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El tigre, el jaguar y la paloma…

Por Juan Carlos López Castrillón

Es famosa la anécdota de un expresidente que a todos los líderes populares les decía “tigre”. No era un apodo cariñoso ni una sofisticada estrategia discursiva: era simple supervivencia política. Así evitaba equivocarse de nombre y, de paso, proyectaba una cercanía casi zoológica.

Todo funcionó de maravilla… hasta que un día, en un evento oficial, uno de esos líderes logró acercársele y, lleno de esperanza, se le plantó al frente:

—Presidente, ¿cómo está? Míreme bien, ¡soy yo! ¿Me recuerda?

—¡Presidente, haga memoria! ¡Soy yo!

El mandatario, visiblemente perturbado, respondió con una honestidad brutal:

—Perdóname… no me acuerdo.

A lo que el líder, resignado pero pedagógico, replicó:

—¡Pues soy el tigre! ¡El tigre! ¡Su amigo!

La anécdota viene como anillo al dedo ahora que tenemos una fauna cada vez más diversa en el escenario político. Hoy contamos con un nuevo “tigre” en escena que, según las encuestas, se ha agrandado; un presidente que asegura llevar un “jaguar” por dentro; y una “paloma” que, milagrosamente, sí se llama Paloma. Para empezar.

Queda por ver qué animal se inventarán los estrategas de comunicación para identificar a otros candidatos que también están en la pelea: Claudia López, Juan Carlos Pinzón, Roy Barreras, Iván Cepeda y Sergio Fajardo. Por lo pronto, se los dejo a su imaginación.

Lo cierto es que en política da réditos identificarse con un animal, sea pequeño, grande o directamente mitológico. Humaniza, rompe el hielo y, sobre todo, se queda grabado en la memoria colectiva. Nadie recuerda un plan de gobierno, pero un buen animalito no se olvida jamás.

Lo que nunca he logrado entender, en ese orden de ideas, es por qué los demócratas en Estados Unidos escogieron como símbolo de su partido a un burro, animal cuyo mensaje en el imaginario colectivo se traduce en terquedad, por decir lo menos. Mejor les fue a los republicanos, que se decantaron por el elefante: grande, fuerte y con memoria… animal que bien podría disputarse como emblema nacional el expresidente de nuestra anécdota inicial.

Pero volviendo al tigre, conviene recordar aquello de que “no es como lo pintan”, frase que abre una cantidad inquietante de interrogantes. Además, no podemos ignorar que el jaguar termina siendo superado por el león, que —hasta nuevo aviso— sigue siendo el rey de la selva y no acepta impugnaciones.

Y como todo está conectado en la geopolítica mundial, veremos al tigre intentando alinearse con el elefante americano para ganar el impulso final y no desinflarse cuando la paloma se quede con los resultados de la famosa “megaconsulta” de la centroderecha.

Mientras tanto, y luego de una llamada telefónica que sonó más a jaula que a timbrazo, el jaguar volvió a encerrarse a la espera de la autorización para viajar al exterior y salir de la única lista que realmente le interesa resolver este año: la Clinton.

Pero amanecerá y veremos. En política, un mes es una eternidad y, como en la fábula de la liebre y la tortuga, a veces vale más la perseverancia que la confianza. Aún todo puede pasar.

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