En la tarde de este viernes, el aire de Bogotá se sintió más denso, cargado con esa grisura melancólica que suele acompañar las partidas que marcan el fin de una era. Daniel Ripoll, su hijo, confirmó lo que el mundo del arte se resistía a aceptar: a los 93 años, Beatriz González, la mujer que nos enseñó a mirar nuestras propias tragedias sin parpadear, había emprendido su último viaje.

Por Antonio María Alarcón Reyna
Nacida el 16 de noviembre de 1932 en una Bucaramanga de casonas y silencios, Beatriz fue siempre una mujer a contrapelo. En los años cincuenta, desafiando las convenciones que dictaban un destino doméstico para las mujeres de su época, ingresó a estudiar arquitectura en la Universidad Nacional.
Sin embargo, la estructura rígida de los planos no lograba contener su torrente creativo. Tras un breve regreso a su tierra natal para decorar vitrinas y diseñar escenografías, volvió a la capital para entregarse a las Bellas Artes en la Universidad de los Andes. Allí, bajo la tutela de mentes brillantes como Juan Antonio Roda y la mítica Marta Traba, comenzó a forjar esa mirada punzante y aguda que la definiría hasta su último aliento.
El arte de las “provincias” y el espejo popular
Con ella no solo se va una artista; se va la memoria gráfica de un país que, durante décadas, encontró en sus pinceles el reflejo de sus sombras y la dignidad de sus víctimas.
A Beatriz González se le intentó encasillar muchas veces. Los críticos internacionales, deslumbrados por sus colores vibrantes y su uso de la iconografía popular, quisieron llamarla la “Andy Warhol colombiana”. Ella, con ese humor santandereano que era tan afilado como su trazo, prefería definirse como una pintora de “provincias”. No era un término de humildad, sino de resistencia. Para Beatriz, Colombia entera era una provincia donde la tragedia y el humor convivían en la misma mesa.
Su irrupción definitiva ocurrió en 1965 con Los suicidas del Sisga. Basándose en una fotografía de prensa —un recurso que sería su sello personal—, retrató a una pareja que decidió quitarse la vida para preservar su amor. En esa obra, Beatriz no solo pintó a dos amantes; pintó la estética de los periódicos amarillistas, la fe popular y la planimetría de un sentimiento nacional. Cincuenta años después, esa misma obra colgaría en las paredes del Tate Modern de Londres, recordándole al mundo que en este rincón del planeta, el arte se cocina con el barro de la realidad.

Beatriz fue una revolucionaria de la materia. Fue la primera en entender que el óleo sobre lienzo no bastaba para narrar a Colombia. Por eso, trasladó sus figuras a muebles de metal, a camas, a mesitas de noche y a telones de circo. El arte no debía estar encerrado en una torre de marfil; debía habitar en el mobiliario cotidiano, allí donde la gente vive, duerme y, a veces, muere.
El duelo como lienzo: La voz de las víctimas
A partir de la década de los noventa, la obra de la maestra dio un giro hacia la oscuridad necesaria. Colombia se desangraba y Beatriz no podía ser indiferente. Se sumergió en el dolor de los cuerpos sin nombre que bajaban por los ríos, en el horror de la masacre de Las Delicias en 1997, y en el llanto de los desplazados.
Su intervención más poderosa, quizás, fue Auras anónimas. En los columbarios del Cementerio Central de Bogotá, Beatriz instaló miles de lápidas serigrafiadas con la silueta de los “cargueros”, esos hombres que llevan a cuestas los cuerpos de las víctimas. Fue su manera de sacralizar la muerte anónima, de darle un lugar en la memoria física de la ciudad a quienes la violencia intentó borrar. Su arte se convirtió en un acto de exhumación ética: sacar el dolor del olvido para ponerlo frente a nuestros ojos.
El archivo y el legado: Bucaramanga en el mapa
Beatriz González no fue solo una creadora; fue una guardiana del tiempo. Como historiadora y crítica, construyó un archivo monumental que decidió, en un último gesto de generosidad hacia sus raíces, donar al Banco de la República en Bucaramanga. “Quiero que Bucaramanga quede en el mapa”, decía, insistiendo en que la descentralización de la cultura era vital para que un país se reconozca a sí mismo.

Su partida deja un vacío que se siente en las salas del MOMA en Nueva York y en las calles de El Bordo o Caldono, porque su arte hablaba tanto de la alta política como del campesino que huye de la guerra. En sus últimos años, mantenía la claridad de una sabia. A los artistas jóvenes les pedía rigor, pero sobre todo, libertad. “No sean solo el artista que trabaja su obra y ya. Deben leer poesía, ver cine, escribir… un artista no es solo para ganar plata, tienen que aprender a pensar”, solía decirles, advirtiéndoles sobre la “dictadura de las galerías”.
El cierre de una era
La última vez que se le vio homenajeada a gran escala fue a finales del 2025, en la Bienal de Antioquia y Medellín. Allí, en la entrada del edificio de Coltabaco, todavía resonaba su frase mítica de 1981: “Esta bienal es un lujo que un país subdesarrollado no se debe dar”. Era Beatriz en estado puro: crítica, irreverente y profundamente consciente de la realidad de su nación.
Camilo Castaño, curador del Museo de Antioquia, la describió hoy como una mujer de grandeza infinita, poseedora de un humor tan punzante como su mirada. Y es cierto. Beatriz González se va, pero nos deja sus colores planos que gritan verdades curvas. Nos deja sus telones donde la guerra y la paz se entrelazan. Nos deja la lección de que el arte es, ante todo, una herramienta para no olvidar.
Hoy, mientras el sol se oculta sobre la sabana bogotana, los “cargueros” de sus Auras anónimas parecen caminar con más peso. Llevan a cuestas a su creadora, a la maestra que tuvo la valentía de pintar a Colombia tal cual es: hermosa, trágica y, a pesar de todo, llena de luz. Su partida no es un silencio; es un eco que resonará en cada pincelada de quienes decidan, como ella, contar la historia desde el lado de las víctimas.




