Juan Pablo Matta Casas
Hay cartas que no buscan convencer a nadie, apenas dejar constancia de un derrumbe. La que envió el gobernador del Cauca al presidente Petro esta semana pertenece a esa categoría de documentos que no se escriben para la historia sino para que nadie pueda decir mañana “no sabía lo que estaba pasando”. No es una carta institucional en el sentido noble de la expresión. Es la enumeración sobria de un desastre, el inventario de una realidad que dejó de ser noticia para convertirse en modo de vida. Es la fotografía de un departamento donde el Estado Nacional, ese que aparece en los discursos, simplemente dejó de estar.
Lo llamativo del documento no es su tono ni su contenido. Lo llamativo es que exista. Porque en Colombia lo normal es que los gobernantes sigan posando de dueños del timón incluso cuando el barco ya entró de proa en el arrecife. Lo normal es fingir control, exagerar capacidades, recitar comunicados, hablar de estrategias que nadie ha visto y de resultados que nadie reconocería. La carta rompe ese libreto tan nacional: señala, sin adornos ni coreografías, que el Cauca está desbordado y que la institucionalidad departamental no tiene con qué responder.
Es un gesto de sinceridad, la aceptación de que las herramientas locales son insuficientes y de que el territorio está bajo la presión directa de grupos armados que operan como si fueran los verdaderos administradores del orden. La carta dice lo que la población del Cauca ha sentido durante meses: que el poder real se ejerce con fusiles y explosivos, no con decretos. Que la gobernación hace lo que puede, que no es mucho frente a lo que enfrenta, y que el gobierno nacional ha estado mirando hacia otro lado.
Cada párrafo del documento parece escrito desde la resignación de quien ya agotó todas las reuniones posibles, todos los comités de seguridad imaginables, todas las declaraciones de buena voluntad. Es un inventario simple y brutal. Ataques consecutivos. Municipios confinados. Carreteras secuestradas por la intimidación. Estaciones de policía al límite. Poblaciones enteras viviendo en un sobresalto permanente. La carta no dramatiza nada, no exagera nada, pero tampoco suaviza nada. Expone la realidad como una llaga al sol.
Y lo interesante es que el gobernador no intenta salvarse a sí mismo. No disfraza la impotencia con retórica. No culpa a la Fuerza Pública, ni a los alcaldes, ni a la Fiscalía, ni al clima, ni a la geografía. Simplemente admite que la gobernación no puede garantizar la seguridad.
Lo que está en el trasfondo es un mensaje frío y directo: mientras la respuesta del presidente llega, si llega, los caucanos están solos. Solos ante los grupos armados. Solos ante la capacidad operativa de organizaciones que han aprendido a moverse diez pasos por delante de las instituciones. Solos en sus casas, en sus carreteras, en sus escuelas. Solos, esperando una decisión que tal vez salga de una reunión en Bogotá donde el Cauca es apenas un punto del orden del día entre veinte más.
Y ahí es donde la carta adquiere otra dimensión. Porque no es un grito, es un acta. No es un llamado desesperado, es un registro escrito de que la autoridad local reconoce sus límites. Y ese reconocimiento no debería ser visto como una derrota personal, sino como la evidencia de que el Estado, entendido como un sistema conjunto, se ha quedado corto. Muy corto. Peligrosamente corto.
Mientras tanto el Cauca sigue viviendo su propia cronología del agotamiento. Siguen los estallidos nocturnos. Siguen los pueblos encerrados. Siguen los retenes ilegales. Siguen los funerales con nombres que duran un día en la prensa nacional. Sigue la población sometida a la incertidumbre de si el Estado llegará mañana, el próximo mes o nunca.
Si la carta sirve para algo, será para dejar claro que mientras las decisiones se aplazan y los discursos se repiten como mantras vacíos, en el Cauca la gente sigue haciendo lo único que ha aprendido a hacer: sobrevivir, a la intemperie, con dignidad, con miedo y con la certeza de que, si no aparece el Estado, tendrán que seguir apostándole a su propia resistencia. Porque eso, al final, es lo que ha quedado.




