Inicio EDITORIAL Alejandro Zúñiga Bolívar El peso del tiempo y el valor de la verdad

El peso del tiempo y el valor de la verdad

Por: Alejandro Zúñiga Bolívar, El Liberal

Veinticinco años tuvieron que pasar para que María Paula Linares fuera escuchada. Veinticinco años de golpes, humillaciones, silencios cómplices y puertas institucionales que se cerraban una tras otra. Su historia, ahora iluminada por un fallo histórico de la Corte Constitucional, es mucho más que una tragedia personal: es el retrato fiel de una justicia lenta, selectiva y estructuralmente insensible a las violencias que enfrentan miles de mujeres en Colombia.

La sentencia SU-018 de 2025 no solo restituyó a María Paula en sus derechos, su patrimonio y su dignidad. También puso sobre la mesa una verdad incómoda: en Colombia, la justicia llega tarde, cuando llega, y muchas veces solo si la víctima tiene el raro privilegio de contar con una abogada de renombre, con una red de apoyo, con una plataforma que la proteja. ¿Qué habría pasado con su caso si Ana Bejarano no hubiera asumido su defensa? ¿Si una columna no hubiera roto el cerco de la indiferencia institucional?

No todas las mujeres en Colombia tienen esa suerte. Muchas siguen atrapadas en círculos de violencia, sin recursos para contratar defensa, sin jueces que las escuchen, sin medios que les den voz. Y, sin embargo, su dolor es tan real como el de María Paula. Lo que cambia es la visibilidad, no la injusticia. Por eso, este caso debe dolernos en lo más profundo: porque no es la excepción, sino la punta de un iceberg de impunidad.

Resulta imperdonable que, habiendo denunciado desde 2005, María Paula Linares aún espere un fallo penal contra su agresor, mientras su vida fue destruida una y otra vez: en su hogar, en su trabajo, en las instituciones. La violencia física, económica, psicológica e institucional se encadenaron como una maquinaria cruel, sostenida por la pasividad estatal y la complicidad social.

Rechazamos toda forma de violencia contra la mujer. No hay justificación, contexto ni prestigio que valga para encubrir el horror. Tampoco hay excusa para una justicia que se arrastra, que se encoge, que niega la protección a quien clama por ella.

Pero en medio de la indignación, hay también esperanza. La historia de María Paula prueba que la verdad, cuando se defiende con valor, puede abrir grietas en el muro de la impunidad. Que la justicia, aunque tardía, puede hacerse sentir. Que denunciar, aunque doloroso y solitario, es el primer paso para romper el ciclo del abuso.

A todas las mujeres que hoy viven en silencio lo que María Paula vivió: no están solas. Su caso ha dejado un precedente, un faro, un mensaje. Y aunque ninguna sentencia podrá borrar el pasado, esta decisión nos obliga como sociedad a cambiar el presente. Porque ninguna mujer debería esperar 25 años para que la justicia diga lo que debió decir desde el primer día: que sí le creemos, que sí tiene derechos, y que su vida importa.

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