Hoy soy quien soy gracias a esa historia familiar que me enseñó a no huir cuando las cosas se ponen difíciles.

En medio de todo, también hubo alguien que estuvo conmigo cuando no habían cámaras, ni discursos, ni certezas. Alguien que sostuvo, que escuchó y que creyó en mí incluso cuando yo mismo dudaba. MIOR

Hoy, al cerrar el año, miro atrás sin rencor y hacia adelante sin miedo. Y puedo decirlo con el corazón en la mano, sin exagerar, sin poses:

Una depresión pasé, y hoy estoy surfeando el mar que había llorado ayer.

Que este fin de año no sea solo un cambio de calendario, sino un recordatorio: incluso cuando no sabemos qué hacer con la vida, la vida (si uno no se rinde) termina encontrando la forma de responder.

Más que una carta desde la nostalgia, es una columna de agradecimiento a las personas que me rodean.

¡Feliz año y feliz navidad!

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