martes, marzo 17, 2026
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Luz Miryan Moncayo, una historia inspiradora

Paloma Muñoz – Docente universitaria

Hay historias que no comienzan en los escenarios del poder ni en los titulares de la política. Comienzan en lugares más modestos: una cocina encendida antes del amanecer o en un grupo de mujeres organizándose para sostener a sus familias. A veces, sin que lo sepamos, en esos lugares discretos se están gestando historias inspiradoras, de trayectorias que años después adquieren otra dimensión pública.

Pienso en esto cuando hablo de Luz Myrian Moncayo. Hoy su nombre aparece en el escenario político del Cauca como una de las figuras jurídicas y sociales relevantes como Representante a la Cámara por el Pacto Histórico. Su ejercicio como abogada ha estado marcado por una convicción clara de que el derecho no es solo un saber técnico, sino una herramienta para defender la vida de las comunidades.

Su trabajo ha estado ligado a la protección de los derechos humanos y a la defensa del territorio. En una región como el Cauca, donde la tierra es al mismo tiempo sustento, memoria y conflicto, su enfoque parte de una idea fundamental: la paz no es posible sin seguridad jurídica para campesinos, comunidades afrodescendientes e indígenas. Desde allí ha planteado una agenda que combina la defensa del territorio con el fortalecimiento institucional, apostando por la transparencia administrativa y por una lucha frontal contra la corrupción, para que los recursos públicos lleguen realmente a las zonas rurales donde más se necesitan. A esto se suma una agenda con enfoque de mujer y familia, que busca cerrar brechas económicas y ofrecer mayor protección a las lideresas sociales, quienes en Colombia suelen asumir riesgos desproporcionados por ejercer su liderazgo.

Pero la historia de Luz Myriam no comenzó en los debates legislativos. Comenzó mucho antes, en la Red Departamental de Mujeres, en las reuniones de Juntas de Acción comunal, en los barrios, en las calles, en esos espacios cotidianos donde la solidaridad se convirtió en una forma concreta de transformación.

Recuerdo entonces, un episodio que viví cuando fui vicerrectora de Cultura y Bienestar de la Universidad del Cauca, durante el periodo rectoral del doctor Juan Diego Castrillón. Dentro del plan de desarrollo institucional me fue encomendada una tarea que parecía sencilla en el papel, pero que pronto reveló su complejidad: crear el restaurante estudiantil de la universidad, un compromiso asumido con el movimiento estudiantil de esa época.

El compromiso era ofrecer almuerzos a mil ochocientos pesos ($1.800). Recuerdo que pensé, “a ese precio ni en un corrientazo”. Aun así, decidimos asumir el desafío. Adecuamos la cocina, el menaje y las mesas. Todo quedó listo para iniciar. Pero apareció un gran obstáculo, nadie quería asumirlo porque se hace por contratación y cada vez que los posibles operadores escuchaban el precio del almuerzo, simplemente desistían. Y el restaurante no podía abrirse.

Recuerdo que en medio de esa preocupación hice casi una petición íntima de fe, que apareciera alguien que pudiera ayudarnos a resolver aquel problema. Y ese mismo día llegaron unas mujeres. Venían encabezadas por Luz Myrian Moncayo. Se presentaron como una asociación de madres cabeza de familia llamada “Mujeres Solas”. Cuando les expliqué las condiciones del contrato y el precio del almuerzo, la reacción fue comprensible: era un reto enorme. Sin embargo, les pedí que confiaran. Les propuse asumir el desafío y me comprometí a buscar apoyo externo que permitiera sostener el proyecto. Y con el apoyo de la doctora Jimena Lehmann directora del Departamento para la Prosperidad Social se logró ese respaldo. Que, de paso, en ese mismo proceso logramos llevar a la universidad el programa Jóvenes en Acción, para beneficiar a estudiantes de escasos recursos.

Así, gracias al trabajo de estas mujeres con Luz Myrian el restaurante estudiantil abrió finalmente sus puertas. Puede parecer un detalle menor. Pero en realidad se trataba de algo fundamental de garantizar que los estudiantes pudieran comer para poder estudiar.

Mientras todo esto ocurría, la vida de Luz Myrian también tomaba otro rumbo. Decidió estudiar Derecho en jornada nocturna, en un programa que la universidad había creado para líderes sociales, trabajadores, sindicalistas y miembros de comunidades indígenas que buscaban acceder a la educación superior. Entre el trabajo cotidiano, las responsabilidades familiares y la administración del restaurante, continuó sus estudios con compromiso y convicción. Con el tiempo, aquella mujer que llegó un día a ofrecer su trabajo y solidaridad se convirtió en abogada.

A veces pensamos que las instituciones se sostienen por sus edificios, sus reglamentos o sus presupuestos. Pero la experiencia nos enseñó algo distinto, las instituciones se sostienen, sobre todo, por las personas que creen en ellas y trabajan silenciosamente para que sigan cumpliendo su sentido público.

Por eso hoy quiero hacer un reconocimiento para Luz Myrian Moncayo y sus compañeras madres cabeza de familia No solo ayudaron a alimentar a los estudiantes de la Universidad del Cauca. Sino que se convirtieron en un referente de tenacidad y compromiso. Nos recordaron que la vida personal y las instituciones se construye muchas veces desde abajo: con trabajo digno, solidaridad y la convicción profunda de que estudiar y comer no deberían ser privilegios, sino derechos.

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