Por Eduardo Nates López.
Un nuevo episodio de odio contra los valores ancestrales e históricos de la ciudad se dio en el transcurso de esta semana, el cual pudimos presenciar tristemente en primera fila a causa de la magia de la tecnología y las redes sociales. Fue indignante ver a un “líder social” (conocido en la ciudad) arrastrando teatralmente el busto en bronce del expresidente de Colombia, Guillermo León Valencia Muñoz.
Debo comenzar por el reconocimiento al expresidente, para lo cual es necesario repasar, una vez más, que se trata de un personaje muy querido en esta ciudad, y en el país, por los valores que con su reconocida sencillez exteriorizaba en donde fuere. Tanto en los salones “encopetados” como en los espacios más sencillos del campo colombiano, siempre fue el mismo, con su actitud caballerosa, su jovialidad, y su por demás amena conversación. Su carácter amable pero determinante. Su honestidad a toda prueba, en ese ambiente político tan hostil y propicio al mismo tiempo para sucumbir a cualquiera de las tentaciones que rodean el poder, se erigió en una de sus principales virtudes; Su inteligencia y agilidad mental; Su generosa capacidad política; Su representatividad social extendida a todo el espectro de la población colombiana. Todo esto sumó para llevarlo al Solio de Bolívar, en un período tan difícil y complejo de nuestra historia, cuando estábamos comenzando a reponernos de las profundas heridas que dejó la violencia que estalló el 9 de abril de 1948 y se prolongó muchos años. Tanto, que se piensa que la violencia que actualmente vivimos, es reflejo de los resentimientos que dejó aquella época, en hechos que aún afloran. Dada su gran preocupación por lograr la armonía en la convivencia, durante su ejercicio, entre 1962 y 1966, Valencia ganó el título de “Presidente de la Paz”. En fin, no caeré en la candidez de repetir la, por demás, conocida biografía y trayectoria de uno de nuestros paisanos y colombianos más ilustres.
Pasando al capítulo de los agresores: no hay ninguna justificación válida para que el atropello, según informan varios medios noticiosos, se haya cometido dentro del desarrollo de un evento denominado: “Salón Nacional de Artistas”. Y menos aún, protagonizado por líderes que, según dicen referentes del hecho, han tenido cercanía con el doctor Álvaro Pío Valencia, hermano del expresidente, en medio de un tal “Juicio Espiritual e Histórico”, eufemismo tras el que se esconden para agredir de manera casi delictuosa a la comunidad payanesa y caucana. No es casual el parecido de estos vejámenes, con el derribamiento de la estatua de Sebastián de Belalcazar ocurrido el 16 de septiembre de 2020, estropicio que la falta de autoridad y “de pantalones” de las autoridades, no ha permitido resarcir a la ciudadanía, que siente estas agresiones a su amor propio y a su respeto por la historia y las tradiciones, con dolor de patria. Contrasta esta actitud con la que asumieron las autoridades y organizaciones cívicas de nuestra querida hermana y vecina ciudad de Cali, donde se propusieron retornar la estatua del mismo Belalcazar, fundador de ambas ciudades, a su lugar tradicional, con la autoridad y el carácter que se requieren para gobernar y administrar los bienes de la comunidad.
El odio contra los inmortales, fundidos en bronce y en la memoria de los pueblos, como lo es Valencia, lo expresan los cobardes atentando contra sus estatuas, sin consecuencias para sus autores. Así fue contra el fundador de la ciudad. Lo que acaba de ocurrir ahora, ya lo anticipaba el propio expresidente (y será una más en su vida) cuando escribió: “….no puede haber políticos sin cicatrices, que en definitiva, son condecoraciones alcanzadas en el fragor de la lucha”
Produce lástima que la ignorancia y el resentimiento de quien arrastró el bien público por la carrera 6, ante la anomia que padecemos en la ciudad, no le hayan permitido leer a su padrino Álvaro Pio, quien, en defensa de su hermano, escribió: “Guillermo León Valencia padeció la cruel indiferencia de sus copartidarios, especialmente dentro del movimiento laureanista, quienes, siguiendo la indicación del feroz caudillo, llamaron a Guillermo León “escoria” por no haberle marchado a la violencia ordenada por el poder, contra el pueblo colombiano.”




