martes, febrero 3, 2026
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Cuando sanar, crear y guiar eran un solo gesto

Por Paloma MuñozDocente universitaria

Revisando trabajos de grado de los programas de la Licenciatura en Educación Artística y de la Maestría en Educación Popular de la Universidad del Cauca, aparece una inquietud persistente, casi un murmullo compartido; la urgencia de desmontar las lógicas fragmentarias, formalistas y productivistas que han marcado la educación y la creación artística. En estos trabajos se cuestiona la obsesión por el resultado, por el objeto terminado, por la obra maestra y se afirma, en cambio que, el conocimiento se produce en el proceso, en el cuerpo que siente, en la experiencia situada y en la relación con el territorio.

Y es que en medio de estas búsquedas metodológicas y epistemológicas surge una pregunta que desborda los marcos académicos: ¿Qué somos cuando investigamos, creamos y enseñamos? ¿Artistas, pedagogos, investigadores? ¿O algo que no cabe en esas categorías? En ese punto emerge un personaje que, sin proponérselo, tensiona todas esas divisiones: El Thê´ Wala.

El Thê´ Wala, también llamado taita, mayor, mayora, sanador, guía espiritual, según la comunidad; cambia el nombre, pero no el sentido de su hacer que encarna de manera integral, aquello que la modernidad separó. Aprendió los rituales de refrescamiento, de limpieza, de ofrecimiento, el que apacigua el volcán, llama la lluvia y guarda la memoria cultural. Nada de eso era “arte”, “medicina”, “espiritualidad” o “política” por separado. Todo era vida en equilibrio.

En muchas comunidades indígenas del suroccidente colombiano y especialmente en el Cauca, el Thê´ Wala no es una profesión. Es una forma de estar en el mundo. No se le nombra únicamente como médico tradicional, sabedor cultural, artista o referente espiritual, porque es todo eso a la vez. Y, más importante aún, no ejerce para sí, sino para el equilibrio de la comunidad y del territorio. Porque el Thê´ Wala escucha el pulso de la tierra y el del cuerpo con la misma atención. Conoce las plantas, pero también los sueños. Cura con el remedio y con la palabra, orienta con el canto, el silencio y el ritual. Su conocimiento no está archivado en libros ni avalado por certificados, sino inscrito en la memoria viva, en la experiencia heredada y en una ética de responsabilidad colectiva. No separa lo físico de lo espiritual, ni el arte de la medicina, ni el saber de la política. Para el Thê´ Wala, vivir es cuidar.

En la cosmovisión indígena, el cuerpo no es una máquina que se repara por partes, sino un entramado de relaciones con los ancestros, con la comunidad, con los espíritus, con el agua, con la montaña. Por eso, no “trata enfermedades” en el sentido moderno; restablece armonías rotas. Su tarea no es intervenir, sino acompañar. No es dominar la naturaleza, sino dialogar con ella.

Entonces surge la pregunta incómoda, la que no suele aparecer en los currículos ni en los formularios de acreditación: ¿Cuándo fue que esta mirada integral y holística se parceló? ¿En qué momento decidimos que sanar era solo asunto de médicos, que el espíritu pertenecía a la religión, que el arte era entretenimiento y que el conocimiento debía dividirse en disciplinas?

La respuesta conduce inevitablemente a la herida colonial. Con la imposición del pensamiento moderno-occidental, el saber fue fragmentado, jerarquizado y especializado. El cuerpo se separó del alma, la razón del sentir, el conocimiento de la vida. Surgieron las profesiones como compartimentos, estancos y se deslegitimaron los saberes que no encajaban en ese orden. Thê´ Wala fue reducido a “curandero”, “empírico” o “folclor” mientras la ciencia se proclamaba neutral, objetiva y universal.

No fue una división inocente. Al fragmentar el saber, también se fragmentó la comunidad. Al despojar al Thê´ Wala de su autoridad integral, se debilitó una forma de organización que cuidaba la vida en su totalidad. La parcelación del conocimiento fue y sigue siendo una estrategia de poder.

Hoy en tiempos de crisis ambiental, colapsos emocionales, violencias estructurales y pérdida de sentido, talvez valga la pena mirar atrás, o más bien, mirar al lado y reconocer que existen otras formas de saber. Thê´ Wala no es una figura del pasado ni una reliquia cultural. Es una alternativa viva frente a un mundo que se enferma por haber olvidado la interrelación. Recuperar la mirada del Thê´ Wala no implica romantizar ni negar la medicina occidental, sino volver a tejer lo que fue roto. Significa aceptar que el conocimiento puede ser sensible, espiritual, artístico y político al mismo tiempo. Que un solo ser humano puede encarnar múltiples saberes cuando su horizonte no es el éxito individual, sino el bienestar colectivo.

Talvez el mayor aprendizaje que nos deja el Thê´ Wala sea este: Podríamos volver a ser todas y todos unos Thê´ Wala.

Porque cuando el saber se fragmenta, la vida se resiente,

cuando el saber se teje, toda la comunidad respira.

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