Por las carreteras de Colombia, donde el humo de los camiones se mezcla con el aroma del tinto y el aguardiente, se escucha un eco que hoy suena a quebranto. Ha muerto Yeison Orlando Jiménez Galeano, el hombre que le puso voz a las derrotas y a los triunfos del pueblo.

Por Antonio María Alarcón Reyna
Para entender el vacío que deja su partida, hay que retroceder a las madrugadas de Manzanares, Caldas, y a los pasillos húmedos de la plaza de mercado de Corabastos en Bogotá. Yeison no fue un producto de laboratorio; fue un milagro del barro y el esfuerzo.
A los 13 años, mientras otros niños jugaban, él ya sabía lo que pesaba un bulto de aguacates y cuánto dolía el frío de las cuatro de la mañana. Allí, entre los gritos de los comerciantes y el trajín de los camiones, se forjó esa voz metálica, vibrante, que parecía llevar cargada toda la melancolía del campo colombiano. Su vida era una letra de despecho antes de que él mismo aprendiera a escribirla.
Muchos lo recuerdan como el joven que, con la mirada encendida, juró que sacaría a su familia de la pobreza. Y lo hizo. Pero en el proceso, se convirtió en el espejo de millones. Cuando Yeison cantaba “Bendecida”, no solo hablaba de una mujer; hablaba del ascenso, de la superación de quien ha sido humillado por la escasez y finalmente logra comprarse su primer traje de mariachi.
La cumbre y el estilo
No murió en una riña de cantina, como dictarían los viejos cánones de la música popular, ni de viejo en una cama de seda. El destino, ese “Aventurero” caprichoso, decidió reclamarlo en la altura, entre las nubes frías del departamento de Boyacá, muy cerca de donde la tierra se junta con el cielo en el aeródromo de Paipa.
Yeison Jiménez no solo cantaba música popular; él la refinó. Le quitó el estigma de ser música de “arrabal” para llevarla a los grandes escenarios del mundo. Con su sombrero bien puesto y esa sonrisa que mezclaba la picardía del barrio con la elegancia del éxito, se convirtió en el referente de una generación.
Sus canciones eran himnos. “El Aventurero” se convirtió en el manifiesto de una Colombia que vive el día a día, que no se aferra a lo material porque sabe que la vida es un suspiro. ¡Qué ironía tan amarga! Él, que nos pidió que no le lloráramos porque “el día que muera no me llevo nada”, hoy nos deja con los ojos húmedos y la copa servida, pero sin su voz para brindar.
La tragedia en el Altiplano: El silencio de las hélices
La noticia cayó como un rayo sobre el asfalto. El 2026 nos reservaba un luto que nadie estaba listo para vestir. Yeison, un hombre que amaba la velocidad y los caballos, que disfrutaba de la libertad de los cielos tanto como de la tierra firme, emprendió su último viaje hacia Paipa.

Dicen los que conocen el clima de Boyacá que las nubes en esa zona suelen ser traicioneras, densas como el olvido. La aeronave, una pequeña joya de la ingeniería que solía llevarlo a cumplir sus compromisos con el público que tanto amaba, perdió el duelo contra los vientos y la geografía.
El impacto en las cercanías de Paipa no solo destrozó un motor; rompió el corazón de una nación que veía en él a un hijo, a un hermano, a un ídolo que todavía tenía mucho que decir. Imaginar esos últimos segundos es un ejercicio de dolor: el hombre que le cantó a la vida con tanta fuerza, enfrentándose al silencio absoluto del vacío.
Cuando los organismos de socorro llegaron al lugar, entre los restos de metal retorcido y el olor a combustible, el silencio era sepulcral. No había música. Solo el viento frío de la cordillera que parecía susurrar los versos de sus canciones más tristes. El “corazón del pueblo” se había detenido en la tierra de la libertad.
Una voz que no se apaga

¿Qué queda cuando un artista de 34 años se va de repente? Queda la leyenda. Yeison Jiménez no se va solo; se lleva consigo una parte de la identidad popular de este siglo. Se va el hombre que grabó más de 70 composiciones, el que llenó el Movistar Arena y el que, a pesar de los lujos, nunca olvidó el sabor de la comida de plaza de mercado.
Su muerte en Boyacá es poética de una forma cruel. Murió en la tierra de los libertadores, él, que se liberó de las cadenas de la pobreza a punta de pulmón y guitarra. Paipa, con su lago Sochagota de aguas tranquilas, será ahora recordada también como el lugar donde el vuelo del “Aventurero” se hizo eterno.
Un brindis final por el ídolo
Este fin de semana, en las cantinas de los pueblos, en los lujosos bares de las capitales y en las radios de los transportadores, sonó una misma melodía. No hay rencores, no hay críticas sobre su estilo; solo hay agradecimiento.
Yeison nos enseñó que se puede ser humilde y grande al mismo tiempo. Que el éxito no se trata de no tener cicatrices, sino de saber cantar sobre ellas. Su vida fue un corrido perfecto: un inicio difícil, un desarrollo glorioso y un final trágico que lo eleva al altar de los inmortales, junto a figuras como Darío Gómez.
El accidente de aviación en Paipa le arrebató al hombre, al padre, al empresario. Pero a nosotros, los que nos quedamos aquí abajo, nos dejó su alma en cada grabación. Al sonar la próxima trompeta y el próximo acordeón, alguien levantará un aguardiente y dirá: “¡Con el corazón, Yeison Jiménez!”.
Y en algún rincón del cielo boyacense, entre nubes de oro, se escuchará un grito de alegría, porque el “Aventurero”, finalmente, ha llegado a su destino más alto.





